martes, 30 de enero de 2024

De cuando la magia se quedó helada en El Alcamín.

 




Martín ya ha terminado de pintar la bandera. Martín tiene un plumier nuevo y lleno de pinturas. Se lo pusieron ayer los Reyes. Cuando hemos llegado a la escuela es lo primero que nos ha dicho. Que si el plumier se abre con una bisagra y parece una casa cerrada con una puerta y hasta llave tiene que se guarda en el bolsillo. Lo ha dejado sobre el pupitre mientras lo cerraba. Ha sido cuando nos calentábamos junto a la estufa el momento en que nos ha enseñado la llave. Todos la hemos mirado y hasta nos ha dejado pasar la mano por ella, como si fuera una caricia.

         Luego ha sido cuando el maestro nos ha dicho que a escribir en el cuaderno aquello de arriba España y que pintáramos la bandera como la que está ya descolorida junto a la pizarra, que comenzaba el año nuevo, que estábamos en el ocho de enero y que por eso a empezar y que lo primero arriba España y la bandera.

         Algunos han comenzado en la primera página del cuaderno nuevo que les habían dejado los Reyes. Unos y otros se han ido apañando y que si me falta el color amarillo pero tengo el verde y si me lo dejas y yo te dejo la goma de borrar para que vuelvas a echar las rayas. Algunos no sabían por dónde empezar. Le han pedido al maestro el lapicero ese que utiliza, el de las puntas azul y roya con que nos señala las palabras cuando nos hace pasar a leer la cartilla junto al sillón del que nunca se levanta. Ha sacado su navaja de punta roma con que nos afila los lapiceros y nos ha dicho que a seguir y que tuviéramos cuidado y no apretáramos mucho. Y ya unos y otros van rayando el papel sobre el que han trazado los márgenes que separarán el color rojo, el amarillo y luego otra vez rojo. Como los colores de la bandera algo desgastada que está junto a la pizarra negra como el hollín.

         Martín ya ha terminado de pintar la dichosa bandera con la que vamos a estar esta primera mañana después de calentarnos un poco junto a la estufa. Todos miramos de reojo a Martín, a su plumier bien pincho que ha cerrado con la llave que se guarda en el bolsillo y a su mano que acaricia suave ese plumier que todos le envidiamos.

         Las gentes de El Alcamín dicen que en casa de Martín quien trae la magia de los Reyes es un tío suyo que hace poco llegó otra vez por aquí. Que lo habían soltado de la cárcel donde estaba y que allí enseñaba a escribir a los presos. Que aunque le habían quitado el título de maestro después de agarrarlo los tricornios cuando dejó unos panes en el mojón de Carragalve para los maquis en la cárcel le dejaron que enseñara a escribir y a leer a otros presos. Lo han soltado hace un par de días y dicen que hace magia con sus manos y saca pajaritas de papel y aviones que vuelan y hasta con unas cartas viejas de esas de jugar al guiñote construye muñecos. Por eso también engatusa a los Reyes con su magia y le traen a Martín el plumier y las pinturas.

         Yo miro la bandera que ha pintado Martín. Lo tengo en el pupitre delante del mío. No me atrevo a decirle que me deje el pinte ese rojo y el amarillo y así en un traspiés hago la bandera y le pongo junto al arriba España que he puesto con la punta del trozo que me queda del lápiz del año pasado.

         Bien que dejé los granos de trigo que quedaban abajo en la cuadra sin mulos de mi casa, allí donde mi madre encierra las cuatro gallinas que tenemos. Cuando se hizo de noche bajé por las escaleras y como las gallinas ya estaban agarradas con sus patas a los palos y dormidas cogí el bote rumiento y lo puse en el balcón para que se alimentaran bien los camellos de los Reyes y se acordaran de mí. No les dejé ni un papel escrito con lo que quería. Para qué. Cualquier cosa hubiera venido bien.

         No me podía dormir. Me acurrucaba junto a la manta y no me podía quietar el frío de encima. Me levanté mientras mi madre abrazaba dormida a mi hermano, los dos como si fueran uno. Abrí el balcón y vi cómo los chupones de hielo colgaba del tejado. El bote y los granos de trigo estaban allí. Ni Reyes ni camellos se habían acercado. Todo El Alcamín se mantenía en un silencio helado.

         Por la mañana, mientras mi madre andaba encendiendo el fuego y ponía el perol con agua para calentar y preparar las sopas de siempre volví al balcón. Nada. El bote y los granos de trigo, sin tocar. Lo cogí y se lo bajé a las gallinas. Enseguida comenzaron a aletear y se tragaron los granos.

