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martes, 26 de noviembre de 2019

Relatos de la gente humilde. Cuando Alfambra era Larroya.


            Corre, corre, Victorcico que te gana Pedrico. 


 

     Era entonces cuando se metieron en el pajar que se convirtió en vivienda, en la parte alta de una casona desvencijada, incrustada en una falla terriza de roja arcilla pegajosa, salpicada de un yeso laminado hecho cristales, junto a las Chozas, al lado de la era del tio Cleto.
            La parte baja la ocupaba la cuadra donde los mulos del labrador más rico del lugar reposaban de sus labores en el tiro y el trabajo terrero. La de arriba daba derecho, por una puerta falsa, a la era donde se trillaba, y allí, en el pajar, les dejaron instalarse, más apretados aún cuando en los veranos se movían los rastros, trillos y torneadores que molían la parva a ritmo cansino.
            Elías, el padre de Pedro, de Víctor y de Teresa, era el sastre de Larroya, de aquel lugar alcaminiano atrapado en el frente de guerra. Allí, en donde en la casa que fue posada hasta hace poco y antes de quienes tuvieron el título de marqueses de la Cañada, se instaló el cuartel general en que el robledo cuerpo de Pasionaria y el espíritu que hacía honor a su nombre, visitó una vez para tratar de insuflar el ánimo necesario a unos soldados que dejaban sus vidas por mor de una causa que creían noble.
            Sastre en los años que siguieron a una guerra fratricida donde el odio aún queda plasmado en el monolito piramidal frente a la iglesia cuyos santos nombres grabados en la piedra se pregonan mutilados por el odio fusilero.
            Sastre en un pueblo sin más recursos que una aguja y un dedal, cosiendo remiendos en pantalones rotos una y otra vez por el desgaste que la propia mies castigaba en las musleras de los segadores.
            Sastre en la confección de los pocos trajes de pana negra rayada que se hacían los más pobres cuando la boda, y quizás alguno más pudiente de otra pana aterciopelada, la misma que utilizaba para vestir a los muertos de cuerpo presente, cuando les tomaba las medidas antes de amortajarlos con esa misma vestimenta de por y nunca quitar con que se marchaban engullidos bajo la tierra calcinosa al lado de la fuente del Saúco.
            Sastre había sido antes de la guerra, yendo de un pueblo a otro de la orilla del Larroya, siempre sentado sobre las angarillas, sobre las pulseras del carro, tirado por la burra tordilla que le aparejaba Teresa.

            Elías no podía moverse con su andar deforme. Atrofiadas las rodillas, se daba trompicones, imposible andar derecho, haciendo imposible la posición estable, angustiosa, cuando no tenía más remedio que ir a tomar las medidas de brazos, piernas, cinturas y aun papadas de  quienes antes de la masacre cainita podían mercarse una capa diseñada para el evento de su boda.
            Su cojera la heredaron sus hijos varones. Caminaban a trompicones como su padre, agazapados como conejos. Y la zagalada les lanzaba aquel corre, corre Victorcico que te gana Pedrico. Y trompazo va, y trompazo viene.


