lunes, 18 de junio de 2018

Teruel. Guerra civil. Rosario Calvé Navarrete, la cacagüera. Humillaciones. Torturas. Fusilamientos

Conchita Pueyo, Preso en la cárcel me tienen

https://www.youtube.com/watch?v=US0j_yIiTKo
19 abr. 2014 - Subido por elmesmi
"Conchita Pueyo (1922-2002). Personalísima cantadora de jota aragonesa que alcanzó justa ...



Original en AJTMZ. (Archivo juzgado togado militar de Zaragoza)


              Las humillaciones, las torturas, los vergarazos, las palizas, las purgas continuadas de aceite de ricino hicieron que el cuerpo destrozado de aquella Rosario Calvé Navarrete, conocida como “la cacagüera” fuese arrastrado hasta la misma puerta de la cárcel de Santa Clara, en la ciudad de Valencia.

            A rastras llegó hasta el maloliente cauce del río Turia que pasaba por el puente de madera, donde se refugió entre los tratantes gitanos enfrascados en la venta de las caballerías y los burros llenos de mataduras adornados con cabezadas repujadas.

            Le llamaban la cacagüera porque vendía cacahuetes en los soportales de la plaza de El Torico.

            Cargaba al hombro un saco y se sentaba sobre el pelote de madera mientras cobijaba el saco de los cacahuetes que vendía en unas medidas de corcho talladas a navaja.

            Por aquella esquina, justo donde arrancaba la calle de El Tozal, pasaban una vez y otras los habitantes de Teruel mientras caminaban de un lado a otro. Por las mañanas se llegaban las gentes de los pueblos con sus fajas y toquillas, arrastrando alpargatas y albarcas a la busca de alguna tela en casa de Ferrán o herramientas de trabajo o sal para las ovejas en los colmados de Asensio. Todos conocían a la cacagüera y raro era quien no le comprara algún puñado de cacahuetes tostados para llevarles a los zagales que quedaron en el pueblo.

            También la conocían, y mucho, aquellos parroquianos que iban y venían del Ayuntamiento a la Catedral, del Casino a la iglesia del Salvador, se llegaban hasta el Óvalo y el mirador de la Escalinata hacía poco construida. Eran las gentes del sombrero y de los dijes que sujetaban el reloj sobre el bolsillo del chaleco.

            Todo el mundo la conocía en Teruel y ella sabía de todos, de sus dimes y diretes, de sus negocios y chanchullos, de sus intereses, de sus aficiones, de sus ideas y acciones, de sus asentaderas de siempre y de la clerigalia más rancia.

            Era más pobre que las ratas. Su marido se enganchaba a trabajar acarreando leña en los inviernos y dándole a la siega en los veranos, o a lo le que salía o dejaban caer los que más tenían. Sus cuatro hijos tan pequeños que cabían debajo de una teja tenían siempre las tripas rayadas por la riña del hambre.

            Ya en los primeros días siguientes a aquel sanguinario 18 de julio de 1936 Arcadio Muñoz, su marido, fue llevado a la cárcel. Allí estuvo hasta enero de 1938 donde al tiempo fue a parar la propia Rosario. Hasta que unos milicianos abrieron las puertas y comenzó aquella evacuación de gentes desperdigadas entre los hielos de los días atizados de bombardeos.

            Hasta  marzo de 1939 estuvo mal viviendo en los refugios de Valencia. Su boca, en ocasiones lenguaraz, le llevó a la denuncia ante tribunales populares de las mismas gentes  que bien conocía en aquellos días de venta ambulante y del maltrato que le dieron a ella, a su marido y a sus hijos.