         Yo le daba vueltas otra vez a la magia de Martín. Preso y todo su tío había vuelto y hacía magia. Mi padre ya hacía dos años que se había ido y lo echábamos mucho de menos. Nos escribía cartas. Nos decía que pronto iríamos con él, que seguía cargando los camiones en la fábrica de sacos de esparto donde trabajaba, que pronto encontraría una casa y podríamos ir con él mi madre mi hermano y yo, que pusiéramos comida en el balcón para los camellos de los Reyes, que tenían muchas casas a las que ir y que a lo mejor este año no tenían tiempo de llegar hasta la nuestra en El Alcamín pero que el año próximo él se encargaría de que estuviéramos juntos y que allí en la ciudad en la que estaba había un almacén, en los bajos del mercado central, en donde se abastecían, que él conocía bien el lugar y que les diría que se acordaran de mi hermano y de mí y que guardáramos bien aquella carta que él mismo se la enseñaría a los Reyes el año que viene cuando yo ya supiera escribir sin faltas y les pudiera llevar en mano mis peticiones y las de mi hermano cuando ya estuviéramos todos juntos.

         Mientras tanto me estaba quedando otra vez helado. Lo que quería era dejar de mirar el plumier y la llave que Martín apretaba entre sus manos, que me dejara el maestro ir hasta la estufa y que se me quitara el frío y las ganas de llorar


lunes, 22 de enero de 2024

De cómo el hombre del hielo se ganaba la vida.

 




             Tira. Tira. Tira Lobo, tira.

El perro tiraba con todas sus fuerzas. Los ojos desorbitados. La lengua lloviendo baba salivada. La cadena tensa atada al lateral del triciclo. El collar le apretaba. Se asfixiaba. Y tiraba. Tiraba.

         El hombre apretaba con rabia el pedal. Con su única pierna. La derecha. Una albarca sujetada con tiras sacadas de los mismos pantalones. Uno más corto. El otro para qué. A tijerazos cortado sin orden. Como un colgajo vacío. La pierna delgada. Bien marcados los músculos por el esfuerzo. Una camiseta sin mangas. Manchada de sudores.

         El perro atado pespunteaba delante del triciclo aupado por el esfuerzo. El hombre atizando. Tira Lobo, tira. Subía y bajaba su cuerpo en cada pedalada.

         Triciclo, perro y hombre. El del hielo. Dando tumbos sobre aquella calle enterrada, llena de baches, siempre a la espera del asfalto que nunca llegaba.

         Las barras de hielo. Media docena. De un metro de largas. Cada una se tambaleaba contra el palo. Goteaban con los golpes marcados por los baches.

         El del hielo arreando al perro como si de un mulo bronco se tratara. Y tira Lobo, tira.

         Era el verano. Cuando los calores descomponían los tomates o las lechugas y alguna salchicha protegida antes en la fresquera arpillada, metida en aquella nevera que sólo mantenía algo el frescor, hasta que el hielo comprado a cuartos al hombre del triciclo mantuviera  frío el serpentín sobre el que aquel trozo de la barra, cuarteado, se iba derritiendo y dejando el charco sobre un plato de latón en la parte baja de aquella nevera comprada a plazos que se cerraba con dificultad y, de cuando en cuando, había que abrir  para que el olor a podrido  inundara toda la casa.

         El del triciclo no paraba. Iba y venía por todas las calles del barrio. Sudaba y sudaba. Y el perro tiraba y tiraba. Babeante. El pelo abundoso inundado por sus propias babas caídas sobre el pecho, sobre la espalda, sobre las patas.

         El triciclo, el hombre y el perro. Y gritaba. “El del hielo”.

       Era entonces cuando frenaba, paraba el triciclo, se ponía el palo que le servía de muleta debajo del sobaco, mecagüen la guerra,  y troceaba de un golpe la barra de hielo. A peseta el cuarto lo vendía.

         El perro entonces se quedaba parado, jadeante, con la lengua fuera, tieso, vigilante, atento mientras su amo guardaba el dinero en el bolsillo y echaba la muleta de palo encima de las barras.

         Y entonces otra vez volvía el tira Lobo, tiráaaaa.


lunes, 15 de enero de 2024

Alfambra. Año 1955. De cuando mosén César Navarrete era el amo del cotarro.

 


Mosén César Navarrete. Brazos cruzados, porte distinguido, mirada firme, protagonista. Los demás, incluidos los acólitos curas, son comparsas en la representación escénica. (El lenguaje corporal también importa, e impone)

Notas para un estudio de la lengua durante el franquismo. 

A la manera del maestro de filólogos Viktor Klemperer (La lengua del tercer Reich. LTI)


     Estamos en 1955. Puro esplendor de Franco y sus gentes en el sometimiento de todos sus súbditos, los españoles. Quedan, después de la batalla, las cárceles y los fusilamientos.

    Uno de los suyos, de los vencedores, es el cura de Alfambra y vaya cómo escribe y cómo impone lo que dice. 

Cuarta y última página de la hoja parroquial quincenal.

Bregado en Goebbels, Alonso Bea, el Tebid Arrumi, Manuel Aznar y José María Pemán. No sé si los había leido pero estaba impregnado de todos los topicazos que se repetían en los programas de radio, sobre todo en el "parte" de las diez de la noche que emitía radio nacional de España y en el periódico "Lucha" de Teruel.