 Su hija Teresa había amanecido desde el primer día tan tiesa como su madre. Y era ella quien llevaba a sus hermanos Víctor y Pedro metidos en el cuévano mimbrero sobre el carretillo, la burbuja discurrida hoy sobre el cable de acero que ahora trasporta a Victorio y Pietro hasta la exposición cartujana sobre el lecho del Guadalquivir hispalense.
            A Víctor le atraía con pasión trazar rayas sobre el Catón en el que aprendió a leer. Llenó de monigotes todas las márgenes del libro y así quedaron sangradas de figurines todas sus páginas, con sus mismas manos de otra sangre castigadas por el puntero manejado con destreza por un maestro de tripa hinchada y habla ceceante, aficionado a las buenas morcillas de las matanzas gorrineras, quien le sacudía un día y dos también por causa de aquellos primeros diseños que el docente llamaba mamarrachos.
            Pedro se las ingeniaba con las piernas calcadas de las de su hermano mayor, idénticas a las heredadas del padre, para ganarles todas las canicas arcillosas a los demás zagales de la escuela. Arrastrado por el suelo tenía facilidad para introducir la bola en el hoyo que le sirvió para superar los pares de los campos de golf que hoy holla calzado con blancos zapatos claveteados.
            Teresa era un ser anónimo a quien nadie hacía caso, ni siquiera considerada por la pulcritud con que bordaba sobre el bastidor en las tardes escolares, la actividad a que fueron condenadas las primeras hornadas de proyectos adolescentes en la posguerra alcaminiana de Larroya.
            Un verano en que la cosecha vino mejor y el pajar se llenó de sacos de trigo almacenado por el propietario de la era Elías y su familia se fueron reduciendo en su pajizo habitáculo y, sin que se enteraran las gentes del pueblo, vendió carro y burra, únicas propiedades y medio de locomoción necesario en su tomar medida para la confección de los trajes de pana, y, ayudado por su mujer, se subió al autobús rojo y gualda que le llevó con su tribu a rastas hasta una callejuela cercana a las ramblas barcelonesas, donde un taller de confección le ofreció trabajo y un más que magro jornal.
            De la salida del pueblo no supo más que el tio Cachaza, ya viudo tras la muerte repentina de su mujer, quien, de cuando en cuando después de terminada la trilla, intercambiaba con Elías unas hanegas de centeno por algunos pantalones cosidos para su media docena de hijos sin madre. En ocasiones Teresa también echaba una mano en su casa, cuando llegaban los tiempos de la matanza y las azarosas prisas morcilleras.
            En ocasiones se veía al propio Elías segar, arrastrado, las hierbas de los ribazos, las avenas locas de las cunetas, los lechecinos de junto al comunero que distribuía las aguas del riego, cargando luego todo, mal que bien, sobre el carro tirado por la burra, mientras Teresa quitaba las malas hierbas crecidas entre las remolachas y los patatares que en forma de costales echaba a su espalda hasta el carro.



Víctor se acuerda ahora, sumergido en la burbuja con aire acondicionado, mientras vuela sobre el Guadalquivir, de sus primeros diseños sobre maniquíes antes de su aprendizaje barcelonés, mientras duraba la larga y sufrida secuencia de las intervenciones quirúrgicas dolorosas a las que se sometió junto a su hermano en la clínica de la ciudad condal.
            Las mazorcas espigadas que su madre y hermana traían cuando en las mañanas del verano ya empezaba a picar el sol de fuego en alto y las tábanos sembraban su constante zumbar entre la cuadra y el pajar, le servían a él para convertirlas en maniquíes vestidos con las talegas vacías de los granos.
            Su madre y hermana, al volver del espigueo de los secanos, aporreban los granos sobre un trillo despedrado y los recogían luego en las propias haldas para ir guardándolas en el arca.
            Víctor pedía que le guardasen aquel abultado puñado de cañotes sin grano y formaba su bálago. Sudaba la gota gorda para trenzar de una u otra manera dándole cuerpo a la tiesa paja, conseguía moldear un cuerpo humano y luego  lo vestía con los sacos talegos, con el deseo de dar un tijeretazo aquí o allá, imposible de producir por no romper los envases de los granos que luego llenaría el dueño del pajar.
            Aun entonces, cuando se quedaban hinchados, tripudos en su almacén móvil, volvía a ellos y dibujaba en sus panzas figurines con clariones de las obras que luego borraba con el brazo para no llevarse un buen rapapolvo, o iba lijando con afilados tejos desportillados las tizas sustraídas de la escuela, convertidas una vez más en figuras humanas que no eran más que maniquíes vestidos en su relieve tiznado.
            Mientras mira Triana, al otro lado de la torre del Oro, recuerda a su silenciosa hermana Teresa en el autobús rojo y gualda, la preocupación del padre y la madre que había dejado su máquina de coser en prenda pagada a una hija del tio Cachaza, y aterrizaron los más pequeños en la escuela, y Teresa entró como aprendiza en la fábrica de tejidos donde sus padres cosían y cosían prendas de vestir de diseño industrial, sin necesidad de dar impulso con las piernas imposibles de Elías y la pasión que Teresa imprimía a los recios trajes de pana rayada dejados en Larroya, en el pajar que fue su hogar, junto a la Puentecilla por donde se sumergían los barros rojizos con la arcilla que las rambladas arrastraban.
            Los buenos años antes de la caída de las fábricas textiles de la depresión ofrecieron puestos de trabajo a los dos hermanos al poco de cumplir cada quien los catorce. Primero entró a trabajar Victor, el mayor, en las mismas máquinas sobre las que cosía su padre. Al cabo de dos años Pedro, que siempre presentó en la escuela mejores trazas que su hermano para eso de las letras. Ocupó un puesto en la oficina por donde arrastraba su cojera.
            Víctor seguía trazando rayas sobre la misma mesa desde la que iba alimentando las telas para confeccionar los trajes en serie, monigotes punzados, diseños que no pasaron sin interés por quienes querían situar la fábrica en lugares punteros de la industria costurera.
            Ya en el departamento de diseño aprendió de los más veteranos y ofreció con prudente humildad aquellas figuraciones que su imaginación trazaba.
            Fue al cumplir los veinte cuando se decidió a acudir a una clínica para que le corrigieran las malformaciones óseas que aquejaban a los dos hermanos, cada día más dolorosas en su maltrecho cuerpo.           
            Más de alguna lágrima amarga le resbaló con dolor por sus mejillas. Al cabo de seis meses ya se tenía en pie y comenzaba a andar y al poco comenzó a dar paseos por las calles del barrio gótico. 