     Por eso los señoritos pijaitos falangistas de Teruel, recién salidos del penal de San Miguel de los Reyes, la detuvieron y entregaron a la brigada social para que pasara por sus "diligencias" donde unos días antes de que fuese a parar al cauce del Turia tuvo que firmar una declaración en la entre muchas cosas más “impulsada por un sentimiento de venganza innoble y ruin, juró hacer todo cuanto daño fuera posible a la causa de la Patria no descansando ni un solo instante en servir a lo que representaba la Antigua España, y en efecto, en cuanto los marxistas entraron en Teruel se puso en contacto con los dirigentes de la horda ofreciéndoles su persona y servicios que por su perfecto conocimiento de las personas de orden, que no pudieron eludir la tiranía roja, habían de ser inmejorables ya que nadie como ella por ser vendedora ambulante, conocía la posición ideológica de los que no habían podido ser evacuados…”

       Así se dice en aquella causa abierta como Consejo de guerra sumarísimo instruída por el tribunal número dos de Teruel, radicado en Valencia, que se abre en abril de 1939.  Así se dice y así se escribe, pese a que también se dice, y también se repite, que Rosario era analfabeta y bien que se la desprecia como se precian de repetir una y otra vez.

            Un falangista melillense, devenido durante la guerra en teniente de infantería de nombre Antonio Rodríguez Pineda, es erigido en juez instructor de una causa abierta contra catorce personas cuya finalidad esencial es convertir al socialista Ángel Sánchez Batea -a quien los mismos sublevados mataron a su mujer y a su hija de diecisiete años- en diabólico ser perverso, culpable de todos los crímenes cometidos en Teruel y sus alrededores.

            Para ello el nominado juez instructor solicita y consigue, de inmediato y ya, a los agentes torturadores antecesores y maestros de Bili el Niño, llamados Ginés, Ferrer y Herrero para que consigan con sus humillaciones, palizas, vergarazos y brebaje de ricino la declaración inculpatoria de unos de los catorce contra los otros también catorce.

        Dos de ellos no llegaron a la farsa del juicio de octubre de 1942. Se quedaron en el camino sin sentido de las “diligencias”. Aún así firmaron la enrevesada prosa redactada por el teniente melillense convertida en un puro dislate falangista.

            Ángel Sánchez Batea, a quien llamaban el Obispo, fue el único a quien no consiguieron doblegar con su firma acusatoria. Lo dejaron en el camino hacia su matanza cojo, sordo, tuberculoso y medio muerto, pero no firmó.

         
Informe de la encargada de los servicios. AJTMZ.
   A Rosario, cuando la tiraron la calle, la dejaron en “prisión atenuada”, tullida, destrozadas sus piernas y con una diarrea crónica. Por eso la monja “sor Pilar Colomer, Encargada de los Servicios del Interior de la Prisión Provincial de Mujeres de Santa Clara, en Valencia, indica al Sr. Director de la misma que Rosario Calvé Navarrete, padece de colitis aguda, según el Médico de este Establecimiento, resultando del todo imposible estar en esta Prisión por no reunir condiciones, teniendo que sacarla continuamente para todas sus necesidades de la celda, y como el Sr. Juez ya nos dijo que si no teníamos lugar lo expusiéremos, ruego a V.I. gestione lo antes posible el caso”.

            Así que a la calle con sus cagaleras a rastras la cacagüera turolense, sin saber nada de su marido. Con cuatro hijos pequeños llenos de piojos y hambre malvivió entre los refugios del barrio del Carmen y los suburbios de la carrera de san Luis, donde comenzaban los arrozales valencianos. Mientrastanto no le faltaron nuevas entradas y salidas de la cárcel porque nuevas causas la traían y la llevaban por aquello de la “adhesión a la rebelión”. Lo que el mismo Serrano Súñer bendijo como “la justicia al revés”.

            Así hasta que en aquellas traídas y llevadas fue condenada a muerte el 23 de octubre de 1942, en Zaragoza. Porque, insisto, entre otras muchas cosas “durante toda la tiranía roja prosiguió su labor de confidente y sus vesánicos deseos de masacrar la carne de los que sustentaban el principio de amor a la Patria, no reparando en procedimientos para satisfacer el logro de sus deseos…” según el dislate de la redacción falangista.

