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miércoles, 31 de agosto de 2011

Esa es Florentina, Juan Rulfo.



                  
           Rulfo, mira a esa mujer que sube ahora de nuevo, cuando los demás ya se llegan camino de la iglesia por debajo de la era Baguena. Es la misma que esta mañana cogía el calor del sol en la puerta de su casa, junto a la herrería. Se llama Florentina. Sus ojos, ahora ya casi ciegos, lo han visto todo. Su boca nunca ha levantado la voz y su cuerpo y su cara parecen un imán que haya atraído todas las desgracias.
         Yo no conocí a su marido, pero con sus hijos varones sí que tuve que ver. No venían a la escuela con  nosotros. Iban todos los días a Benialba. Tres quilómetros de ida y otros tres de vuelta. Y no faltaban ningún día. Su padre dijo que a la escuela a aquel pueblo, que no a la de El Alcamín. Nunca oí una palabra mala del padre de los Romeros. Por qué se enemistó con el maestro nadie nunca dijo. Florentina tampoco decía casi  nada. Sólo de cuándo en cuándo que si quieres merendar, que ella no tendría pero siempre había un bocado para los demás.
         Desde aquí no puedes apreciar los surcos profundos de su cara, Rulfo. El abuelo Repoyo le labró las laderas que le tocaron cuando les dieron la tierra. Ya Florentina se había quedado sin hombre. Se lo llevó por delante un frío agarrado en un día de tronada en que estaba regando en la zaica grande. Ya no hizo tiro. Al poco comenzó a toser y a toser y le vinieron las tembladeras cuando ya los emplastos no le bajaban las fiebres.
         Yo nací a los dos años de morir su Romero. Florentina venía por la casa a pedirle a la abuela la levadura para fermentar el pan, paraba en la bardera de los huertos al apoyo de su costal de alfaz segado con que cargaba y también, en los inviernos, venía a echar una mano en el capolar de los mondongos.
         Han pasado los años y ella sigue en pie. Se han muerto ya todos y ella es la más vieja del lugar. Ni se sabe los años que tiene. Siempre con sus haldas y su toquilla negra y su pañuelo, también negro, atado a la barbilla.
         Y de todas todas quería pagarle al abuelo la labranza de las tierras, las que les dieron allá en el Pelarcho. Y el abuelo que no decía nada. El abuelo no hablaba. Para qué. Quien quería entenderlo lo entendía. Luego dijo aquello del relámpago entre dos mundos y lo de la verdad es la verdad lo diga el sabio o su porquero. Para qué hablar. Bastaba con echar una mano sobre el hombro, o chasquear la lengua, o rascarse la calva debajo de la boina.
         De eso sabía Florentina que tampoco habla mientras sigue por el camino de las Suertes. Junto a los brazales que sujetan los huertos, en la barbacana que mira al Regajo junto a los ribazos aún humeantes de este viernes santo.
@cac.
         Hace un par de años, mientras velaba a su hija, al yerno y al nieto muertos en el accidente de Santágueda, allí mismo, en el tanatorio de la gran ciudad desvencijada, aún me preguntó por mi madre, muerta un mes antes en el anonimato de un hospital sin solución. Allí estaban detrás de un cristal su hija, su yerno y su nieto. En un santiamén se los había llevado un camión por delante, en las rectas de Santágueda, un domingo de calores abrasados. Habían estado con ella y volvían al tajo en el suburbio ibero de los pisos amigrados. Los tres se fueron al otro barrio desvencijados frente al viento del bochorno.
         Ahora sólo le queda Agustín. Primico, primico me dice cuando nos vemos. Le gusta que le invite a una copa de mistela. Desde que lo supe no ha faltado la botella en la casa que levanté en la era de Terrer. Con la copa de mistela en la mano no para de hablar Agustín. Hay que frenarlo. Se bebería la botella entera y luego le sienta mal. También le gusta el turrón. Un día que bajé hasta Turba encontré uno del mismo sabor de los que traían cuando por santa Beatriz. Sin dientes lo rosiga y lo lame y habla y habla. Se quedaría horas y horas hablando y hablando con palabras enriscadas que casi no entiendo y dándole al primico, primico sin dejar que le contestes.
         Con su hermano Sabino me encontraba a veces en el parque de los álamos junto al caserón de la biblioteca con la estatua de Luis Vives. Sentado en un banco me hablaba de los dineros que mandaba todos los meses a su madre, sin jubilación alguna, sin ninguna tierra de la que poder vivir, sin ni siquiera un huerto. Me decía también de la locura de su hermano Agustín, con el que se entendía desde chico, con quien después de dejar la escuela en Benialba, carreteaba con los machos llevando el poco centeno que recogían o echaban jornales juntos en el descardar de las remolachas.
         Sabino sabía que su hermano iba a menos, que la cabeza se le volaba cada vez más, que él era su único sostén, que su madre le hablaba, a él sí, de su hermano, y que Sabino contestaba sí, madre, sí, no se preocupe usted. Y estaba contento en el Gran Hotel, en medio de la ciudad, cercano a Pie de la Cruz, el barrio de las putas, la escapada que se permitía de cuando en cuando Sabino. Y allí fue donde cogió lo que enganchó, y al poco se quedó seco y seco. Y eso es lo que me repite una y otra vez Agustín primico, primico, se volvió al pueblo y seco y seco, y se murió.
         Ahora su madre camina seca y arrugada por el camino del brazal de las Suertes. Tan vieja como siempre, la más viva entre los muertos, la más muerta entre los vivos. Me habla en silencio, como el Repoyo, como todos estos, como tú, Rulfo.
@Juan Rulfo.