            Por mor de andar y andar se empapó de los saberes de las piedras de la catedral, cuando hablaba con los picapedreros instalados en los bajos de la Sagrada Familia y con el loco cuerdo que habitaba entre los difíciles equilibrios de los chapiteles que él mismo esculpía. Por aquellos lugares comenzó con las muestras modernistas del paseo de Gracia. Fue cuando comenzó a imaginar las telas con los motivos de los cuadros admirados de los colores picassianos y los desmayados objetos del astifino bigotes figuerense, de las figuraciones de Tapies y del joven Mariscal, y cuando se puso a leer tratados de arte que concretaba en las piezas de la industria del tejido.
            Al poco, aún con bastones, le dio por recorrer Montjuich desde la misma base de las Atarazanas, desde el cementerio que mira al mar y pensó la historia reciente entre los muros de la fortaleza slpicada en sangre.
            Los domingos ascendía andando hasta el Tibidabo y desde allí, mientras miraba la ciudad a sus pies, soñaba los silencios entretejidos de telas soleadas.
            Eligió Menorca, y casi sin proponérselo, comenzó la aventura que llevó a Teresa y Pedro rehabilitado con una ligera cojera que le quedará de por vida.
            Con los ahorros temporeros en lo que fue cueva albergadora de faluchos menorquines, invertidos luego en almacenes ya con venta directa y tiendas abiertas en Ciudadela, Mahón y la cala de Fornells, además de los envíos a las franquicias montadas en Palma y en el enclave de la vila vieja de Ibiza, decidieron dar el salto e instalarse ya etiquetados como Victorio and Pietro en Barcelona.
            Habían pasado los años y los eventos olímpicos y la exposición universal hispalense se acercaba. Consiguieron entrar en los circuitos comerciales, inauguraron colecciones sobre pasarelas con modelos que lucían exclusivos vestidos. Tiendas en Italia acogieron sus modelos y los premios les llegaron desde los comercios parisinos.
            Sevilla fue un atractivo desafío para la imaginación de Víctor dos años antes de este mismo día en que circula cruzando el Guadalquivir protegido por Triana y la Maestranza. Había llegado hasta la tierra de María Santísima atravesando los campos de Jaén, se había detenido antes sobre la alcazaba natural que supone el peñasco de Cazorla, admiró desde aquel minarete el vasto traje de faralaes que visten las faldas de las blanquecinas lomas jienenses cubiertas por las notas verdes de sus olivos. Por Baeza y sus viejas casas y palacios en su canto a la belleza fue atrapado mientras se ponía el sol tras la sierra de Mágina y la salida, sobre Antequera, hacía resaltar aún más la peña de los Enamorados.
 Atrapó, entre sus ojos de mirar suave, los colores que luego fueron traspasados por la punzada que le causó el dolor popular en la exaltación de la saeta expresada por el canto roto de un gitano, mientras cruzaba el Cachorro el puente de Triana en un viernes santo sangrado por el sol poniente.
            Con aquella visión irisada soñó que iba a ganar el concurso para diseñar y producir en su industria la vestimenta de cuantos empleados, en sus diversos trabajos, ocuparían por unos meses la atención mundial.
            El trabajo farbril se convirtió en fiebre de producción sin paro. Cumplieron los plazos del trabajo. La empresa Victorio and Pietro había alcanzado su punto álgido, la universal exposición se inauguraba y esta mañana soñada de un octubre histórico Víctor recuerda el cuévano trenzado con mimbres en donde su hermana Teresa lo llevaba junto a Pedro a la escuela, allá en su Larroya arcillosa, mientras se desliza en la burbuja aséptica volando hacia la Cartuja.

   Corre, corre Victorcico que te gana Pedrico.

           
           
           
           
           
           

martes, 29 de mayo de 2018

Alfambra-Larroya. El tió Cleto.





foto archivo.