El acta del juicio dice que el tribunal se reunió a las nueve de la mañana con la presencia de todos los encausados -ya sólo quedaban doce- se levantó la sesión a las una media para comer, se reanudó a las cuatro, y a las ocho de la tarde quedó redactada la sentencia.

Documentos en que aparecen las horas de entrada y salida de la cárcel de la calle Predicadores. AJTMZ.

 Hasta en eso miente el llamado tribunal porque Rosario salió de la cárcel situada en la calle de los Predicadores de Zaragoza a las dos y media de la tarde y regresó a las siete y media, según acreditan los documentos que adjunto.

            La condena ya estaba redactada. A los condenados el día veintitrés se les asignó un alférez defensor el día de antes, veintidós, para que “preparara” la defensa de la ya redactada sentencia escrita por Félix Solano Costa, hermano de Luis y de Fernando, la saga central de falangistas que querían y trataron de implantar, como jueces ya empotrados después y catedrático de la cavernícola Univerdidad de Zaragoza, un Estado español nazi. He dicho nazi.

            El ya entonces capitán general de Zaragoza, Monasterio, confirmó la sentencia que elevó a las alturas de Su Excelencia por la gracia de Dios, quien se dio por “enterado”.

         En la madrugada del día 29 de mayo  de 1943 un piquete de cinco soldados desayunados con coñac, obligados por un alférez, apretaron el gatillo del mosquetón y tumbaron sobre las tapias de Torrero a Rosario y siete más.
El 29 de mayo de 1943, de madrugada, fueron fusilados Rosario, Ángel, Miguel, Ramón, Saturnino, Vicente, Pedro y Eulalia.


Conchita Pueyo, Preso en la cárcel me tienen

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19 abr. 2014 - Subido por elmesmi
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martes, 12 de junio de 2018

Orrios. El legado de los abuelos: el trabajo de sus manos.


 Orrios. El legado de los abuelos: el trabajo de sus  manos.
                    

Los abuelos. Novata Minguijón Villalba. Mariano Aonso Navarro.

Las manos.

                        
El fotógrafo había cubierto la puerta del corral que daba a la curva de La Callejuela.
 Eran las fiestas de finales de Julio.
 Algunos aún no habían terminado la siega, otros andaban ya con el acarreo de la mies.
Al lado, en la Plaza-Lonja, un acordeón marcaba el ritmo del pasodoble con el que bailaban los mozos y las mozas.
La abuela llevó de la mano a sus nietos.
La madre los vistió en un santiamén con las mejores ropas que tenían.
 El fotógrafo les dijo que mirasen a la cámara negra así y así.
 Se puso dentro de la caja tapada con el paño negro. Apretó la pera y, al rato, ya se veía el retrato tomando forma en el pozal con agua nitratada.

         El tiempo ha ido rasgando la fotografía, como ha ido dando rasgos personales a la vida.
      El nieto vestido de blanco debe tener ahí unos tres años. Mira a la cámara con ojos de sorpresa, abiertos hacia un mundo desconocido, con las manos dispuestas a tomar el tiempo de sus juegos.
         El otro nieto debe rondar los siete años. Le han hecho poner una camisa blanca y encima una chaqueta de no se sabe quién. El fotógrafo le ha dicho que apoye una mano sobre la rodilla de su abuela y que la otra la ponga en su bolsillo. Mira a la cámara porque así se lo han indicado. Parece como si estuviera pensando en otras cuitas. "Esto del posar no es para mí."

           La abuela es quien ha querido retratarse con sus nietos. ¿Para que quede su recuerdo? ¿Porque es una manera de tenerlos mirándolos luego en el silencio de los días retratados? Porque los quiere, sin más. Porque ser abuela es manifestar algo especial que se transmite en ocasiones con afectos íntimos llenos de silencios.
           La abuela, con su toquilla negra tejida por ella misma dando puntadas a las agujas, con su cara reflejo de la vida que le ha ido surcando el día a día, labrada por los tiempos y el esfuerzo deja caer sus manos, como sarmientos leñosos encallecidos por el venga y dale del trabajo diario de la vida. 



