miércoles, 17 de mayo de 2017

De un bando al otro bando. Comandante Virgilio Aguado.

7 octubre 1934. Bando del Comandante Aguado.





         Lean, lean el bando. Miren quién lo firma. ¿Les suena? 
Sí, Virgilio Aguado, el comandante militar de Teruel que menos de dos años después, el 19 de julio de 1936, pegaría otros bando, en forma de pasquines, en las columnas de los porches de la plaza del Torico, en Teruel. Justo sublevándose contra la misma República que legitimaba, y de qué forma, en 1934.
      De casta le venía al galgo lo de las atronadas militaristas. A todos los varones de su familia les gustaba el uniforme y el manejo de las armas. El ADN lo heredaron de su padre, también fusilero. Los cuatro hermanos, él era el tercero, todos al servicio de las armas.
      Con quince años, aún imberbe, ya desfilaba por los patios del Alcázar toledano, vestido de cadete infante. En cuanto pudo apareció por el norte de África, que para eso Melilla estaba donde se encuentraban las cercanías recordadas de Annual y las cabilas moras atraían a los paisas. Todo un honor para un militar africanista presumir de medallas colgadas por heridas al servicio de lo que decían su patria. 
      Pero ya en 1931 lo tenemos en Teruel cuando se ha proclamado la República y enseguida emparentado con el mismo  que la proclamó el 14 de abril, aquel José Borrajo Esquíu, con cuya hija María acabó casándose. Paradojas de la vida.
       Comandante de la plaza militar de Teruel, vamos el amo de un escuálido ejército bajo las torres mudéjares, con tan sólo ocho soldaditos a su mando para la talla física de la recluta en la caja de los mismos.
      Poco le debió gustar la proclamación de la República que había realizado su propio suegro, añorante el Comandante africanista de la dictablanda primorriverista instalada con el Monarca borbónico disoluto llamado Alfonso, el XIII. Y aún menos le gustaron las reivindicaciones sindicalistas y el deseo del reparto de tierras por tantos campesinos irredentos, como demostró persiguiendo a quienes se reunían siendo más de cuatro, comos señalaba en el bando.
       Por eso se sintió mejor cuando los caudillistas lenguaraces de los partidos derechistas se instalaron en un poder con mesa de tres patas en el llamado bieno negro republicano.
       Así es que, en cuanto le pudo, dijo "aquí estoy yo". El día 6 de octubre de 1934 el general Batet proclamaba el estado de guerra en Madrid y el mismo día lo hacía Sánchez de Ocaña en la 5ª  región orgánica con sede en Zaragoza. Así, al día siguiente,  Virgilio Aguado lo hacía en Teruel ostentado su cargo de comandante militar, como se puede leer en el bando que les dajunto.
       Lean, lean y observen con qué vehemencia proclama el sometimiento a la República.  Por si no se aprecia bien lo transcribo tal cual se manifiesta en su bastarda letra  "Espero del patriotismo, sensatez y cultura de los habitantes de esta ciudad, que contribuirán todos al mantenimiento del orden público y asistencia a las autoridades legítimas de la República, laborando así por la consideración y prestigio del régimen Nacional, con lo cual no me veré obligado a emplear estas medidas extraordinarias para que no se altere la normalidad, que estoy resuelto a mantener en todo trance."
     Anda que no le vino bien ni nada, al loro como estaba con el ruido de mosquetones más que de sables, cuando se enteró del paso del Estrecho de Gibraltar por los regulares embarcados con los sublevados del general de voz aflautada, presumidor de cortar orejas y aún cabezas a quienes resultaban legionarios flojeras .
    Aunque ese día 19 de julio de 1936 tenía por encima de él a su teniente coronel García Brisolara se pasó por el arco de triunfo las estrellas y, como buen conocedor de  los escritos que el fundador de la Falange Española había remitido a todos los encuadrados en las centurias que saludaban con el brazo levantado a la romana, sabedor que le seguirían, se jactó envalontonado cuando puso aquel domingo una pistola en el pecho del Gobernador civil Domingo Martínez Moreno, diciéndole que allí quien mandaba era él.
    Y, de la misma manera en que publicó el bando del 7 de octubre de 1934, escribió o mandó escribir, sin ni siquiera pasar por la imprenta, los pasquines en las columnas de los porches de la plaza de el Torico la declaración de la sublevación contra la misma República de la que presumía enterizo dos escasos años antes.
      La que se armó fue gorda. Si en Teruel habitaba poca gente, en los días que siguieron, sólo quedó la sangre de muchos sobre los adoquines de sus calles y los terreros de alrededor.
     Le gustaban los tiros, a él y a muchos más. Los encontró en su propio cuerpo en 1938 en los secanos de Sarrión, porque las balas no respetan ni siquiera a los miitares.
    Luego le vinieron los laureles franquistas y otras gentes heredaron sus mieles y sus hieles.
      Y hasta hoy.