    Lean, lean la cuarta y última página de aquel panfletillo quincenal redactado por la única mano escrituraria, la del cura, la del mosén, aunque su nombre nunca aparecía. Se convierte en maestro de historiadores y cuenta la Historia como él quiere que sea. Así "los franceses fueron expulsados de nuestro suelo". Ganamos, dice, pero oh subconsciente "la revolución francesa (madrastra vencida en los campos de batalla) produjo desórdenes y calamidades interiores". Y la conclusión que extrae: "la pérdida de nuestro Imperio de América".

    Ah, el Imperio. Luego vendrá lo de "por el Imperio hacia Dios". A ver quién es el guapo que desentraña el significado de la máxima anterior y la similar "España es una unidad de destino en lo universal". 

    Y todo esto, ténganlo bien claro, con esta afirmación tajante: "esto dura desde las Cortes de Cádiz del año 1912 hasta la Cruzada de Liberación del año 1936". (Dónde quedan, por ejemplo, la guerra del Rif, la dictablanda de Primo de Ribera o la Segunda República) .

    Todo resumido en su afirmación tajante, doctrinaria, franquista.

    


    Porque, claro, la LIBERTAD no era más que un ataque a la Religión, a la Patria, que son quienes mantienen la paz y el bienestar social (Libertad, Religión, Patria, Paz, Bienestar social. Agítense estos sustantivos y escúpanse a placer y saldrán de su boca las "libertades de perdición").

    Período vergonzoso este, dice el cura, e insinúa que desde el poder "alentaban contra la propia vida de la patria. ¿Recuerdan aquella jota Patria y virgen es mi lema, patria y virgen mi cantar, mi patria es España entera, mi virgen la del Pilar? Pues eso, machaque lingüístico diario, festivo y quémásdá.

    De ahí a las guerras carlistas. Opone a los de la boina roja con los liberales, es decir entre los isabelinos y sus opuestos por convertirse en reyes, que de eso se trataba. Otra vez la palabra "libertad" que el cura interpreta como propiedad de los liberales en un galimatías lingüístico que se queda estancado. Y sigue con libertad, liberales y liberación y de la España "no digna" del "triunfo" carlista. Y, claro, no podía faltar la intervención de Dios, salvador de errores y pecados y de las fuerzas del mal que condujeron (a España, la Patria) al borde del abismo.

    Y ahora es cuando el cura revoluciona y retuerce sus neuronas para darle vueltas a su cotarro lingüístico y mezclar providencia, sangre, sacrificios, monumento a la libertad demolido por los carlistas que "ahora", en lo que llama Cruzada, son salvadores e hijos de los héroes, aunque carlistas, vencidos en 1874. 

    Y llegamos a la plaza de la Libertad actual protagonizada por el obispo Polanco, emblema del triunfo sobre el "dominio rojo" bajo el yugo de la Patrona (la Virgen, la más santa de las santas que así entendía por Virgen) y todos "mártires" de la Religión y de la Patria (sustantivos propios y por eso con mayúsculas).

    Y todo se resume en "nuestra aportación en sangre a la Cruzada de Liberación del año 1936". ¡Cuánto tiempo sacudió esta palabra Cruzada y Liberación! Faltaba el adjetivo que siempre se añadía "Nacional", aunque para mosén César Navarrete no hacía falta añadir o historiar, porque como él mismo escribe "la llevamos escrita en nuestra propia carne", como un hierro marcado a fuego en nuestra identidad. Todo eso cerrado con una revolera taurina dedicada a un tal Palancas, Palanquicas, que parece que los tenía bien puestos aunque no añada el sustantivo que los lectores imaginan.

        


    

    Miren ahora la altivez escrituraria de nuestro mosén para cerrar esta página volandera quincenal que entregaba durante la misa dominical a las gentes previo donativo dinerario "obligatorio".

      Se bautiza a dos niñas: María Rosa y María Teresa. La primera hija de dos destripaterrones que no merecen el tratamiento de "Don" ni de "Doña" antepuestos a sus nombres, la segunda, cual hija del señor Veterinario y su esposa merecedores del título de tratamiento. 

    Siempre ha habido clases sociales marcadas por el uso lingüístico. 

      Más adelante da cuenta el mosén del fallecimiento de una niña de nueve meses, hija de Marcelino y de Florentina, esta última hermana de aquella Doña Isabel y cuñada de Don Bernardo, los veterinarios. 

    Y una de las obsesiones del cura, la primera comunión, que defendía en estas mismas hojas volanderas a machamartillo y que se celebraba en la fiesta de Corpus Cristi, recibida por los niños primero y las niñas después, que siempre ha habido clases, acompañados de sus padres según riguroso orden de memorización de la doctrina católica atornillada por las obstinadas mujeres catequistas de Acción Católica.

       Pero... el calendario sufre una excepción celebrada el 26 de julio, cuando Don Joaquín y Doña María pasaban sus vacaciones en Alfambra y traían a su hija Ana María. Una comunión única y exclusiva para ella que por algo tenía el padre el título de Maestro y su derecho al Don, aunque no sé si el mosén sabía que había tenido que pasar, el Maestro, por la depuración correspondiente y por el tribunal de responsabilidades políticas, consecuencia de aquella "Cruzada de Liberación Nacional, por sospechoso.


       Una vez más la "lengua al servicio del Imperio". Y estamos en agosto de 1955.