 Estas son mis manos, es lo único que tengo y es lo que os dejo.

La abuela Novata y los nietos Felipe (de blanco) y Clemente Alonso Crespo. 1952.
   
  El abuelo Mariano


              Pequeño, casi diminuto, desde joven le venía el nombre apelado, el mote de Repoyo. 
          Había llegado al mundo cuando ya en su casa no se esperaba que apareciese nadie más. Y había nacido algo encanijado. A base de golpes y de una inteligencia innata había conseguido ya de joven tener un carisma entre las gentes de su pueblo y cuando se casó con una de las llamadas estanqueras del lugar de al lado y supo levantar su casa a base de esfuerzo y de trabajo, construyendo sus propios edificios, sus pajares, sus parideras, haciendo frente a la desgracia de la muerte de las dos primeras hijas, que ya no volverían a nacer jamás, y que sólo se encarnizarían como hijos, adquirió una fama de hombre cuerdo en toda la redolada. 
        Nunca había ido a la escuela y, sin embargo, engañaba a todos habiendo aprendido a leer viendo cómo los demás leían. Y de cuando en cuando, si algún espabilao comprero de ganado se las quería dar de listo, una salida del abuelo dejaba a aquel forastero con el culo al aire y jamás se atrevería, si es que volvía por allí a comprar corderos, a tratar de engañar a aquel abuelo sabio.
      
El abuelo Mariano.
      Tenía una expresión seria en su rostro surcado por cruzadas arrugas en su frente partida en dos mitades. La inferior de un color casi quemado por los soles y los cierzos de esta tierra. La superior blanca, como corresponde a las gentes que andan por estos lugares, cubierto el cuerpo con la ropa de las rudas panas y la cabeza con un sombrero en los veranos y una gorra en las mañanas, las noches y la larga invernada. Hasta donde llegan las prendas de abrigo el color de la carne adquiere un blanco lechoso. En la cara, los pómulos, los ojos, la nariz, las orejas y las manos, señalaban el moreno cobrizo.
            Sus manos y sus dedos.
           Los de la mano izquierda eran duros y sarmentosos y se introducían en los vencejos de los fajos del alfaz o entre las pajas del centeno como si fueran garfios.      
        Los de la derecha habían adquirido una deformidad extraña. El dedo corazón y el anular se habían reducido hacia el centro y no los podía extender hasta la altura que llegaban el índice o el meñique. Si le preguntaban decía que de tantas veces como había cogido el garrote. Lo cierto es que se apreciaba un tendón contraído desde la muñeca hasta casi la primera falange que hacía imposible extender los dedos. Pero nunca se le oyó quejarse aunque los cambios del tiempo le afectaban y, a veces, su rostro hablaba su dolor.
            Poseía una ironía mordaz. El abuelo no había fumado en su vida. No tenía vicios, decían. Y parece que esta su actitud molestase a las gentes del pueblo. Gentes del pueblo que tan sólo tenían aquel vicio escapista de fumar. Y ofreció no sé quién la petaca al abuelo para que liase un pitillo. Y el abuelo colocó aquella su mano contraída y dijo al portador de la petaca que echase allí, la mano boca arriba, el tabaco. Y el otro echó, y el abuelo dijo que pusiese más y más, y cuando ya la mano tuvo un buen golpe de tabaco, le dio la vuelta, volvió la palma boca abajo, se desparramó todo por el suelo y dijo seco “ahora ponme por este otro lado”.
            El último invierno sintió que le fallaban las fuerzas y ya no se llegó hasta el viejo Reino con las ovejas preñadas. Unos días después de la Navidad cayó en cama tronzado por una pulmonía arrastrada tiempo atrás con las andadas por esos montes del diablo. Adivinó el día en que se iba a ir al otro barrio. Reunió a todos sus hijos y se fue despidiendo uno a uno de todos. Nadie derramó una lágrima.
         El nieto, aún pequeño, sintió miedo sin saber qué pasaba. El abuelo se agarró con fuerza a la mano sarmentosa y artrósica de la abuela y espiró cuando ya los copos de la primera nevada del invierno se posaban sobre las cruces del cementerio cercano.
           