 
6 octubre 1934. Bando del General Sánchez de Ocaña.
 
Teruel. Plaza de el Torico. 1930.

 

viernes, 5 de mayo de 2017

Relatos de la gente humilde. Jacinto.








         Llegó a El Alcamín por el camino de la piedra picada. Sin fuelle. Jadeante.
         Se sentó encima de un poyo de la orilla. Miró el lugar por encima de los chopos junto a la riera del río. Aún la primavera se hacía tardana. Los vilanos no caían sobre el camino. Cruzó el cauce por el puente de tablas. Siguió sofocado parejo a las aguas. Junto al azud enderezó por la senda hasta llegar al corral Repoyo. No se cruzó con nadie. Luego, ya, a dos pasos, abrió la puerta del corral de su casa. Se alborotó la media docena de gallinas y al punto apareció su mujer.
         Paula lo recibió con un abrazo sin habla. Jacinto quiso apurar el encuentro y sus brazos sin fuerza confirmaron la derrota.
         Cinco años antes se le acabó el mundo. Fue cuando en marzo del año de mil novecientos treinta y nueve, el que dieron en llamar en los papeles tercer año triunfal, el consejo general de guerra número uno de Zaragoza lo condenaba a la pena de “treinta años de reclusión mayor con las accesorias de inhabilitación absoluta e interdicción civil durante el periodo de condena como autor de un delito de adhesión a la rebelión con la concurrencia de la agravante de daño causado a particulares y la atenuante de nula peligrosidad compensadas mutuamente.”
         Durante aquellos cinco años que le llevaron de un penal a otro hasta acabar en el destacamento penitenciario de Orallo, en la provincia de León, Jacinto sufrió un día y otro su nula peligrosidad, su separación familiar, su trabajo forzado disfrazado de rehabilitación, su enfermedad agravada en las galerías de la mina de carbón que le atrapó en la silicosis, su derrota física y personal.
         Así llegó hasta el llanto mientras, sin fuerzas, abrazaba a su mujer después de aquellos cinco años.
         Le habían concedido la libertad provisional por resarcir penas a través del trabajo en la mina de un propietario usurero en uno de los angostos valles del Bierzo leonés. Algunos de sus compañeros penados no pudieron regresar junto a sus gentes porque se quedaron atrapados dentro de las galerías por las voladuras y la asfixia del polvo silicótico.  Él, al menos, había conseguido volver a su pueblo después de aquella licencia otorgada por el caudillo vencedor a quienes antes condenó y ahora ya no podía ni siquiera mantener, porque las cárceles y los lugares de expiación por el trabajo los tenía llenos. Además Jacinto ya no era productivo. Ni siquiera podía con el pico que rebotaba en las oscuras galerías hurgando en el carbón.
         Jacinto no había bajado a una mina hasta que no llegó a Orallo.  Durante diez años ejerció como secretario del Ayuntamiento de Cuevas Labradas, un lugar situado a unos veinte quilómetros río debajo de El Alcamín. En aquellos diez años habían nacido sus cuatro hijos y aunque el magro sueldo de chupatintas no le daba para muchas alegrías mal que bien Paula y él podían alimentarlos.
         Cueva Labradas queda a unos quince quilómetros al norte de Teruel y, aunque en la capital se proclamó el estado de guerra y la sublevación frente al gobierno legitimado de la República, sus gentes esperaron a verlas venir sin saber muy bien por dónde iban a recibir los tiros. Un mes más tarde, ya a mediados de agosto una columna anarquista se estableció en el pueblo.
         Jacinto fue confirmado como Secretario de la misma forma que lo había sido cuando en mil novecientos treinta y uno se proclamó la República. El Comité revolucionario le hizo seguir en el mismo puesto que había ocupado hasta entonces. La misma columna que había dejado algunos muertos junto a los corrales y parideras de Cedrillas y Corbalán aceptó a los civiles dispuestos a no consentir los crímenes parejos de los que se hablaba ocurrían en Teruel y en la sierra de El Pobo. Consiguió el Comité que ni siquiera la gente de la milicia mandada por quien llamaban el capitán Castillo se llevara por delante a quien había ejercido de cacique en años anteriores. A aquel Molinero le ocuparon su casa y le dejaron una habitación para su uso. Le dijeron que no intentara escapar y abandonar el pueblo. Intentó huir una noche y no le valió. Escondido entre los ribazos protectores de una acequia lo atraparon y allí mismo se quedó abatido por los disparos de los columnistas.
         La guerra fue dura en estos lugares. La población civil quedó angustiada en pleno frente de batalla. Jacinto siguió como Secretario del pueblo mientras el lugar se convertía en un tráfago de gentes que iban de un sitio a otro, de improvisadas ambulancias que traían a los heridos por la metralla en el hospital de sangre que se estableció en el pueblo. Los lugareños siguieron trabajando los estrechos bancales y cuidando algunas ovejas además de los animales de corral aunque no podían ni mantener la avalancha de soldados en su trajín de un lado a otro. Su vida de siempre se perdió en la angustia de la guerra, de los muertos, de la ignorancia desesperada por saber por dónde andarían los jóvenes reclutados en las quintas.