sábado, 13 de agosto de 2011

Fraile en "El Alcamín"


                                                 
                                                                  El fraile patatero


         A pesar de los años pasados y de los castigos de la edad no tuve ninguna duda de que aquel era el fraile que conocí en mis tiempos de El Alcamín.
         Estábamos en la sala de reunión de los archiveros el día anterior a la Navidad, cuando celebrábamos la fiesta rodeados de anaqueles y balduques, a mitad de camino de la grabación de los documentos en facsímiles y discos informáticos.
         Alguien desde las oficinas había llamado hasta el piso destartalado que asisten los Hermanos de la Cruz y la Resurrección en la calle de La Harina.
         Entró entonces cubierto con un guardapolvo blanco a manera de los enfermeros y una cruz de madera sujeta al pecho por una cuerda que le colgaba desde el cuello. No dijo nada. Mientras los archiveros y oficinistas disfrutaban de la amistad en la fiesta comenzó a guardar los restos de panes y pasteles, las lonchas de jamón y salchichón sobrantes, los untados con patés, los turrones y hasta las mediadas botellas de vino y las cervezas sin abrir. No dijo una palabra. Lo puso todo en una panera y se marchó por donde había venido. En aquellos apretados minutos no dejé de observarle y comprobé que aunque el tiempo lo había marcado con achaques, el hermano de la Cruz y la Resurrección un tanto cojitranco que hasta allí había llegado era el mismo fraile que decíamos patatero cuando mis tiempos de El Alcamín.
         Fue el más veterano de los archiveros quien me habló del hermano de la bata blanca y la cruz de madera al cuello.
         Andaba cercano a los sesenta, tenía el pelo cano y surcaba la cara y frente por los labrados de la edad. Arrastraba algo la pierna derecha pero se movía inquieto mientras recogía los restos dejados por los colegas, pero tenía la misma viveza en los ojos humildes que traía cuando se llegaba hasta El Alcamín por guardar las patatas de la limosna.
         Llegaba por los primeros días de noviembre, cuando ya el tiempo se ponía frío y las patatas estaban protegidas en las bodegas por temor a las heladas. Iba pasando por todas y cada una de las casas del pueblo y recogía la cosecha por caridad. En alguna tan solo le daban una docena de patatas que tampoco les sobraba nada a las gentes de El Alcamín. En mi casa la abuela siempre le entregaba medio saco y el fraile patatero se cargaba el zaquilote a la espalda y lo llevaba hasta la posada en donde iba amontonando las limosnas que luego se llevaría en un carro tirado por una mula moyana hasta su convento en Turba.
         Oí decir a mi abuela que el fraile de las patatas se metió a tal porque allí, en el convento, se aseguraba el condumio. Había andado de dulero por los cerros de El Alcamín antes de comenzar la guerra, cuando zagalote. No debió darse mucha maña para el oficio porque se decía que solía perder las ovejas mientras se quedaba encandilado mirando las nubes por el día y las estrellas en las noches de estío.
         Cuando el frente de guerra llevó a las gentes del lugar a la evacuación él se quedó como lazarillo entre los frailes de San Nicolás y ya siguió como hermano lego en los tiempos en que le conocí. Nunca le escuché palabra entonces. Sólo sé que llegaba a casa vestido con unas sandalias viejas, casi como las albarcas con que andaba cuando ejercía de dulero, entre las que rastreaban unos pies desnudos retorcidos y un sayo frailuno de color marrón maltratado por el desgaste de los tiempos. Llegaba a casa, trazaba una mueca de sonrisa, recogía las patatas, volvía a dibujar la alegría en su cara y se marchaba con el costal al hombro. Poco menos lo mismo que había hecho con las sobras navideñas.
