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martes, 20 de octubre de 2020

"El Cabezas". Un pistolero en la guerra civil. Tierras de Teruel.

 

 

 

 


Terror. foto cac.






                                Original en Archivo histórico de Teruel.





     El día 1 de mayo de 1939, el comandante de puesto accidental de Perales, en la provincia de Teruel, guardia civil Raimundo Tierno Tierno, remitía un escrito de su propia mano dirigido al Gobernador civil de Teruel en el que al Excmo. Sr. le decía

         “Noticioso el que suscribe de que merodeaba entre estos montes de Lidón y Visiedo el Jefecillo rojo (a) Cabezas, que durante la dominación marxista fue asombro de terror de los elementos de derechas por sus crímenes, escarnios y mofa hacia estos, a las 18 horas del día 29 y acompañado del Guardia de igual clase Manuel Soriano Olloquiegui, me trasladé al pueblo de Visiedo donde en unión del Jefe local de Falange y varios números de esta se montó un servicio para su detención dando por resultado que a las 2 horas del día 30 y al reconocer la masía denominada Blanca del término municipal de Lidón, salió un hombre de uno de sus corrales, el cual se dio a la fuga, no pudiendo conseguir su intento debido al joven Julián Tierno, hijo del guardia Raimundo que a la distancia de unos 400 metros, pudo darle alcance no sin antes haberle hecho algunos disparos para intimidarle”.

         Salvador Hernández Burriel, conocido por el sobrenombre de “El Cabezas” tenía entonces treinta y dos años y, conducido a Teruel, un juicio sumarísimo lo condenaría a la pena muerte de 6 de mayo de 1939.

         Todavía hoy, casi ochenta años después, se recuerda el nombre de “El Cabezas” entre los descendientes de quienes le conocieron.

         “El Cabezas” fue un figura durante los años de la guerra civil y aún antes.

          El 20 de julio de 1936, “El Cabezas” llevaba tres años encerrado en el penal de Cartagena cumpliendo una condena por haber asesinado su cuñado.

         La verdad es que trató de endingarle el muerto a un tal Juan Blasco Rucio, a quien conoció un día en Teruel y lo engatusó con ofrecerle un trabajo por el que le pagaría mil pesetas. El tal Juan no era más que el ayudante de un chófer que transportaba remolachas en un camión desde Villel a Santa Eulalia del Campo. Le pagó el billete desde Teruel a Perales en el coche correo de aquel tiempo. Le dijo que el trabajo que tenía que hacer se lo explicaría cuando llegaran a su pueblo, Visiedo. Y hasta allí se dirigieron andando. Luego le dijo que tenían que llegar a Argente. Se echaron al cuerpo sus buenas copas de coñac y averiguaron que el cuñado de “El Cabezas”, Santiago Gómez Collados estaba en su casa después de haber llenado su cuerpo de un áspero morapio al que era acostumbrado. Hasta allí se fueron “El Cabezas” y su compinche a quien le había explicado que el trabajo consistía en disparar una pistola del 15 que “El Cabezas” le puso en la mano.

         Encontraron al cuñado tendido en la cama durmiendo la borrachera y Juan se echó para atrás. Le dijo que él no mataba a nadie dormido. “El Cabezas” agarró la pistola y disparó primero y luego se la dio a su testaferro mientras le decía que disparase o que allí caía él también muerto. Dejaron a Santiago en su sitio, cerraron la puerta de la casa y metieron la llave en la gatera.

         Cuando Juan exigió su paga “El Cabezas” le dijo que de momento le daba cincuenta pesetas, que más adelante ya cobraría lo que faltaba.

         Cuando se descubrió el asesinato, la guardia civil de Villafranca del Campo advirtió que el tal “Cabezas” había sido visto unos días antes por el pueblo. Y como ya sabían de algunas andanzas suyas le detuvieron en Teruel. Y “El cabezas” entonces denunció a Juan y Juan denunció a “El Cabezas”.

         Fue condenado a treinta años. Por eso se encontraba desde hacía tres en el penal de Cartagena cuando el 20 de julio de 1936 abrieron las puertas una cuadrilla de cenetistas y aprovechó “El Cabezas” para salir zumbando y, por Valencia, llegar hasta su pueblo donde se convirtió en enloquecido rey del cotarro revolucionario del verano y otoño de 1936 instaurado en el Campo Visiedo, el alto y bajo Alfambra y la Val de Jarque. El territorio donde “El Cabezas” conocía mejor que las liebres a las que tan aficionado cazador era.