    El tió Cleto tenía la era justo debajo de Las Chozas, las cuevas donde jugábamos, excavadas en los escarpes de las laderas de arcilla, por donde caminábamos a cuatro patas entre resbalones y sangrado de rodillas, por lo de las piedras y los afilados cuarzos enterrados en ellas.
         El tió Cleto con su dale y venga de todos los días había conseguido abancalar primero y aplanar poco a poco aquella ladera y allí, arrastrando piedras traídas desde El Rebollar, sujetar una barbacana en donde levantó las paredes de un pajar que aún no había conseguido tejear cuando se lo llevaron a la cárcel.
     Ni siquiera abandonó el pueblo cuando los bombardeos de enero y de febrero del treintaiocho. Se metía con mulos y todo en estas mismas cuevas donde nosotros jugábamos en nuestra niñez de aprendices. Cuando las pavas alemanas se perdían con sus bombas por la masada Blanca y más allá, seguía dándole al pico y a la pala por aplanar aquellas arcillas. Y guardaba sus lágrimas secas llenas de rabia cuando los corrales y las casas abandonadas por sus dueños en la evacuación saltaban hechas pedazos, desventradas por los obuses lanzados desde las panzas de aquellas pavas anunciadas con el toque de campanas desde la iglesia.
  Al tió Cleto lo metieron en la cárcel en la Pascua de aquel abril del treintainueve como metieron a unos cuantos más. En el otoño de un par de años antes, cuando llegaron los de la FAI aquí a Larroya y se llevaron por delante a una docena entre hombres y mujeres, el tió Cleto, quieras que no, entró en la Colectividad. Qué más le daba a él trabajar de sol a sol, o de luna a luna, y entregar el centeno o las remolachas a la Colectividad si luego lo repartían y hasta le tocaba algo en el escaseo de todos los días.
      La media docena de las gentes que más tenían, que más tierra podían labrar, se habían ido con sus mulos y con sus ovejas hasta el otro río, detrás de Palomera, por los donde los alzados contra el gobierno se habían hecho fuertes. Aquí en Larroya se quedaron quienes no tenían más que sus manos, a lo sumo un par de machos, que ya era tener, y algún pegujal lejano roturado en el monte. Daba igual trabajar para unos que para otros y hasta compartir del reparto amortiguaba el dolor de los desastres diarios de aquella guerra llena de destrucción y muerte.
         Al tió Cleto no le gustó nada lo que ocurrió aquel otoño del treinta y seis cuando entraron a las bravas los milicianos de la FAI. Ya los pudientes habían cruzado por Santa Eulalia y Aguatón al otro lado, ya aquí no quedaban más que las familias que andaban esperando algún jornal como pastores o como agosteros en el verano, o como criados sin sueldo en las casas de los terratenientes. No le gustó nada que aquel Juan el loco, enseñase el pistolón colgado en su cinto y amenazase a quienes remilgaban con lo de la Colectividad.
No le gustó nada que humillasen a sus conocidos de siempre con cinco o seis hijos aún mocosos porque no llegaban a las puertas de la casa ocupada de Don Marcial, por la mañana temprano, para recibir las órdenes de un Juan el loco, que había salido de una imprenta valenciana y no sabía ni de rosadas mañaneras, ni de sembrados, ni de labranza ni de riegos a sus horas.
         No le gustó nada cuando se enteró que Juan el loco, el jefe de aquella columna de milicianos decidiera quién iba a morir y quién se quedaba vivo. Habían escrito una lista de un par de docenas de gentes. Que si no habían colaborado en la quema de los santos de la iglesia, que si trabajaban para los ricos por cuatro sacos de trigo,  que si no acudían prestos cuando les requería la Comunidad, que si ampararon al Cura tralará.
         Una lista de dos docenas, que corría de boca en boca que conocía el tió Cleto y que dejaba llegar hasta los interesados. Para que se escaparan con sus familias, para que no fueran por aquí o por allá,  para que salvaran su vida sin más.
    Y cayeron doce, entre hombres y mujeres, y los dejaron abandonados en los barrancos de la Serna, en el Rubial y en la Vuelta de los Olmos. Y él mismo tuvo que recoger el cuerpo de algún pariente y compartir después el trabajo, las patatas, el trigo y las remolachas con los hijos, aún mocosos, de quienes sin tener dónde caerse muertos caían bien muertos y fusilados para siempre.
         Luego, después de aquel otoño de tanto dolor y tanta muerte se sometieron a la Colectividad y casi al pronto comenzaron los conflictos, con el reparto de tierras nunca propias para el trabajo y los trigos depositados en la fábrica de harinas, o los sacos almacenados en los comercios o los ganados de ovejas y corderos del Sindicato de la carne.
       Y el tió Cleto y muchos más se sumieron en un silencio turbio en el que nadie tenía casi nada y todos cargaban con la mezquindad de una guerra.
Y entraron unos y otros en Larroya, y bombardearon los de un lado y los de otro, y los evacuaron de aquí para allá en una desbandada sin sentido llena de llantos y de miserias por los caminos helados, y el hambre, y la muerte, y la muerte. Y ya en febrero del treintaiocho, cuando los soldados que aún quedaban de aquellas divisiones mixtas, emprendieron la desbandada y dejaron a las gentes asustadas y a su abandono apareció entre la niebla la anunciada caballería y los moros de Yagüe, con su derecho al saqueo de lo poco que quedaba en las casas abandonadas y el perseguido derecho de pernada sobre las mozas codiciadas.
