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| Ermita de Santa Isabel, en el valle de Sollavientos. |
Teruel adentro, de nuevo y otra vez.
Desde Sollavientos
Cuando era niño soñaba que volaba. Como una golondrina. Como un águila planeaba, ascendía, vadeaba, sorteaba aristas de montañas, caía en picado hasta lechos de ríos enriscados. Con las alas abiertas, mecido, llevado y traído por los vientos, en vaivenes serenos, dejándome arrastrar, acariciando cumbres, vislumbrando vaguadas, abrazando tierras sembradas en llanadas.
Desde esta ermita de Santa Isabel, aquí en Sollavientos, comienzo de nuevo este viaje imaginado en vuelo. Dejo el valle, tan sereno, tan virgen aún, con tierras en suaves calzadas ahora abandonadas que fueron antaño de cultivo, con masadas que aún aguantan en pie esperando los reducidos rebaños de ovejas y algunos de vacas llegados cuando la primavera. Asciendo hasta donde las pistas de esquí de Valdelinares, sobrevuelo los pinares de Fortanete y la hermosa masa azulada del Monegro. En invierno los enhiestos pinos cubiertos de nieve, ancladas sus raíces con firmeza por aquí, por donde las gentes del maquis tuvieron su refugio, saturados de fríos y de hambres sin remedio, en estos mismos lugares en que ahora los asientos de las cabinas del esquí semejan férreos esqueletos varados en la altura sujetos a un cable atizado por el cierzo. ... ... ...

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