         Cuando llegaron por estas tierras las columnas de Peire y Torres-Benedito se enroló sin más en ellas con su insensato arrojo temerario, sin control alguno, como correveidile alcahuete a su servicio, mientras uno y otros sembraban el terror entre las gentes con la destrucción de monumentos religiosos y llevándose por delante después de delaciones humillantes a unos cuantas personas tan rastrapajas y destripaterrones, en muchos casos, como él.

         Hasta que en noviembre de 1936 el gobierno republicano pudo encauzar la defensa del estado de derecho ante la sublevación franquista apoyada por la iglesia y el cacicazgo además del ejército y apoyo extranjero fascista. Se constituyeron entonces las brigadas mixtas y los exaltados de las columnas tuvieron que pensar primero en intentar ganar la guerra a que les condujeron los sublevados antes que instaurar una revolución. En estos lugares se constituyeron comités formados por gentes civiles que conocían la forma de vivir y de ganarse el pan de todos los días. Fueron ellos quienes pusieron, no sin dificultades muy diversas, algo de orden en aquellos meses que siguieron con el intento de colectividades campesinas mientras el frente de guerra se estabilizaba a lo largo de 1937.

         Mientras tanto “El Cabezas” se había convertido en el enlace de unas brigadas y otras. Su conocimiento del terreno le habilitó para aparecer siempre al frente de pelotones asentados en un mojón u otro, en una u otra cota, en los cuarteles generales enclavados en Visiedo, en Cedrillas o en Alfambra.  Aún hoy las reducidas personas que rondan los noventa años lo recuerdan con su desparpajo altanero y su vestimenta maltrecha siempre adornada con dos bombas de mano en el cinturón.

         Cuando en enero y febrero de 1938 las pavas alemanas dejaron caer su lluvia de bombas sobre este territorio y la población civil escapó como pudo hacia un lugar y otro, en una evacuación llena de sufrimiento entre la nieve helada de aquellos días, las brigadas republicanas se replegaron hacia la sierra de Gúdar y el Maestrazgo y la caballería agazapada en Rubielos de la Cérida no tuvo necesidad de cargar sobre enemigos ya inexistentes, sino que convirtió en paseo hacia Teruel entre la niebla helada, eso sí, de los llanos de Argente, Visiedo y el descanso en Alfambra, ya a tan sólo a treinta quilómetros de Teruel, destrozado el terreno, las casas y las gentes por tantos cañonazos de unos y de otros.

         Vete tú a saber dónde se refugió “El Cabezas” hasta que lo cazaron la madrugada del 1 de mayo de 1939 justo escondido en una paridera de Lidón, en el camino que siguió aquella caballería que encumbró como héroe franquista al coronel Monasterio.

         Aquel mismo día le dieron tal somanta de palos en el cuartel de Perales que se quedaron en nada con los que le sacudieron al siguiente ya en Teruel. Fue entonces cuando “EL Cabezas” se escagazó y cantó todo lo habido y por haber según dicen los documentos conservados referidos a su juicio sumarísimo de guerra.  Claro que el informe remarca bien que fue por propia voluntad del encausado. A “El Cabezas” entre unos y otros le debieron sacudir a base de bien. Porque cinco días más tarde de su detención firmó todo lo que le pusieron delante. El mismo 6 de mayo de 1939, en Teruel,  fue condenado a muerte.