         El más viejo de los archiveros fue quien me dijo que desde hacía cuatro o cinco año vivía en un destartalado piso de la calle de La Harina. Ya hacía tiempo que no iba por los pueblos recogiendo las patatas de la gallofa. Desde el convento de San Nicolás ya no salía para limosnear los lugares cercanos sangrados en tiempos pasados por los diezmos y las primicias.
         El fraile patatero se encargó de mantener durante muchos años la limpieza del convento y marcó las horas para los diferentes rezos además de abrir y cerrar las puertas del recinto. Entre rezo y rezo se acercaba hasta el asilo de ancianos cobijado en la huerta debajo del viaducto. Ayudaba a servir la comida, cortaba las uñas a los abuelos, los lavaba y hasta los acompañaba para ir a dormir. Por eso entendí que un día dejara sus hábitos marrones de hermano lego se San Nicolás y se cobijara en los barrios de la mugre de la vieja Salduba.
         Abandonó el convento levantado con piedras calizas bien ensambladas, dejó las rejas labradas por expertas manos y olvidó los arcos para esconderse en el desvencijado piso en el que atiende ahora a los sin nada y sin nombre.
         Por todo hábito se puso encima la bata blanca y la cruz de madera colgada al cuello que él mismo se fabricó. Tuvo sus trifulcas con el obispo porque el curial no entendía aquello de vivir en la miseria.
         Cuando yo me llegaba puntual al trabajo, antes de las ocho de la mañana, veía pintada una cruz azul junto a un balcón casi en ruinas en el que manos temblonas habían escrito aquello de “sólo la cruz salva”. Por el portal entraban, a través del viejo y oscuro zaguán, una pareja de abuelos, hombre y mujer, con las señales de una mísera necesidad en sus rostros. Iban a esperar el desayuno que todas las mañanas les ofrecía el ya lejano fraile patatero. Durante todo el día pasaban por allí los más necesitados del barrio de El Gancho, convertido ya en casas arruinadas, solares llenos de basura y escombros, habitáculos mugrientos, nidos de drogadictos sin techumbre y lugares sin remedio abocados a una muerte cierta y cercana con los castigos del sida señalados con pupas en los brazos y en las caras despellejadas.
         Poca gente sabía del camino que el antiguo petitorio de patatas en El Alcamín había seguido hasta llegar allí. Sólo que estuvo dándole vueltas y vueltas a marchar hasta las tierras de los desheredados en las selvas africanas o de los humedales embarrados junto al lago de Managua o de la pobreza chiapateca. Se quedó aquí hasta acabar su vida con los sin techo, con los enloquecidos sin dientes en el abandono de la basura y la escoria, para acoger a los que llegaban subidos en su viejo triciclo con las piernas cortadas y una sonda colocada para evacuar la orina, a quienes tenía que llevar en brazos para que se sentaran junto a la mesa en donde siempre tenían a punto una sopa caliente.
         No le importaba lo que dijeran las gentes del obispado, las rarezas que había puesto en los documentos que presentó para legalizar la orden, los sudores por el esfuerzo de todos los días entre los pucheros, la recogida de las sobras de los hoteles, los temblores que comenzaban a calambrar sus brazos agotados por el sueño de todos los días. Iba y venía con su esfuerzo y su silencio entre la sonrisa vivaz de sus ojos ya cansados, los mismos vivarachos que ponía cuando se llegaba cuarenta años antes por recoger la patatada de las gentes de El Alcamín.
@ Juan Rulfo. Hambre.