Y el tió Cleto, y otros como él, con su boina agujereada, su camisa rayada, su faja, sus pantalones remendados y sus albarcas arrastradas volvieron a lo de siempre, esperando lo que vendría sin saber cómo viniera.
Y llegó, claro que llegó, el día en que se lo llevaron a la cárcel. A otros de su misma quinta se  los habían llevado unos meses antes a la de san Miguel, allá en Valencia, y a él a la de aquí cerca, a la de Teruel. Sin más ni más. Medio año entre las paredes enrejadas, junto a la iglesia de los franciscanos.
Cada quince días una visita de lejos y entre voces de su mujer. Un pedazo de pan y una miaja de tortilla. Y sin saber de qué le acusan a uno. Y las ropas más deshechas, y trabajar haciendo cestos de mimbre sin saber para quién ni por un céntimo, y el hambre de todos los días, y más gente y más gente en la cárcel. Y un día traslado al campo de concentración de san Juan de Mozarrifar, y un juicio con otros cincuenta y tres en el mismo saco, y acusaciones de pertenecer a no sé qué sindicato, y apoyo al Comité revolucionario de Larroya, y montar guardias los primeros días de la guerra, y denuncia del cura que luego se encargó de desaparecer para siempre al alcalde republicano, y tener la lista de los doce que se llevaron por delante aquellos desatados de la Fai. Y treinta años por adhesión a la rebelión. Justo la justicia al revés.
Y el tió Cleto sabía que nada de aquello era verdad. Y se tragó sus años en Torrero, allá en Zaragoza, apretujado con tanto preso y tanto preso que entraba y salía, muchos para no volver. Y se acogió a aquella trampa de la redención de penas. Y por cada dos días de picapedrero en Belchite y luego en El Dueso consiguió dormir en su casa controlado por la Junta de vigilancia local, que vaya si le vigilaba.
Él volvió hasta Larroya. Y se encontró con que su mujer, la Campanera y su hijo, nacido justo el 15 de abril del treintaiuno, cuando proclamaron la República en Larroya, habían echado ya el tejado y habían cultivado los pegujales del secano y, a carga en los mulos  con samugas, llevado el centeno hasta la era. Y se dio cuenta de que su mujer y su hijo, a quien había puesto por nombre Humanitario aquellos días de la República, eran tan caínes como él en el trabajo.
“Es un Caín trabajando” decía su vecino Nicolás  cuando pasaba delante de su casa. Y se lo decía a los nietos que le hacían rabiar quitándole el garrote que mantenía en sus manos, protegido por la sombra del porche del corral.
Claro que era un Caín trabajando. Lo sabíamos muy bien quienes le mirábamos desde la boca de las Chozas, encima de su era, cuando daba vueltas y vueltas a la parva, cuando supimos que desde que volvió de la cárcel no hizo más que trabajar y trabajar. De sol a sol y de luna a luna. Ya no habló más que con su familia y poco. Sólo un “alante” con quien se cruzaba cuando por la calle, de madrugada, se iba al tajo. Ya no hubo ni un día de fiesta ni para él ni para Humanitario. Labraban uno y otro roturando el monte hasta que reventaban a los mulos y hasta se vio alguna vez a Humanitario tirar delante del aladro. Y fue trayendo los mejores trigos rubiones. Y entrecavó las mejores remolachas de la vega. Y se encerró en el trabajo y en el trabajo. Y en los veranos lo reclamaban para que fuera el puntero de los peones segadores después de que él ya había hecho su campaña con la hoz en la mano por tierras de Murcia y Albacete, hasta que por la serranía de Cuenca llegaba hasta Molina y cruzaba luego el Jiloca para llegar de nuevo a Larroya. Allí le esperaban quienes habían vuelto de nuevo, quienes evacuaron su casa cuando la guerra. Y se dejaba los riñones de tanto doblarse amorrao entre los trigos. Y luego siega tus salobrales y lleva el trigo a la era y trilla y aventa, y como eres un Caín trabajando échame una mano en el aventeo.
Y por allí pasaba, por delante de la casa del tió Cachaza, su vecino Nicolás, el que fue a San Miguel de los Reyes y volvió luego como él. Y era entonces cuando nos enterábamos de las mentiras y más mentiras, de las denuncias de los Guillomos, de los correveidiles de siempre quienes, también sin tener donde caerse muertos, firmaban lo que les decían que tenían que firmar.
El tio Cleto se inundó de silencio para siempre y ni siquiera le contestaba al cura presumido requeté que llegó por aquellos años, el mismo que soflamaba en la iglesia y contaba cuántos iban a misa los domingos y quiénes pecaban porque labraban y labraban y dedicaban sus días al diablo. El cura requeté recogía casa por casa la primicia que decía que le correspondía a la iglesia y arrastraba a las gentes a comulgar por Pascua florida como decía y predicaba.
Y fue el tio Cleto quien a las rasas le dijo, cuando le echó en cara tantas veces que no cumplía con la Iglesia,  que hasta aquí, que su misa y su olla para él, que el pan lo compartía con sus gentes y su trabajo, que las hostias a su tiempo, que las procesiones por las sendas de las ovejas, que los lujos en las albarcas, que los requetés ya le habían dado suficientes cristazos, que no denunció a nadie, que salvó a más de uno, que el infierno ya lo había pasado, que se dejara de terrores y castigos divinos, y de guerras de romanos y cartagineses,  de rosarios y de vísperas, que se fuera con él al tajo todos los días, que compartiera sus alforjas, que luego hablara y que en su hambre mandaba él.
 Que no condujo a nadie al paredón y usté sí. 
El único de Larroya que se las tuvo bien tiesas. Y el requeté se la envainó.