    Fue al comienzo de mil novecientos treinta y ocho cuando comenzaron a sentir los bombardeos de las pavas alemanas que sembraban el terror y luego repasaban los aviones más ligeros con sus ametrallamientos. De poco valían los refugios entre las cuevas excavadas entre la piedra caliza protectora o los túneles cercanos que dejó la vía nonata que se trazó hasta Alcañiz.
         Una mañana de espesa niebla de aquel enero del treinta y ocho, una de las casas cercana a la vivienda que ocupaban Jacinto y su familia reventó por una explosión. Su hija mayor se quedó sin un trozo de pierna y su más pequeño, casi de tres años entre las piedras que lo habían sepultado. Un mes después los soldados republicanos abandonaron el pueblo en desbandada ante la llegada de los regulares de Yagüe. Los mercenarios rifeños tenían licencia para arramblar con los pocos bienes que encontraran y aun perseguir a las mozas lugareñas.
         Jacinto y su familia se quedaron entre aquellos escombros porque no tenían otro sitio adonde ir. Su bonhomía de siempre siguió con él cuando ya las carencias y el hambre se comían a todos. A él le atrapó una venganza sin causa.
         El nueve de marzo de aquel tercer año triunfal, según decían los papeles, sin esperar siquiera a que el caudillo vencedor decretara aquel “cautivo y desarmado el ejército rojo” tuvo que apechugar con que el juzgado establecido en Mora de Rubielos ratificara un proceso que se iba a celebrar en Zaragoza.
         Allí el fiscal militar de turno pidió se le aplicase la pena de muerte. El también militar defensor renunció a su defensa. Así, sin más.
Aun cuando el tribunal señalaba en la sentencia que había quedado probado que el tal Jacinto era individuo de buena conducta y se caracterizaba por su independencia e imparcialidad, que no se llevaba mal con el terrateniente Molinero, que cuando fue ocupado el pueblo por las fuerzas marxistas se le nombró secretario del comité revolucionario, que al parecer cuando fusilaron al susodicho Molinero el Jacinto no participó en el hecho, que por lo tanto el hecho era considerado como rebeldía completa y absoluta identificación espiritual con sus principios inspiradores, aunque no tenía relevancia su actuación durante la dominación marxista, por lo tanto se compensaba la pena de muerte con la condena a treinta años de reclusión mayor e inhabilitación para cualquier cargo.
Jacinto ni siquiera oyó aquel sonsonete de la prosa condenatoria. De allí a San Juan de Mozarrifar y luego en un tren borreguero con trasbordos de aquí para allá, hasta que dio con sus huesos en el penal de Orallo. Y un día y otro bajando a la mina, y cada vez con más sin fuelle en los pulmones, hasta que la silicosis le asfixió y en el año cuarenta y cuatro le declaran la libertad provisional y le dan cuatro perras como salario por quien llenaba sus harcas con el trabajo de los prisioneros esclavos.
Llegó ahogado a la casa en donde se habían refugiado Paula y sus hijos, aquí en El Alcamín. Dos cuartos tabicados en lo que fue pajar junto a la era ahora convertida en corral. Sin fuerzas para ningún trabajo, sin ni siquiera poder ir detrás de la burra con que su hijo mayor, que ya había dejado la escuela, trajinaba entre los barrancos abancalados y la recogida de los boñigos desperdigados con que abonada un huerto encosterado.
Y a los pocos días de llegar una pareja de la guardia civil llegó cansina desde Larroya por el camino de la vega y le hizo firmar unos papeles Que tenía que hacer una declaración de los bienes que tenía porque se le había abierto un nuevo juicio para incautarle los bienes.
         ¿Qué bienes, ni qué bienes? Se decía cuando el alcalde, el jefe de falange, la propia guardia civil y aún el cura mosén Servando escribieron que no tenía ninguno.
         Y entonces la Paula y otros familiares comenzaron a rumiar que por su culpa les venían todos los males, que no tenía que haber sido como fue, que había que estar a verlas caer, que ahora les quitarían a sus parientes los pocos bienes que tenían, que los cuatro pegujales y el arreñal de un pariente que resultó ser más tozudo que la yegua de el Pepo se los llevaría por delante el mejor postor, que tanto cuento y tanto cuento, que se levantase de la cama todos los días, que el aire en El Alcamín era sano, que se dejase de hacer el dengue y que además de ir a espigar los cañotes del trigo que quedaban después de la siega en los bancales y que le echase huevos al asunto, que coger camarrojas y girasoles ralos para hervirlos o buscar caracoles lo hacía cualquiera. Que ya estaba bien y que menos cuento.
Y Don Prudencio, el practicante, que no podía hacer nada por él, que no había inyecciones que curasen aquella silicosis, que era verdad que no podía con su alma, que la vida era como era y que lo que no tiene remedio no lo tiene y sanseacabó.
El sanseacabó le llegó a Jacinto al inicio de la primavera cuatro años después. La noche final de mayo cayó una rosada de las que aquí te espero y la mañana del primero de mayo heló las flores que habían aparecido en los manzanos reinetos de las lindes de los bancales. Las nogueras del barranco de las Suertes dieron con el moco de su flor quemado por el frío.
Jacinto, por no hacer mudanza, siguió el mismo camino de los perales, manzanos y nogales arrasados. Con su silencio de siempre. Ni un suspiro.