        
      


  

jueves, 3 de marzo de 2011

No oyes ladrar a los perros, ¿verdad Rulfo?

   ¿No oyes ladrar a los perros, ¿verdad Rulfo? La Mostaza no ladraba. Aquella mañana lloraba. Febrerico el loco, un día peor que otro, así decía mi madre. Esta hilera de aquí encima, la que se abría en los domingos después de misa para que se regaran los huertos, tenía unos chupones de hielo de a metro. No vimos en todo el día el sol. Se había agarrado bien la niebla y las rosadas de los días anteriores habían quemado hasta las hierbas de los ribazos. Unos hielos que ni te cuento. Las escorrentías de la hilera se habían quedado en unos chupones como garrotes. Cuando respirabas parecía que entraba un helor hasta el fondo de los pulmones. Los barros del badén debajo de la era Baguena, encima del cerrado de Casimiro, junto a la casa del señor Maestro, llevaban más de un mes sin deshacerse. Había que tener cuidado cuando pasabas por allí. Hasta las ruedas de los carros cargados con el estiércol de las femeras rebotaban sobre los barros helados. Ya podías pisar bien fuerte cuando íbamos a la escuela que no se deshacían.
            Sé que era una mañana de domingo porque ya habían dado el primer toque para la misa. Desde la era de Terrer ya ves Rulfo que se domina toda la vega hasta Larroya. Pero las mañanas de febrero hacen que se agarre la niebla por todos los campos y que ni siquiera se vean los chopos deeshojados del río. Quedan como fantasmas blanqucinos de abundosas ramas retorcidas. Los algodones enhebrados de la niebla se agarran a las pellizas y la moquita se hiela cuando desliza por la nariz. A la Mosdtaza se le había quedado helada la sangre agarrada a su hocico. ¿Por qué tuviste que matarla, Mariano? Tantas veces había subido contigo al monte, tantos días apretando el rabo, metido entre las patas, había achuchado a las ovejas para que salieran de la paridera, entumecidas por los hielos que las hacían resbalarse cuando enfilaban por la cuesta del cementerio. Tantas veces nos había sacado de los apuros cuando el hatajo se metía en los sembrados de los linderos. Tantas veces te había hecho compañía en un día y otro, en las chicharrinas de los veranos y en las heladas de los inviernos.
@cac.
            La mañana en que arrinconada en una esquina  del corral, justo al lado de las varas del carro, lloraba acurrucada cuando empezaste a chillarle y a jurar trayendo a cuento a todo el santoral. Estaba asustada, con la sangre helada, ennegrecida ya, pegada al hocico. Media docena de gallinas despanzurradas, con los cuellos rotos y las cabezas separadas, tendidas aquí y allá en lo alto de la femera. Lloraba la perra y se escondía cuando tú Mariano agarrabas un palo y le sacudías bien fuerte. La abuela que “déjala y que ya no hay remedio”. Y tú Mariano, que si dios y que si el copón bendito. Me fui de allí, asustado por tus gritos y los alaridos de la Mostaza. Ya cuando crucé el Regajo no oía más que los gritos, y al poco nada.
            Cuando volví, después de la misa, aún llevaba la abuela el mimbre en la mano. Te había sacudido un par de mimbrazos. Saliste por la puerta del carro porque por la falsa, la que estaba junto a las cortes de los puercos, se había atascado con los barros helados, arrastrados por las patas de las ovejas, cuando se metían con prisas en el cubierto en busca de la paja mezclada con centeno que les poníamos en las comederas. Llevabas en la mano el cuchillo de los perniles, aquel que tantos miedos me daba cuando lo veía junto a la capoladera de las morcillas. “Descuélgala” te dijo tu madre. Yo subí hasta la sala que daba al cementerio y al cerrado del panizar. En aquella misma habitación, una mañana heladora, justo el mismo día en que los Reyes Magos repartían los juguetes a los zagales del pueblo te fuiste tú al otro barrio y te quedaste ahí debajo  para siempre. Mirabas hasta este mismo lugar en que ibas a entrar muy pronto para ya no salir jamás de él, y veías también el mismo peral de Molinero.