         Aunque su firma no aparece en ninguno de los documentos que ahora guarda el Archivo del ejército se le acusó de asisinatos en Argente, de haber actuado como petardista en Bañón, Bueña, Singra, Monreal, Villafranca y otros lugares, de haber detenido a punta de fusil a una persona de Villalba Alta al que condujo hasta Perales donde fue fusilado, de acompañar a Pedro, a quien llamaban por el alias de Dios, natural de Fuentes Calientes, para que detuviera y luego fusilara a un vecino de Hinojosa de Jarque, de haber requisado granos y otros enseres en Camañas, de justificar que intercedió para que no fusilaran a siete personas en Alfambra y otra de Lidón, de conseguir que no se fusilara a tres de sus conocidos en el pueblo de Galve, que salvó también de que fueran ejecutados tres residentes en Visiedo, Argente y Bueña, de haber roto una denuncia efectuada por el secretario de Hinojosa contra otro de sus conocidos y que así le salvó la vida, que además, por su intervención fueron puestos en libertad en Valencia, la madre y hermanas de un tal Gregorio de Lidón, de que también por su intervención, fueron guardadas unas veinte colmenas del cura cuñado del zapatero de Escorihuela, de que se puso de acuerdo con el Sardinero de Santa Eulalia para que si el declarante salvaba la vida se pasaría a los nacionales con sesenta hombres, habiendo hecho antes en las filas rojas actos de sabotaje.

         Por todo esto que aparece relatado en su desbarajustado expediente en el Consejo de guerra celebrado en Teruel el seis de mayo de 1939 lo condenaba a muerte. Estuvo en la cárcel hasta el 9 de octubre del mismo año. Cuando ya estaba algo repuesto de las palizas que le habían sacudido llegó el “enterado” de quien había firmado el 1 de abril aquello de “cautivo y desarmado el ejército rojo” y según se dice textualmente “En Teruel a 9 de octubre de 1939, Año de la Victoria, se hace constar por medio de la presente que a las 6 horas del día de hoy ha sido ejecutada por fusilamiento la pena de MUERTE en la persona del reo Salvador Hernández Burriel, en el lugar denominado Tapia del cementerio de esta ciudad”.

     Tenía treinta y dos años.
 
 
Otoñada. foto cac.
                                       

Otoñada. foto cac.

 


viernes, 30 de noviembre de 2018

Antes de que te maten, que los dioses te vuelvan loca.


Entrada en capilla y al alba llegaron las tinieblas. Documento original en AJTZ.



Claro que conocía de qué pie cojeaban todos. Alguna perra gorda le pagaban de tanto en vez cuando le compraban un puñao de cacahuetes o de castañas asadas en los inviernos de hielo, allí en la esquina donde comenzaba la subida de El Tozal.
            Instalada sobre un pelote y un catre de plega, protegida del viento enfilado hacia la plaza de El Torico buscaba el sol de mediodía.
            Conocía a todos los turolenses propietarios de almacenes y comercio, a aquellos Asensio, Ferrán, Muñoz, Elipe, Pamplona y a aquel a quien lo tenía por mequetrefe de chaqueta volandera, vendedor de tabacos y cartuchos que quiso ser alcalde y lo consiguió con unos y con otros, cambiando de bando, y hasta perdiendo la camisa azul, aquel José Maicas que escribió los informes más canallas. Y también a los chupatintas de la apalancada burocracia del Ayuntamiento y la Diputación, y a los sirvientes y empleados criados para todo de aquellas casas de pequeños comerciantes acomodados, y a muchos de los labriegos y aun pastores que se llegaban muy de vez en cuando desde los pueblos de la ribera del Jiloca o del Alfambra y aun de Javalambre y Gúdar.
            Malcomía y sobrevivía y de cuando en cuando se le iba la labia lenguaraz. Por eso había que callarla desde el primer día y nada mejor que meter en la cárcel a su marido, el Arcadio, en cuanto los falangistas y los de acción ciudadana y el batallón de voluntarios y los guardias de asalto y la guardia civil y todas las gentes de orden sembraron de terror y de silencio la ciudad.
            Aguantó como pudo el otoño e invierno de 1936 y todo 1937. Conoció y sufrió las idas y venidas, las detenciones, los fusilamientos, las desapariciones de personas conocidas, y vio con sus propios ojos cómo los desfiles y las procesiones iban y venían por las calles radiales a la plaza de El Torico, por San Juan, por la calle Nueva, por San Francisco, por la plaza de la Catedral y del Seminario.
            Y en su rabia interna se alegró cuando fue evacuada hasta Valencia después de que las tropas leales al Gobierno de la República entraran en la ciudad turbetana hecha escombros y sembrada de muertos. Y en Valencia se dijo que ahora era la suya. Entró en el servicio de información y denunció a unos cuantos vecinos y conocidos suyos, enrabietada como estaba por todas las humillaciones y sufrimientos que le habían infligido a ella y a su familia a lo largo de aquel año y medio pasado.
            Cuando en marzo de 1939 fue detenida en un refugio de Valencia en el barrio de El Carmen y después debidamente interrogada, como dice y firma el pijaito teniente juez instructor Antonio Rodríguez Pineda, y maltratada, ultrajada, torturada y enloquecida, puesta en la calle porque ni en el hospital ni en la cárcel de Santa Clara podía valerse sola ni para hacer sus necesidades más íntimas, y aún así echada en un tren borreguero conducida a Zaragoza con sus cagaleras incontinentes a cuestas, juzgada y condenada a muerte y fusilada el 29 de mayo de 1943. 