           
Orrios. 1947. Eran las fiestas pero había que ir al huerto todos los días.

martes, 5 de junio de 2018

Orrios. Doña Elvira y su hijo Crisanto.

 


CRISANTO POLO SORRULLA.  De 21 años. Cayó gloriosamente como un héroe defendiendo la causa de la REPÚBLICA en el Ebro en Diciembre de 1938.



Esta fue la última fotografía que Crisanto Polo Sorrulla envió a su familia.

         Tenía veintiún años cuando murió, como tantos otros, en diciembre de 1938, cuando ya la guerra civil española finiquitaba. En el Ebro. Allí se quedó. Perdido para siempre.

         La fotografía la guardó durante toda su vida su madre Elvira Sorrulla López, Doña Elvira, como siempre la conocimos en Orrios. La guardó con la inscripción que ella misma, de su mano, escribió una vez que su hijo quedó allá, por las quebradas de Gandesa.

         Doña Elvira llegó a Orrios en 1950, como Maestra de la Escuela de niñas.

 Aún la recuerdo desdibujada llegando en silencio a la escuela, ensimismada, enlutada de arriba abajo, sin una sonrisa. Siempre con su tos a cuestas.

 Todas las madres decían que enseñaba mucho, que las niñas de la escuela aprendían antes a leer que nosotros, que además era muy hábil con la aguja y el dedal, que hasta les hacía plantillas con papeles de viejos periódicos y les ayudaba a confeccionar sus propios vestidos.

 Nunca la veíamos más que cuando iba y venía de la escuela. Nunca entró en la iglesia.

Nunca las niñas cantaban el “Cara al sol” como hacíamos nosotros todos los días al entrar y salir. Era entonces cuando ella seguía en su silencio por la calle arriba, buscando la puerta de la escuela. Nosotros abajo, mirando al cobertizo de la plaza, donde las partidas de pelota. Y dale que dale, con el sol en la nuca pero caralsol. Y Don Paco detrás. Y al acabar de cantar lo de volverá a reir la primavera decía aquello de Una, Grande y Libre. España. Así nos fue.

 Llegó sin marido, viuda, con un hijo y una hija. Nunca vinieron a la escuela. Allí aprendían, en su casa. Con su ayuda en las tardes y las noches. Mucho más que nosotros aprendieron. Seis años después aquella tos y más tos se acabó para siempre. Se fue en silencio. Lejos de aquí.

         Hace un par de años uno de estos hijos extrajo esta fotografía entre otros documentos. Fue entonces cuando me habló de su padre, Fermín, de su niñez en Formiche y en Cabra de Mora. Del expediente que le abrieron a aquel albañil, por su afección a la República, de la depuración y sanción a su madre durante dos años sin poder ejercer como Maestra, de su destierro a Orrios para purgar sus culpas laicas, de su hermano Crisanto, el de la fotografía, que había obtenido el título de Bachiller en el Instituto de Teruel y quería ser Maestro, de su voluntariado como soldado, de su muerte como teniente del ejército republicano y de esta fotografía que ahora rememoro.

La había tenido guardada entre los documentos que le legó su madre. Por fin se había decidido a enmarcarla y a ponerla en la pared de su casa. Me la enseñó y me la ofreció con emoción.
Con las palabras que la madre, de su propia mano, había escrito en ella. 




martes, 29 de mayo de 2018

Alfambra-Larroya. El tió Cleto.





foto archivo.