            Allí la vi yo igual. La Mostaza se movía de un lado a otro, como un péndulo lento que buscaba el centro de gravedad del campo yerto. Me asusté, pero no pude dejar de mirar. Me quedé con las manos agarrotadas, enrojecidas por los sabañones, agarrado a los hierros de la ventana que tú pediste te abrieran aquella madrugada del día de los Reyes Magos. En tu última mañana te ahogabas en tus propios vómitos, te asfixiabas en el calor de tu propia sangre, la poca que te quedaba. Mientras tú te abrasbas la vida se te iba por momentos. Mirabas y mirabas las tapias del cementerio, con los ojos desorbitados. Te querías agarrar a la vida mientras deseabas dar el último paso para meterte tú mismo cubierto por la tierra para siempre.
            Pero te vi cuando llegabas con el cuchillo en la mano, justo debajo del peral de Molinero. Entonces lo entendí todo y durante mucho tiempo me diste miedo. Apareciste en mis sueños con el cuchillo en la mano y me despertaba asustado, metido en la misma cama de la abuela, allí donde dormía cuando el abuelo ya no estaba, porque me protegiera del frío y de mis miedos. Nunca le dije de mis sueños, pero quien pendía de la soga no era la Mostaza, era yo el que estaba a punto de ser colgado o quien pendía del colgajo, a punto de morir asfixiado. Luego me despertaba, con los ojos abiertos como platos, me cobijaba entre las enaguas de la abuela y volvía al sueño mientras pensaba que no era yo, sino la perra Mostaza quien caía al suelo patitiesa, entumecida, helada, aquella mañana de domingo, matadora de frío, cuando tú cortaste la soga con el cuchillos de los perniles. La misma que había atado sobre una rama justo en el rato que duró la misa, cuando yo me fui, cruzando el Regajo, y dejé de oir los lloros de la Mostaza
@cac.
            Te había dado un barrunto y decidiste que la perra era la culpable de todo aquel rastro de sangre y plumas en que se había convertido el corral y la femera. Y después de sacudirle tus buenos palos te la llevaste a rastras hasta el cerrado de Molinero mientras ella seguía llorando en sus gemidos. Echaste la soga encima de una rama de la noguera, ataste el lazo por encima del cuello y tiraste hacia arriba. La Mostaza ya ni ladró ni gimió ni lloró. Allí la dejaste hasta que, a la vuelta de misa, la abuela dijo que no la viera el zagal. Y el zagal se subió hasta la alcoba en que tú mismo te ahogaste en tu vómito una mañana heladora de enero. Y te vi cómo cortaste la soga y cómo la Mostaza cayó de golpe sobre el suelo, duras sus carnes ya, helada ya toda ella. Por eso vinieron luego mis miedos y mis sueños enloquecidos cuando no era la perra sino yo quien colgaba de la soga. De nada valieron las noches cuando me despertaba, una y otra vez, asustado porque disparabas con la escopeta para cazar a la zorra que había entrado en el corral, ayudada por la luna llena y espantaba en un guirigay a todo el gallinero. Volvía como siempre, como había llegado la noche en que quedaron despanzurradas las gallinas sobre la femera y hasta las paredes junto a la cuadra llenas de rastros y manchas de sangre.
            La zorra siempre fue la que atizó a los animales, la que vino a devorar los cuellos y las crestas, azuzada por el hambre con los fríos de los inviernos, cuando no tenía nada que comer entre las carrascas del monte. Entonces se llegaba hasta los corrales y se alimentaba con la sangre que luego lamía la Mostaza. Fuiste aquel día el más cruel de todos y me costó mi tiempo acercarme a ti. Tuvieron que pasar muchos inviernos y muchos veranos, cuando de nuevo me tirabas sobre el pazujero, cuando me enseñabas a encontrar los nidos de las perdices, cuando bajabas al río por pescar los cangrejos a mano, cuando preparabas las cañas para las truchas. Pero entonces ya la vida te había tronzado, ya habías hecho el camino de ida y vuelta, ya al poco no viste ni la ventana, ni el peral de Molinero, ni esta piedra barbacana de la era de Terrer, donde he puesto mi casa, donde platico con Rulfo, desde donde en las noches heladoras de luna llena, cuando llega la zorra, oigo ladrar a los perros.
@cac.