  




lunes, 24 de abril de 2017

Morenito de Colocay... y su bultito






                    Morenito de Colocay ... y su bultito.








Le llamábamos Morenito, aunque sólo sabíamos del cuento Ximo de Fuentesaúco y yo.

         Muy pronto le añadimos lo de Colocay como recuerdo a un torero colombiano que andaba por entonces por las plazas españolas. Y es que nuestro Morenito tenía un aire botarga que parecía fuera a desfilar haciendo el paseíllo inicial en una corrida sin beneficencia.

         En ocasiones, en las parrandas, junto al Xiquet de Dolç, cantaba aquello de “y no nos hemos d´ir” como reminiscencia resaquil de sus tiempos jóvenes. Jugaba al golf las tardes de los sábados mamando gallo con los jovenzanos nuevos ricos instalados en los altos de las yeserías de Paterna. Pero lo que dominaba era el juego del truc. Era el amo en lo que él mismo vino en llamar jornadas culturales entre los alumnos. Montó una parranda cultureta en la que invitó a todos los docentes de la zona del valenciano apical. Siempre presumió del trofeo autoencargado que expuso en las vitrinas de su casa.

         Morento era un tipo que, a no ser por su pelo lacio, pudiera estar sacado de la imagen física, con bucles empavonados, eso sí, que le puso Federico a su Antoñito el Camborio, aunque sin vara de mimbre.

         Vestía con frecuencia unos pantalones ajustados de color tabaco vivo que le marcaban sus finas nalgas y un, tan sólo, paquetito en la entrepierna. Sabíamos siempre cuando llegaba porque arrastraba los zapatos pegándolos al suelo. Tenía los pies planos y semejaba un tanto garroso. Peinaba un tupé negro lamido que apretaba con gomina chulesca a la manera de los pijaitos falangistas de antaño.

         En ocasiones, cuando llegaba por las tardes, saludaba al personal de conserjería tirándoles una tufarada de humo mientras manoseaba un veguero que él siempre llamaba habano, comprado a un amigo en la plaza de El Negrito con quien parrandeaba de cuando en cuando. Entraba silbando una melodía que él decía sánscrita. Llegaba recién afeitado expidiendo un aroma a colonia campera enredada entre su cara aceitunada mientras acariciaba una coleta pilosa incipiente. Se deshacía entonces en saludos repartidos con suaves apretones de mano para no dañarse el dedo anular donde presumía un sello de oro que engarzaba, decía, un diamante.