    El tió Cleto tenía la era justo debajo de Las Chozas, las cuevas donde jugábamos, excavadas en los escarpes de las laderas de arcilla, por donde caminábamos a cuatro patas entre resbalones y sangrado de rodillas, por lo de las piedras y los afilados cuarzos enterrados en ellas.
         El tió Cleto con su dale y venga de todos los días había conseguido abancalar primero y aplanar poco a poco aquella ladera y allí, arrastrando piedras traídas desde El Rebollar, sujetar una barbacana en donde levantó las paredes de un pajar que aún no había conseguido tejear cuando se lo llevaron a la cárcel.
     Ni siquiera abandonó el pueblo cuando los bombardeos de enero y de febrero del treintaiocho. Se metía con mulos y todo en estas mismas cuevas donde nosotros jugábamos en nuestra niñez de aprendices. Cuando las pavas alemanas se perdían con sus bombas por la masada Blanca y más allá, seguía dándole al pico y a la pala por aplanar aquellas arcillas. Y guardaba sus lágrimas secas llenas de rabia cuando los corrales y las casas abandonadas por sus dueños en la evacuación saltaban hechas pedazos, desventradas por los obuses lanzados desde las panzas de aquellas pavas anunciadas con el toque de campanas desde la iglesia.
  Al tió Cleto lo metieron en la cárcel en la Pascua de aquel abril del treintainueve como metieron a unos cuantos más. En el otoño de un par de años antes, cuando llegaron los de la FAI aquí a Larroya y se llevaron por delante a una docena entre hombres y mujeres, el tió Cleto, quieras que no, entró en la Colectividad. Qué más le daba a él trabajar de sol a sol, o de luna a luna, y entregar el centeno o las remolachas a la Colectividad si luego lo repartían y hasta le tocaba algo en el escaseo de todos los días.
      La media docena de las gentes que más tenían, que más tierra podían labrar, se habían ido con sus mulos y con sus ovejas hasta el otro río, detrás de Palomera, por los donde los alzados contra el gobierno se habían hecho fuertes. Aquí en Larroya se quedaron quienes no tenían más que sus manos, a lo sumo un par de machos, que ya era tener, y algún pegujal lejano roturado en el monte. Daba igual trabajar para unos que para otros y hasta compartir del reparto amortiguaba el dolor de los desastres diarios de aquella guerra llena de destrucción y muerte.
         Al tió Cleto no le gustó nada lo que ocurrió aquel otoño del treinta y seis cuando entraron a las bravas los milicianos de la FAI. Ya los pudientes habían cruzado por Santa Eulalia y Aguatón al otro lado, ya aquí no quedaban más que las familias que andaban esperando algún jornal como pastores o como agosteros en el verano, o como criados sin sueldo en las casas de los terratenientes. No le gustó nada que aquel Juan el loco, enseñase el pistolón colgado en su cinto y amenazase a quienes remilgaban con lo de la Colectividad.
No le gustó nada que humillasen a sus conocidos de siempre con cinco o seis hijos aún mocosos porque no llegaban a las puertas de la casa ocupada de Don Marcial, por la mañana temprano, para recibir las órdenes de un Juan el loco, que había salido de una imprenta valenciana y no sabía ni de rosadas mañaneras, ni de sembrados, ni de labranza ni de riegos a sus horas.
         No le gustó nada cuando se enteró que Juan el loco, el jefe de aquella columna de milicianos decidiera quién iba a morir y quién se quedaba vivo. Habían escrito una lista de un par de docenas de gentes. Que si no habían colaborado en la quema de los santos de la iglesia, que si trabajaban para los ricos por cuatro sacos de trigo,  que si no acudían prestos cuando les requería la Comunidad, que si ampararon al Cura tralará.
         Una lista de dos docenas, que corría de boca en boca que conocía el tió Cleto y que dejaba llegar hasta los interesados. Para que se escaparan con sus familias, para que no fueran por aquí o por allá,  para que salvaran su vida sin más.