lunes, 14 de febrero de 2011

Seguir de pobres, Juan Rulfo.

              
@cac.
                                  Seguir de pobres, Juan Rulfo


       Ven Rulfo. Salgamos. Lleguemos hasta esa corraliza. La puerta está astillada. Entremos. Verás. Hace ya tiempo que creció un saúco. Empieza a echar la flor. Te gustará su olor. ¿Florecen los saúcos en Comala? Los muertos, orientados al sol, en este lugar maldito por quienes acabaron con su vida, florecen en saúcos con los inicios de la primavera. Luego serán pócimas milagreras en el recoger de las rosacruces y ensambladoras. Como en Comala, Rulfo, así El Alcamín.

      La calle arrendada. Pagar por recoger los boñigos. La única del lugar. No hay otra. Tú sabes, Rulfo. Los mulos cuando salen de la cuadra. Las ovejas después de dejar el corral. Todos los ganados pasaban por aquí. Al ir y al venir. Todos dejaban su marca. Y qué buenos boñigos. Y qué buena sierle. Y la calle limpia. Y pagar por ello. Al mejor postor. Cada año, después de la misa de la sanjuanada. Primero plantar el árbol, luego, a su vera, la subasta. Siempre ganada por los sin tierra. O por quienes tenían un huerto en Las Calzadas. Un par de palmos de tierra. Todos los días, después de salir los ganados, cuando los pares de mulos ya andaban en la labranza, no faltaban los tres cestos mimbreros repletos de boñigos. Y con ellos a la femera, en la esquina del brazal por donde comienza el camino de Las Suertes. Buen montón al cabo del año. Y buen fiemo. Nunca saldrían de pobres, pero tendrían sus calabazas por alimentar a la cabra y algunas judías para después escaldar y enhebrar en rosarios guardados en los solanares, luego asaeteados por los cierzos. Frescas y sazonadas en los pucheros de los inviernos. Pagar por recoger la mierda. Hecho el trato junto al chopo recién plantado, debajo de la acacia con las hojas a punto de romper, frente a la puerta de la iglesia.
            Alguna mala cara en la mañana. Que le habían jodido el mejor chopo a fulano. Todos los años la misma historia. El derecho de los quintos. La noche de san Juan. Ya le tenían echado el ojo de tiempo atrás, que da mucho de sí el dale y venga de todos los días arriba y abajo. Que si en los Sotos hay uno bien majo, que en los Cuadrones está el mejor templao, que si en el Prao hay uno que ni se puede abrazar. Al final caía el del Molino o el del Zaicacho. Por joder al más rico o al más presumido de aquel año. Pa que aprenda. Tontolaba.
            Había que sacarlo a braza. Aquella noche no valían los mulos. Y tenía que ser de noche. En la raya del alba. Al hacer de día había que estar ya comiendo las gachas, festejando el sol. Cortar con la segur y sin hacer ruidos. Sin que nadie se entere de dónde era la tala, para evitar la denuncia, que nadie viera nada. Y a segur. Nada de tronzador, como en los tiempos de siempre, que así lo hicieron sus padres y los abuelos. Sabiendolo tirar, sin que se rompa la capota. Que si se rompe está capao, y el hombre, hombre. Y luego podarlo. Dejar sólo las últimas hojas. Y, hala, a cargarlo al hombro. Güevos, eso es lo que hay que tener, que somos la mejor quinta que ha salido de El Alcamín. Y arriba, y venga, y cuidao que se nos va. Y al hombro. Y ya está sacado del Soto, o del Molino, o de los Praos. Y siempre por la calle mayor, la del arriendo, hasta la puerta de la iglesia. Y entonces, al suelo. Despacio, no se nos vaya a joder ahora que ya está aquí. T hacer el pozo, para hincarlo. Y la gracia para alzarlo, poco a poco, con las tijeras en cruz de otros chopos más pequeños. Poco a poco. Y tira despacio de las sogas. Ayudados ya entonces por los más veteranos. Y que no les llamaran esqüevaos cuando ya las primeras mujeres bajaran con los cántaros a la fuente. Que ya entonces tenía que estar bien firme, para empezar a comer las gachas del día de san Juan.