Lo fuimos sabiendo poco a poco años después cuando el tió Nicolás, el Cachaza, ya sordo, nos decía algunas palabras después de que pasara el tió Cleto con su carro cargado con el mejor trigo rubión traído de las roturas del monte.
          Cuando nos hablaba de quien era el más trabajador del mundo, quien le salvó del tiro cuando aquella madrugada del terror de la FAI lo condujo escondido en un serón tapado con fiemo hasta la masada Baja, al otro lado de Palomera.
“Tió Cleto” le gritábamos desde la boca de las Chozas. Y él se quitaba el sombrero y lo levantaba como saludo y seguía y seguía dando vueltas a la parva sentado sobre el trillo.
(Recreación literaria de Clemente Alonso Crespo).
foto archivo.
   
Expediente procesal. AHPZ.

Expediente procesal. AHPZ.

Expediente procesal. AHPZ.

Expediente procesal. AHPZ.

Expediente procesal. AHPZ.



viernes, 5 de mayo de 2017

Relatos de la gente humilde. Jacinto.








         Llegó a El Alcamín por el camino de la piedra picada. Sin fuelle. Jadeante.
         Se sentó encima de un poyo de la orilla. Miró el lugar por encima de los chopos junto a la riera del río. Aún la primavera se hacía tardana. Los vilanos no caían sobre el camino. Cruzó el cauce por el puente de tablas. Siguió sofocado parejo a las aguas. Junto al azud enderezó por la senda hasta llegar al corral Repoyo. No se cruzó con nadie. Luego, ya, a dos pasos, abrió la puerta del corral de su casa. Se alborotó la media docena de gallinas y al punto apareció su mujer.
         Paula lo recibió con un abrazo sin habla. Jacinto quiso apurar el encuentro y sus brazos sin fuerza confirmaron la derrota.
         Cinco años antes se le acabó el mundo. Fue cuando en marzo del año de mil novecientos treinta y nueve, el que dieron en llamar en los papeles tercer año triunfal, el consejo general de guerra número uno de Zaragoza lo condenaba a la pena de “treinta años de reclusión mayor con las accesorias de inhabilitación absoluta e interdicción civil durante el periodo de condena como autor de un delito de adhesión a la rebelión con la concurrencia de la agravante de daño causado a particulares y la atenuante de nula peligrosidad compensadas mutuamente.”
         Durante aquellos cinco años que le llevaron de un penal a otro hasta acabar en el destacamento penitenciario de Orallo, en la provincia de León, Jacinto sufrió un día y otro su nula peligrosidad, su separación familiar, su trabajo forzado disfrazado de rehabilitación, su enfermedad agravada en las galerías de la mina de carbón que le atrapó en la silicosis, su derrota física y personal.
         Así llegó hasta el llanto mientras, sin fuerzas, abrazaba a su mujer después de aquellos cinco años.
         Le habían concedido la libertad provisional por resarcir penas a través del trabajo en la mina de un propietario usurero en uno de los angostos valles del Bierzo leonés. Algunos de sus compañeros penados no pudieron regresar junto a sus gentes porque se quedaron atrapados dentro de las galerías por las voladuras y la asfixia del polvo silicótico.  Él, al menos, había conseguido volver a su pueblo después de aquella licencia otorgada por el caudillo vencedor a quienes antes condenó y ahora ya no podía ni siquiera mantener, porque las cárceles y los lugares de expiación por el trabajo los tenía llenos. Además Jacinto ya no era productivo. Ni siquiera podía con el pico que rebotaba en las oscuras galerías hurgando en el carbón.
         Jacinto no había bajado a una mina hasta que no llegó a Orallo.  Durante diez años ejerció como secretario del Ayuntamiento de Cuevas Labradas, un lugar situado a unos veinte quilómetros río debajo de El Alcamín. En aquellos diez años habían nacido sus cuatro hijos y aunque el magro sueldo de chupatintas no le daba para muchas alegrías mal que bien Paula y él podían alimentarlos.