    Y cayeron doce, entre hombres y mujeres, y los dejaron abandonados en los barrancos de la Serna, en el Rubial y en la Vuelta de los Olmos. Y él mismo tuvo que recoger el cuerpo de algún pariente y compartir después el trabajo, las patatas, el trigo y las remolachas con los hijos, aún mocosos, de quienes sin tener dónde caerse muertos caían bien muertos y fusilados para siempre.
         Luego, después de aquel otoño de tanto dolor y tanta muerte se sometieron a la Colectividad y casi al pronto comenzaron los conflictos, con el reparto de tierras nunca propias para el trabajo y los trigos depositados en la fábrica de harinas, o los sacos almacenados en los comercios o los ganados de ovejas y corderos del Sindicato de la carne.
       Y el tió Cleto y muchos más se sumieron en un silencio turbio en el que nadie tenía casi nada y todos cargaban con la mezquindad de una guerra.
Y entraron unos y otros en Larroya, y bombardearon los de un lado y los de otro, y los evacuaron de aquí para allá en una desbandada sin sentido llena de llantos y de miserias por los caminos helados, y el hambre, y la muerte, y la muerte. Y ya en febrero del treintaiocho, cuando los soldados que aún quedaban de aquellas divisiones mixtas, emprendieron la desbandada y dejaron a las gentes asustadas y a su abandono apareció entre la niebla la anunciada caballería y los moros de Yagüe, con su derecho al saqueo de lo poco que quedaba en las casas abandonadas y el perseguido derecho de pernada sobre las mozas codiciadas.
Y el tió Cleto, y otros como él, con su boina agujereada, su camisa rayada, su faja, sus pantalones remendados y sus albarcas arrastradas volvieron a lo de siempre, esperando lo que vendría sin saber cómo viniera.
Y llegó, claro que llegó, el día en que se lo llevaron a la cárcel. A otros de su misma quinta se  los habían llevado unos meses antes a la de san Miguel, allá en Valencia, y a él a la de aquí cerca, a la de Teruel. Sin más ni más. Medio año entre las paredes enrejadas, junto a la iglesia de los franciscanos.
Cada quince días una visita de lejos y entre voces de su mujer. Un pedazo de pan y una miaja de tortilla. Y sin saber de qué le acusan a uno. Y las ropas más deshechas, y trabajar haciendo cestos de mimbre sin saber para quién ni por un céntimo, y el hambre de todos los días, y más gente y más gente en la cárcel. Y un día traslado al campo de concentración de san Juan de Mozarrifar, y un juicio con otros cincuenta y tres en el mismo saco, y acusaciones de pertenecer a no sé qué sindicato, y apoyo al Comité revolucionario de Larroya, y montar guardias los primeros días de la guerra, y denuncia del cura que luego se encargó de desaparecer para siempre al alcalde republicano, y tener la lista de los doce que se llevaron por delante aquellos desatados de la Fai. Y treinta años por adhesión a la rebelión. Justo la justicia al revés.
Y el tió Cleto sabía que nada de aquello era verdad. Y se tragó sus años en Torrero, allá en Zaragoza, apretujado con tanto preso y tanto preso que entraba y salía, muchos para no volver. Y se acogió a aquella trampa de la redención de penas. Y por cada dos días de picapedrero en Belchite y luego en El Dueso consiguió dormir en su casa controlado por la Junta de vigilancia local, que vaya si le vigilaba.
Él volvió hasta Larroya. Y se encontró con que su mujer, la Campanera y su hijo, nacido justo el 15 de abril del treintaiuno, cuando proclamaron la República en Larroya, habían echado ya el tejado y habían cultivado los pegujales del secano y, a carga en los mulos  con samugas, llevado el centeno hasta la era. Y se dio cuenta de que su mujer y su hijo, a quien había puesto por nombre Humanitario aquellos días de la República, eran tan caínes como él en el trabajo.
“Es un Caín trabajando” decía su vecino Nicolás  cuando pasaba delante de su casa. Y se lo decía a los nietos que le hacían rabiar quitándole el garrote que mantenía en sus manos, protegido por la sombra del porche del corral.