            Ya llegó la sanjuanada. Ojalá que no llegara pensaban algunas mozas. Se iban los amores a segar a tierra extraña. Y ya a esperar la vuelta de los agosteros. Había que celebrar el día. Aún quedaban por restaurar los últimos surcos labrados en la calle sembrada de boñigos. Los últimos restos de la locura del carnaval de los quintos de hogaño.
            Y a subastar el arriendo. A ver quién puja. Y los más pudientes a callar, que ellos tenían fiemo de sobra, que para eso disponían de buenos ganados. Era la fiesta de los pobres. Subastar la miseria. Boñigos recogidos día a día. Después de pasar las caballerías camino de los bancales, antes de que se deshicieran pisados por otros mulos o por algún hatajo rezagado. A mano. A tiro hecho. Boñigo y puñao. Y al cesto mimbrero. Aún calientes. Y qué bien huelen, recién cagaos. Y un día y otro que por algo habían ganado la subasta o el arriendo. Y bien contentos. Luego buenas judías y las berzas de los otoños y los girasoles rastreros de sabor amargo antes de que espigasen.
@cac.
            En los veranos el polvo del camino, la sierle de las ovejas, los boñigos deshechos, todo mezclado barrido con las escobas de sargas, directos a los jubones de los serones, con la mula o el burro esperando con las samugas puestas. Y sin parar hasta el bancal, a la espera de que las lluvias fermentaran los fiemos, que si no el estiércol es baldío. Como el pan sin levadura. Que daba gusto ver salir los panes del horno. Paleados por Guzmán, quien más ganaba la vez del arriendo de las calles y los fiemos. Que así vivía. Sin sueldo. Por el pan o los bollos que le daban las mujeres por la masada. De cada treinta panes uno para el hornero, el ofrecido por poya. Y por las fiestas, las tortas con cañamones y los chichorros de la papada frita de los puercos, o los sobaos hechos con grasa. Todo alimentaba. Y media docena de zagales pasando hambre.
            Ahí arriba están los dos, Juan Rulfo. El Guzmán y la Guzmana. Media docena de hijos. Cada uno dio por un sitio. Los hombres no volvieron del servicio militar, Cada uno quedó por un lado. Sólo uno tornó y de pastor toda la vida. Aún zanquilea por ahí. Es un sin ley. Un barrastras. No respeta ni a Dios ni a su amo. Una hija de putón dicen que va. O que fue, que vieja ya debe ser. En la miseria murieron el Guzmán y la Guzmana. Les tuvimos que llevar la poca comida que conseguían tragar. De hambre murieron. Entre otro y yo les cavamos el hoyo. Costó que el Concejo pagase los cajones. Los hijos ni se sabe. Les dimos tierra aquí mismo. La que no tuvieron cuando todos fueron a los Pelarchos. Guzmán no tenía ningún mulo. Entonces hacía esteras de esparto y serones y capazos. Luego hasta el esparto se hernió y todo se lo llevó por delante la tierra cuarteada por la falta de agua. Ya al final ni arriendo de la calle. Un día cubrieron la acequia que bajaba por ella, la que recogía el agua del Cubo, después de mover el molino. Ya los mulos se acabaron. El año pasado el viejo, cojitranco y lleno de mataduras que tiraba del carretón de Máximo lo llevaron al matadero. No fue a parar al barranco Carnuzo. Esos que dicen que saben se lo debieron comer. Carne picada de los niñacos tontos.

            Huela el saúco, Juan Rulfo. La abuela curaba con sus pócimas. 

@cac.