         Cueva Labradas queda a unos quince quilómetros al norte de Teruel y, aunque en la capital se proclamó el estado de guerra y la sublevación frente al gobierno legitimado de la República, sus gentes esperaron a verlas venir sin saber muy bien por dónde iban a recibir los tiros. Un mes más tarde, ya a mediados de agosto una columna anarquista se estableció en el pueblo.
         Jacinto fue confirmado como Secretario de la misma forma que lo había sido cuando en mil novecientos treinta y uno se proclamó la República. El Comité revolucionario le hizo seguir en el mismo puesto que había ocupado hasta entonces. La misma columna que había dejado algunos muertos junto a los corrales y parideras de Cedrillas y Corbalán aceptó a los civiles dispuestos a no consentir los crímenes parejos de los que se hablaba ocurrían en Teruel y en la sierra de El Pobo. Consiguió el Comité que ni siquiera la gente de la milicia mandada por quien llamaban el capitán Castillo se llevara por delante a quien había ejercido de cacique en años anteriores. A aquel Molinero le ocuparon su casa y le dejaron una habitación para su uso. Le dijeron que no intentara escapar y abandonar el pueblo. Intentó huir una noche y no le valió. Escondido entre los ribazos protectores de una acequia lo atraparon y allí mismo se quedó abatido por los disparos de los columnistas.
         La guerra fue dura en estos lugares. La población civil quedó angustiada en pleno frente de batalla. Jacinto siguió como Secretario del pueblo mientras el lugar se convertía en un tráfago de gentes que iban de un sitio a otro, de improvisadas ambulancias que traían a los heridos por la metralla en el hospital de sangre que se estableció en el pueblo. Los lugareños siguieron trabajando los estrechos bancales y cuidando algunas ovejas además de los animales de corral aunque no podían ni mantener la avalancha de soldados en su trajín de un lado a otro. Su vida de siempre se perdió en la angustia de la guerra, de los muertos, de la ignorancia desesperada por saber por dónde andarían los jóvenes reclutados en las quintas.
    Fue al comienzo de mil novecientos treinta y ocho cuando comenzaron a sentir los bombardeos de las pavas alemanas que sembraban el terror y luego repasaban los aviones más ligeros con sus ametrallamientos. De poco valían los refugios entre las cuevas excavadas entre la piedra caliza protectora o los túneles cercanos que dejó la vía nonata que se trazó hasta Alcañiz.
         Una mañana de espesa niebla de aquel enero del treinta y ocho, una de las casas cercana a la vivienda que ocupaban Jacinto y su familia reventó por una explosión. Su hija mayor se quedó sin un trozo de pierna y su más pequeño, casi de tres años entre las piedras que lo habían sepultado. Un mes después los soldados republicanos abandonaron el pueblo en desbandada ante la llegada de los regulares de Yagüe. Los mercenarios rifeños tenían licencia para arramblar con los pocos bienes que encontraran y aun perseguir a las mozas lugareñas.
         Jacinto y su familia se quedaron entre aquellos escombros porque no tenían otro sitio adonde ir. Su bonhomía de siempre siguió con él cuando ya las carencias y el hambre se comían a todos. A él le atrapó una venganza sin causa.
         El nueve de marzo de aquel tercer año triunfal, según decían los papeles, sin esperar siquiera a que el caudillo vencedor decretara aquel “cautivo y desarmado el ejército rojo” tuvo que apechugar con que el juzgado establecido en Mora de Rubielos ratificara un proceso que se iba a celebrar en Zaragoza.
         Allí el fiscal militar de turno pidió se le aplicase la pena de muerte. El también militar defensor renunció a su defensa. Así, sin más.