         En los inviernos tocaba su cabeza con un sombrero de fieltro negro con el que trataba de imitar los gestos de Bogui en la pantalla. Saludaba llevando los dedos de su mano derecha hasta el ala sombreril y lanzaba el capelo hasta la percha de brazos ovalados enclaustrada en un rincón. Cuando quedaba colgado a la primera intentona daba dos peinetas en redondo sobre sus propios pies y gritaba “sí señor”.

         Era profesor de lengua inglesa. Sólo había puesto los pies en el Reino Unido quince días, los mismos que duró un viaje de estudios cuando celebraron el paso del Ecuador. Jamás aludía a la vida y costumbres británicas y nunca le escuchamos una conversación en inglés.

         Había sido profesor en la escuela de maestros de Ciudad Real después de camelarse a un experimentado cátedro. Tras disfrazarse casi de lord y contar una historia trágica inventada el gerente de aquella Institución le concedió una plaza de profesor contratado. Allí, a lo tonto modorro, trató de escribir una tesis doctoral en la que mezclaba las ideas de Shakespeare con los corrales comedias de la época de Lope, pero como el asunto se complicaba y le exigieron redactarla en inglés se echó para atrás. Acabó como profesor de esa lengua dando tumbos por distintos institutos del territorio español.

         Alguna mañana llegaba a clase vestido con un terno al estilo del príncipe de Gales, un clavel en la solapa y el inefable puro. Llegaba con los ojos desorbitados y enrojecidos por el sueño y la resaca y un olor a ginebra que tumbaba. No se había acostado en toda la noche y había estado de picos pardos alternando con un pederasta que hablaba de los poetas hiperbóreos mientras le miraba de reojo y, si podía, le tocaba el bultito que nuestro Morenito marcaba en la entrepierna.

         El tal sarasa dio un día con sus huesos en la cárcel, seis años después que un efebo encabronado por la ruindad del joto lograse su proceso y condena, acusándolo de monto sadónico en un aventura que mantuvieron en Menorca camuflados al cobijo de una tanca.

         En Ciudad Real, mientras se inventaba la bibliografí inexistente que recomendaba a sus alumnos, conoció a una granadina que ejercía de profesora de Educación física. La andaluza tenía su gracia y su genio. Y, como tiran más dos tetas que dos carretas, nuestro Morenito diz que se enamoró de la prieta de ojos rasgados y, al año siguiente, por los festivales de Cádiz se casó y solicitó traslado a Huelva, la ciudad de los puertos putrefactos, y le perdimos la pista. Se figuró que aquello era el puerto de Santa María y acabaron traicionándole los vientos tarifeños, por los  que no podía salir hasta el mar pues los vapores nauseabundos del astillero le invadían de jamerda sus delicados pulmones.

         Ya por entonces le molestaba el bultito que tan coquetamente marcaba bajo su pantalón tabaco cuando estuvo entre nosotros y que allí, en Huelva, seguía almidonando entre sonrisas azarosas de sus alumnas.

         Aunque aprendió a cantar algunos fandangos y se apuntó a una escuela de sevillanas se fue dando cuenta de que sus facultades fallaban y que su atildado bultito se le hacía miásmico. Después le acudieron los vahídos y mareos. Pensó que era el abuso del tabaco. Consultó con varios médicos y se hizo no sé cuántos análisis de sangre y otros tantos de orina. Llevó un régimen de alimentación que se le hizo bien gravoso pues le impedía hacer su ronda de finos en las tardes onubenses y le entró por fin una tristeza que le condujo a encerrarse en casa.

         Su mujer seguía como un capullo de rosa. Lo miraba con todas las zalamerías que una mora del Albaicín sabe labrar para alzar aquel bultito del que tanto alardeó nuestro amigo.

         Por fin le dijeron que había que extirpar aquel dicho bultito.

         El agonías tuvo que esperar un par de meses con una comezón que le puso malhumorado y pusilánime hasta que lo llevaron al Piramidón madrileño. Él siempre quiso ocupar una suite en una clínica privada pero la técnica quirúrgica aplicada sólo se practicaba en aquel hospital.

