jueves, 21 de septiembre de 2017

Canto a la libertad, hoy más que nunca. Labordeta.



               En esta España nuestra, tan inmediata, que Valle Inclán esperpentizó en aquella "Farsa y licencia de la Reina castiza" es momento de decirles, una y mil veces más, a los voluntarios sordos de mente las verdades a las que hicieron mofa.


          

CANTO A LA LIBERTAD - LABORDETA - YouTube

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"La corte de los Milagros". Valle Inclán.  
     
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Labordeta "a la mierda" - YouTube

https://www.youtube.com/watch?v=JadyaKBePDw

domingo, 17 de septiembre de 2017

De cuando Mariano, "El Preta", estaba cagando.





     De cuando Mariano “El Preta” estaba cagando.

¿Coñóooooo …  si ese es Mariano “El Preta”!

    Claro que era él. Estaba sentado en el banco debajo de la ventana forjada de la casa de los Dolz de Espejo, en el mediodía del sol, justo al lado de la fuente modernista con los chorros de agua entonces bullentes y ahora silenciados, frente a la puerta de la casa de los Vicente que aún luce su escudo heráldico dando la bienvenida a los acogidos en la Residencia donde debe estar alojado este Mariano que siempre para nosotros después de que él mismo  nos contara lo de la peineta del carro, siempre digo, fue “El Preta”.
        A Mariano siempre le gustó hacer el gaire, aunque entonces nada sabía de la que iban a liar los de Pancrudo largo tiempo después.
         Era aquel día en la puesta del sol, cuando las mozas se acercaban con el cántaro apoyado en la cintura, lo llenaban debajo de los chorros bullentes que manaban de la fuente de Santa Beatriz, lo volvían a poner sobre su esquinada cadera y lo llevaban hasta el carretillo para después llegarse un par de veces más, por lucirse delante de nosotros y robarnos nuestros ojos detrás de ellas.
        Justo aquel día nos lo contó mientras al otro lado de los chorros se acercó su padre con el único macho que le quedó, cojitrancos los dos, por abrevar al mulo. Mariano había vuelto a pasar unos días en su pueblo dos años después de que se marchara por las tierras catalanas del Vallés hasta San Cucufate, como él decía.
     Dos años justos y al mismo tiempo que su padre se llegaba hasta el bacio donde abrevar a las bestias y donde iban a parar los forasteros que se llegaban los días de las fiestas y se quedaban en pijaitos.
   Fue en la llegada a la cuesta de Cañamaría, al comienzo de agosto, cuando volvían con la carga de trigo desde el Matoso, con el sol en alto y los sombreros calados. El padre de Mariano carreteaba junto al macho de varas y aun retrancaba al puntero. Y Mariano atrás dándole al freno. Y al comienzo de la cuesta el padre dándole al “preta, Mariano, preta”. Y el zagolote aún imberbe que “padre, que estoy cagando”. Y venga y dale al “preta, Mariano, preta” y el otro “padre, que ya le he dicho que estoy cagando”. Y en cuando echaron cuesta abajo los machos, la carretada arreó para abajo más deprisa que ellos.
 Y trigo, y carro, y padre, y mulos se fueron a cascala juntos.
Abajo en el barranco de Altabás quedaron arrastrados en un mar de cascajo. El macho de varas ya no hizo tiro en su vida y trompicó del ancón para siempre, inválido para el acarreo y tullido sin remedio en los labrados.
        Desde aquel día padre e hijo vieron que la vida era imposible en donde había hambre y poca tierra. Para qué un carro si con un macho y la albarda daba suficiente para recoger aquellos fajos de centenacho que no  saciaban la casa.
         Y Mariano se largó como tantos más por las tierras del Vallés. Y desde aquel día, dos años después, cuando nos lo contaba junto a la fuente de santa Beatriz, delante del edificio que ahora lo alberga a él como jubilado residente, el mismo donde se instaló el cuartel general de los milicianos en aquella guerra que marcó a Larroya para siempre, no lo había vuelto a ver.
   Y ahora estaba recibiendo de lleno el sol en la cara, sentado debajo de la reja forjada de la ventana de la casa solariega de los Dolz de Espejo, aquellos señorones feudales de los que nadie se acuerda, salvo algún letraherido que se interesa por los ancestros de estos bravazones larroyanos, mientras parloteaba con otro ganapán pastor de ovejas ajenas, a quien de cuando en cuando le llamaba Cardo porque no hacía más que pincharle con lo de los catalanes, y la independencia, y la madre que parió a los polacos de más allá de la desembocadura del Ebro.
   Y Mariano “El Preta”, a quien le sigue gustando hacer de cuando en cuando el gaire le dice a Cardo que ha recibido una papela, que no sabe ni cómo, para que vote así, a botepronto, entre un cagané y otro.
 Y le explica a Cardo lo del cagané y le enseña un par de figuras de barro que lleva en el bolsillo y que le ha puesto delante sobre la misma mesa en donde han desayunado esta mañana. Y uno y otro han lanzado sus puyas llenas de rasmia con el sujetar de las cabezas entre un cachirulo y la barretina. Y uno, el Cardo, dice que lo mejor es tirarlos a los dos juntos al bacio de abrevar donde iban a parar los señoritos pijaitos forasteros. Y el otro, Mariano, “El Preta”, que ha aprendido unas cuantas palabras de la lengua del Vallés saca su rasmia larroyana y suelta otra vez aquello de la cuesta y dice de nuevo que estaba cagando, así es que ... a prendre per cul.