Claro que era un Caín trabajando. Lo sabíamos muy bien quienes le mirábamos desde la boca de las Chozas, encima de su era, cuando daba vueltas y vueltas a la parva, cuando supimos que desde que volvió de la cárcel no hizo más que trabajar y trabajar. De sol a sol y de luna a luna. Ya no habló más que con su familia y poco. Sólo un “alante” con quien se cruzaba cuando por la calle, de madrugada, se iba al tajo. Ya no hubo ni un día de fiesta ni para él ni para Humanitario. Labraban uno y otro roturando el monte hasta que reventaban a los mulos y hasta se vio alguna vez a Humanitario tirar delante del aladro. Y fue trayendo los mejores trigos rubiones. Y entrecavó las mejores remolachas de la vega. Y se encerró en el trabajo y en el trabajo. Y en los veranos lo reclamaban para que fuera el puntero de los peones segadores después de que él ya había hecho su campaña con la hoz en la mano por tierras de Murcia y Albacete, hasta que por la serranía de Cuenca llegaba hasta Molina y cruzaba luego el Jiloca para llegar de nuevo a Larroya. Allí le esperaban quienes habían vuelto de nuevo, quienes evacuaron su casa cuando la guerra. Y se dejaba los riñones de tanto doblarse amorrao entre los trigos. Y luego siega tus salobrales y lleva el trigo a la era y trilla y aventa, y como eres un Caín trabajando échame una mano en el aventeo.
Y por allí pasaba, por delante de la casa del tió Cachaza, su vecino Nicolás, el que fue a San Miguel de los Reyes y volvió luego como él. Y era entonces cuando nos enterábamos de las mentiras y más mentiras, de las denuncias de los Guillomos, de los correveidiles de siempre quienes, también sin tener donde caerse muertos, firmaban lo que les decían que tenían que firmar.
El tio Cleto se inundó de silencio para siempre y ni siquiera le contestaba al cura presumido requeté que llegó por aquellos años, el mismo que soflamaba en la iglesia y contaba cuántos iban a misa los domingos y quiénes pecaban porque labraban y labraban y dedicaban sus días al diablo. El cura requeté recogía casa por casa la primicia que decía que le correspondía a la iglesia y arrastraba a las gentes a comulgar por Pascua florida como decía y predicaba.
Y fue el tio Cleto quien a las rasas le dijo, cuando le echó en cara tantas veces que no cumplía con la Iglesia,  que hasta aquí, que su misa y su olla para él, que el pan lo compartía con sus gentes y su trabajo, que las hostias a su tiempo, que las procesiones por las sendas de las ovejas, que los lujos en las albarcas, que los requetés ya le habían dado suficientes cristazos, que no denunció a nadie, que salvó a más de uno, que el infierno ya lo había pasado, que se dejara de terrores y castigos divinos, y de guerras de romanos y cartagineses,  de rosarios y de vísperas, que se fuera con él al tajo todos los días, que compartiera sus alforjas, que luego hablara y que en su hambre mandaba él.
 Que no condujo a nadie al paredón y usté sí. 
El único de Larroya que se las tuvo bien tiesas. Y el requeté se la envainó.

Lo fuimos sabiendo poco a poco años después cuando el tió Nicolás, el Cachaza, ya sordo, nos decía algunas palabras después de que pasara el tió Cleto con su carro cargado con el mejor trigo rubión traído de las roturas del monte.
          Cuando nos hablaba de quien era el más trabajador del mundo, quien le salvó del tiro cuando aquella madrugada del terror de la FAI lo condujo escondido en un serón tapado con fiemo hasta la masada Baja, al otro lado de Palomera.
“Tió Cleto” le gritábamos desde la boca de las Chozas. Y él se quitaba el sombrero y lo levantaba como saludo y seguía y seguía dando vueltas a la parva sentado sobre el trillo.
(Recreación literaria de Clemente Alonso Crespo).
foto archivo.
   
Expediente procesal. AHPZ.

Expediente procesal. AHPZ.

Expediente procesal. AHPZ.

Expediente procesal. AHPZ.

Expediente procesal. AHPZ.