         Hasta allí se llegaron la prieta del Albaicín y Morenito, ahora quebrado de color.

         Cuando lo embocaron al quirófano, aterrado por la pavura, dio en pensar que el ínclito bultito que había sido barbilindo entre sus piernas le había trasteado en su faena final.

         Aún le dio tiempo de alisarse el pelo lacio abatido por los flancos, destituido ahora de la gomina que antaño lo amarraba.

         Su mujer se quedó en nada tras los cristales del aséptico lugar. De sus lustrosos ojos morenos y albaicinescos discurría una lágrima envuelta en rímel.

        

miércoles, 19 de abril de 2017

Alfambra. Feria agrícola. En 1932 y 2017.


       Casi al unísono me han saltado hoy dos noticias, en medio del barullo diario de la podredumbre de un día sí y otro también, de tantos hijos de la política que roban, roban y roban, mienten, mienten y mienten, hunden, hunden y hunden a las gentes de buena voluntad y comportamiento ético. (A la pepera Aguirre, Gran Marquesa de la Charca, le siguen saliendo ranas en la idem).
       Tras esa vomitera diaria uno encuentra dos noticias que aún le hacen respirar. Aquí las dejo:
         1.- La convocatoria de la feria ganadera que se va a celebrar dentro de unos día en la localidad de Alfambra. Les adjunto el programa y acudan si les interesa.
             2.- En el mismo lugar, en octubre de 1932, se celebró un concurso de ganados del que se daba noticia en el periódico República del jueves 6 de octubre del mismo año.
         Era un año después de haberse proclamado la Segunda República. Eran momentos de esperanza. En Alfambra se hablaba de levantar el pantano de los Alcamines, se intentaba que se terminara la construcción del ferrocarril de Teruel a Alcañiz, se hablaba de repartir tierras baldías entre los habitantes del lugar, casi todos dedicados a la agricultura. Se hablaba de riegos futuros. Se creía en la esperanza a pesar de las dificultades. 
         Todos estos asuntos quedaban referenciados en periódicos como "El Turia", "La voz de Teruel" o "República" que pueden ser consultados en las hemerotecas actuales.
        Pasados 85 años, por fortuna tenemos democracia, en ocasiones regida por personas pestilentes como se encargan de decirnos los medios de comunicación, aunque algunos con sordinas.  Gracias a esa democracia se pueden organizar ferias agrícolas como las que propone ahora Alfambra, como las que propuso el mismo pueblo en 1932, en aquella incipiente democracia que tan poco duró.
           La noticia que nos ofrece el periódico "República" habla de un concurso de ganadería y nos comunica los nombres de los ganaderos que obtuvieron premio. Miren los apellidos: Castellano, Zaera, Abril, Dobón, Villalba, Martín, Loma, Corella, Julve, Alegre, Crespo.
         Seguramente algunos de los descendientes de los citados acudirán a la cita próxima de la feria agrícola. Lo que no conocerán muchos de ellos es que dos de los citados en el artículo, Niceto Alegre Villalba y Martín Crespo Yago, fueron alcaldes de Alfambra entre 1931 y 1936, justo los años que duró la Segunda República española. Y lo que no sabrán muchos igualmente es que ambos, defensores entre otras obras de construir el tantas veces nombrado pantano de los Alcamines, fueron fusilados a los pocos días de la sublevación militar franquista apoyada por las gentes que se llamaban "de orden".
   Algún día tendremos que hablar, en Alfambra y en otros lugares de la cuenca de ese río, de esas gentes, y de otras, desparecidas en la guerra civil y en la posguerra, todas víctimas. Algún día cercano hablaremos.
     Y nos quedaremos una vez más sin palabras para nombrar a quienes siguen en los terrenos cercanos a las cunetas. Allí están, también, esos dos alcaldes nombrados.

 

Periódico "República". jueves 6 octubre 1932.


martes, 4 de abril de 2017

Relatos de "El Alcamín·. Ardieron, ardieron.



A la entrada de los pueblos. Esta vez en Torrebaja (Teruel). Foto: autor desconocido.





   Y un tiempo después, con la otoñada, fue cuando le pusimos pez de marcar a las ovejas a los maderos colorados y ardió todo el copetín.

   Aún me relamo de gusto.

En cuanto lo nombraron alcalde se ponía la camisa azul y luego, a la salida de misa, se paraba delante de la cruz de los caídos y levantaba el brazo y cantaba al sol igual que nos hacía cantar a nosotros el maestro al entrar y salir todos los días a la escuela.