Cuando te han reventado a golpes y te han vuelto loca firmas hasta las enrevesadas palabra sin sentido que el pijaito juez Antonio Rodríguez Pineda ha redactado porque sí:               "El Peras", obedecía a fuerzas misteriosas que él indicaba, que serían las únicas que se impodrían, tarde o temprano, por ser la gran comunidad de hermanos, sin que la declarante sepa explicar, como no sea decir, que arrancaban de fondos tenebrosos o misterios de jente que laboraba tinieblas.

            Documento original en  AJTZ.
           

lunes, 20 de noviembre de 2017

La sentencia estaba dictada.


Marcial Gil Vicente con alumnos.


              No es que las sentencias estuvieran dictadas de antemano, es que la Justicia se aplicaba al revés.
    En otras ocasiones he escrito aquí sobre el Maestro de Orrios, Marcial Gil Vicente.  Les remito estos enlaces.

http://clementealonsocrespo.blogspot.com.es/search/label/Marcial%20Gil%20Vicente.

http://clementealonsocrespo.blogspot.com.es/search/label/Marcial%20Gil%20Vicente

    Ochenta y dos personas de Orrios , en representación de sus respectivas familias, avalaron la conducta del Maestro y convecino Marcial Gil Vicente, según consta en su expediente judicial. 
   Tan sólo dos, el Alcalde y su cuñado el Maestro de Orrios, ambos falangistas testificaron en su contra. 
     El fiscal solicitó una pena de prisión de seis meses y un día. El Juez lo condenó a treinta años de prisión conmutados a veinte.
    La causa: "Adhesión a la rebelión" 
    Como en miles y miles de sentecias se apicó "la justicia al revés".

     Con todo es justo señalar que hubo personas en aquellos tiempos que conservaron la dignidad. 

José Lahoz Tolosa, a la derecha, voluntario del ejército sublevado. 
     Aquí les traigo el testimonio de José Lahoz Tolosa, voluntario en el ejército de los sublevados contra la República, que alcanzó el grado de Brigada durante la contienda, que perdió su brado derecho en acción de guerra, que después, con esfuerzo, se licenció en Derecho y se convirtió en ilustre abogado, sin aceptar ningún cargo político.
     Aquí les dejo su testimonio.

   




       Don José Lahoz Tolosa, Brigada de artillería y caballero mutilado de guerra, mayor de edad y vecino de la ciudad de Teruel
     CERTIFICO: Que conozco perfectamente a MARCIAL GIL VICENTE, de unos 52 años de edad y natural de Orrios de esta provincia, el cual siendo Maestro Nacional de Jalance (Valencia) venía a pasar las vacaciones de verano a su pueblo natal, alternando afablemente en conversaciones y trato con todos los vecinos de la localidad sin distinguir clases ni ideologías, no dedicándose a actividad política alguna, por lo que todo el pueblo le respetaba y estimaba. En los años 1933 y 1934, residiendo el que suscribe en Sueca, aquél ejercía su cargo profesional en esta ciudad y conservó en su vida privada su conducta honrada e intachable, sin que al infrascrito le conste nota alguna desfavorable en el aspecto social. En la pasada guerra de Liberación, aun a sabiendas de mi condición de voluntario del Ejército Nacional, trató con toda consideración a mi familia y a la de los demás combatientes nacionales, que estaban en dominio rojo tachados de “fascistas” y coadyuvó a la no implantación de la “colectividad” en Orrios. De Noviembre del 1941 a Marzo de 1942 que permaneció en éste, conversé con él varias veces y en sus manifestaciones y los actos que yo observé se apreciaba absoluta sumisión a acatamiento a nuestro nuevo régimen.
         Y para que conste en bien de la Justicia y a petición de parte interesada expido el presente en Teruel a diecinueve de octubre de mil novecientos cuarenta y dos.
                                       José Lahoz Tolosa.