Aun cuando el tribunal señalaba en la sentencia que había quedado probado que el tal Jacinto era individuo de buena conducta y se caracterizaba por su independencia e imparcialidad, que no se llevaba mal con el terrateniente Molinero, que cuando fue ocupado el pueblo por las fuerzas marxistas se le nombró secretario del comité revolucionario, que al parecer cuando fusilaron al susodicho Molinero el Jacinto no participó en el hecho, que por lo tanto el hecho era considerado como rebeldía completa y absoluta identificación espiritual con sus principios inspiradores, aunque no tenía relevancia su actuación durante la dominación marxista, por lo tanto se compensaba la pena de muerte con la condena a treinta años de reclusión mayor e inhabilitación para cualquier cargo.
Jacinto ni siquiera oyó aquel sonsonete de la prosa condenatoria. De allí a San Juan de Mozarrifar y luego en un tren borreguero con trasbordos de aquí para allá, hasta que dio con sus huesos en el penal de Orallo. Y un día y otro bajando a la mina, y cada vez con más sin fuelle en los pulmones, hasta que la silicosis le asfixió y en el año cuarenta y cuatro le declaran la libertad provisional y le dan cuatro perras como salario por quien llenaba sus harcas con el trabajo de los prisioneros esclavos.
Llegó ahogado a la casa en donde se habían refugiado Paula y sus hijos, aquí en El Alcamín. Dos cuartos tabicados en lo que fue pajar junto a la era ahora convertida en corral. Sin fuerzas para ningún trabajo, sin ni siquiera poder ir detrás de la burra con que su hijo mayor, que ya había dejado la escuela, trajinaba entre los barrancos abancalados y la recogida de los boñigos desperdigados con que abonada un huerto encosterado.
Y a los pocos días de llegar una pareja de la guardia civil llegó cansina desde Larroya por el camino de la vega y le hizo firmar unos papeles Que tenía que hacer una declaración de los bienes que tenía porque se le había abierto un nuevo juicio para incautarle los bienes.
         ¿Qué bienes, ni qué bienes? Se decía cuando el alcalde, el jefe de falange, la propia guardia civil y aún el cura mosén Servando escribieron que no tenía ninguno.
         Y entonces la Paula y otros familiares comenzaron a rumiar que por su culpa les venían todos los males, que no tenía que haber sido como fue, que había que estar a verlas caer, que ahora les quitarían a sus parientes los pocos bienes que tenían, que los cuatro pegujales y el arreñal de un pariente que resultó ser más tozudo que la yegua de el Pepo se los llevaría por delante el mejor postor, que tanto cuento y tanto cuento, que se levantase de la cama todos los días, que el aire en El Alcamín era sano, que se dejase de hacer el dengue y que además de ir a espigar los cañotes del trigo que quedaban después de la siega en los bancales y que le echase huevos al asunto, que coger camarrojas y girasoles ralos para hervirlos o buscar caracoles lo hacía cualquiera. Que ya estaba bien y que menos cuento.
Y Don Prudencio, el practicante, que no podía hacer nada por él, que no había inyecciones que curasen aquella silicosis, que era verdad que no podía con su alma, que la vida era como era y que lo que no tiene remedio no lo tiene y sanseacabó.
El sanseacabó le llegó a Jacinto al inicio de la primavera cuatro años después. La noche final de mayo cayó una rosada de las que aquí te espero y la mañana del primero de mayo heló las flores que habían aparecido en los manzanos reinetos de las lindes de los bancales. Las nogueras del barranco de las Suertes dieron con el moco de su flor quemado por el frío.
Jacinto, por no hacer mudanza, siguió el mismo camino de los perales, manzanos y nogales arrasados. Con su silencio de siempre. Ni un suspiro.