        Y una mañana le vimos cavando un hoyo cerca del viejo lavadero, en la orilla del amino, casi en la cuneta de la carretera de entrada al pueblo. Habían traído aquel armatoste en un camión y lo habían dejado tirado allí mismo. Buenos maderos tenía, bien ensamblados y remachados el yugo y las flechas con sus buenos tornillos. Los zagales de entonces se llegaban por el lugar y miraban aquello sin parar. Querían subirse hasta arriba escalando los maderos. Y en seguida aparecía Crescencio. Y que se fueran de allí y que se fueran de allí. Y que tuvieran respeto y que se había derramado mucha sangre en España por aquel yugo y aquellas flechas. Que tenían que hacerle caso, que miraran cómo hacían en Puertomingalvo, y en Iglesuela y qué bien se veían resaltando sobre los cinglos de Cantavieja y Villarluengo.

        Y todos los días chino chano iba Crescencio hasta allí.

        En El Alcamín nos fuimos acostumbrando a ver aquella araña despatarrada a la entrada del pueblo. Ya ni le hacíamos caso. Al poco formaba parte del lugar y hasta algunos pensaban que podía servir para sujetar el ventisquero cuando arreciaba el cierzo y sacudía la nieve que entraba en los inviernos por el barranco Carnuzo.

        Y Crescencio un día y otro, y otro y otro, por allí. Con su segur en el sobaco.

        La gente empezó a cansarse de Crescencio. El yugo y las flechas ni les importaban. Ya digo que era como algo más de El Alcamín. Como una piedra o un chopo que de tanto verlos ya uno ni se daban cuenta. Ya los maderos enrojecidos fueron perdiendo color. Ya aquel otoño estaban muy desvencijados y cuando se secaron las malvas alrededor pensé que podían arder bien. Así es que ya entrado noviembre, cuando en El Alcamín menguan las tardes y comienzan los fríos de las noches, preparamos el caldero con pez de marcar a las ovejas. La calentamos en el barranco Carnuzo, debajo de la paridera de Gaspar, hicimos una hoguera hasta que la pez se regaló y nos fuimos para el yugo y las flechas. La noche ya se había echado encima. Y embreamos bien el tronco y luego el yugo y las flechas. Tardamos un buen rato en conseguir que ardiera aquello y hasta tuvimos que echar unas ramas secas arrastradas desde la riera del río. Pero al poco, cuando nos retiramos al otro lado del azud para que no nos viera nadie, las llamas comenzaron a subir y a subir, y como la madera estaba bien seca y ya cuarteada de aquellos años, parecía casi la hoguera de Navidad que ardía en la puerta de la iglesia. En seguida apareció Crescencio y aún intentó echar unos pozales de agua para apagar las llamas, pero a la que se descuidó no quedaba más que un esqueleto negro abrasado.

        Y nosotros con los ojos como platos, agazapados detrás del ribazo de la acequia madre, junto al caseto de el azud.

        Al poco llegó la guardia civil desde Larroya. Y la gente que era cosa de los mozos. Y estos que qué mozos ni qué mozos. Nadie dijo ni mú. Muerto el perro se acabó la rabia.

        Así se quedó durante algunos años. Ya nadie se atrevió a quitar aquel chamusco y ninguno levantó aquel yugo y aquellas flechas. Crescencio siguió con su segur debajo del sobaco. Miraba huidizo y como temeroso. La gente dejó de hacerle el poco caso que le manifestó en sus tiempos de alcalde. Luego, acabó marchando hasta una portería que le habían concedido en no sé qué de Valencia. No duró mucho.

        Cuando lo trajeron aquí no acudieron más que unos pocos a su entierro, con su viuda al frente, machorra ella, echada la mantilla sobre la cabeza, fuina, sin mirar a nadie, con el misal de siempre mugriento y aquel día con un rosario entre las manos.

        No sé ni siquiera dónde está metido. Le puso una cruz su mujer. Ni se enteró cuando a su hermano Robledal le arrearon una multa de cincuenta pesetas porque en el café de Rufino se cagó en el copón bendito y en la hostia en verso, ni cuando las tenazas de la herrería le rompieron la pierna a su madre.

        Ahí está perdido, bien hondo en la tierra. Con la segur debajo del sobaco. Crescencio.

        
                                                
La araña varada.