Testimonio de José Lahoz Tolosa.


   Y aquí les dejo la sentencia. 
Sentencia contra Marcial Gil Vicente. 1

Sentencia contra Marcial Gil Vicente.2

lunes, 21 de noviembre de 2016

El tió Cleto.







    El tió Cleto tenía la era justo debajo de Las Chozas, las cuevas donde jugábamos, excavadas en los escarpes de las laderas de arcilla, por donde caminábamos a cuatro patas entre resbalones y sangrado de rodillas, por lo de las piedras y los afilados cuarzos enterrados en ellas.
         El tió Cleto con su dale y venga de todos los días había conseguido abancalar primero y aplanar poco a poco aquella ladera y allí, arrastrando piedras traídas desde El Rebollar, sujetar una barbacana en donde levantó las paredes de un pajar que aún no había conseguido tejear cuando se lo llevaron a la cárcel.
     Ni siquiera abandonó el pueblo cuando los bombardeos de enero y de febrero del treintaiocho. Se metía con mulos y todo en estas mismas cuevas donde nosotros jugábamos en nuestra niñez de aprendices. Cuando las pavas alemanas se perdían con sus bombas por la masada Blanca y más allá, seguía dándole al pico y a la pala por aplanar aquellas arcillas. Y guardaba sus lágrimas secas llenas de rabia cuando los corrales y las casas abandonadas por sus dueños en la evacuación saltaban hechas pedazos, desventradas por los obuses lanzados desde las panzas de aquellas pavas anunciadas con el toque de campanas desde la iglesia.
  Al tió Cleto lo metieron en la cárcel en la Pascua de aquel abril del treintainueve como metieron a unos cuantos más. En el otoño de un par de años antes, cuando llegaron los de la FAI aquí a Larroya y se llevaron por delante a una docena entre hombres y mujeres, el tió Cleto, quieras que no, entró en la Colectividad. Qué más le daba a él trabajar de sol a sol, o de luna a luna, y entregar el centeno o las remolachas a la Colectividad si luego lo repartían y hasta le tocaba algo en el escaseo de todos los días.
      La media docena de las gentes que más tenían, que más tierra podían labrar, se habían ido con sus mulos y con sus ovejas hasta el otro río, detrás de Palomera, por los donde los alzados contra el gobierno se habían hecho fuertes. Aquí en Larroya se quedaron quienes no tenían más que sus manos, a lo sumo un par de machos, que ya era tener, y algún pegujal lejano roturado en el monte. Daba igual trabajar para unos que para otros y hasta compartir del reparto amortiguaba el dolor de los desastres diarios de aquella guerra llena de destrucción y muerte.
         Al tió Cleto no le gustó nada lo que ocurrió aquel otoño del treinta y seis cuando entraron a las bravas los milicianos de la FAI. Ya los pudientes habían cruzado por Santa Eulalia y Aguatón al otro lado, ya aquí no quedaban más que las familias que andaban esperando algún jornal como pastores o como agosteros en el verano, o como criados sin sueldo en las casas de los terratenientes. No le gustó nada que aquel, Juan el loco, enseñase el pistolón colgado en su cinto y amenazase a quienes remilgaban con lo de la Colectividad.
No le gustó nada que humillasen a sus conocidos de siempre con cinco o seis hijos aún mocosos porque no llegaban a las puertas de la casa ocupada de Don Marcial, por la mañana temprano, para recibir las órdenes de un Juan, el loco, que había salido de una imprenta valenciana y no sabía ni de rosadas mañaneras, ni de sembrados, ni de labranza ni de riegos a sus horas.
         No le gustó nada cuando se enteró que Juan, el loco, el jefe de aquella columna de milicianos decidiera quién iba a morir y quién se quedaba vivo. Habían escrito una lista de un par de docenas de gentes. Que si no habían colaborado en la quema de los santos de la iglesia, que si trabajaban para los ricos por cuatro sacos de trigo,  que si no acudían prestos cuando les requería la Comunidad, que si ampararon al Cura tralará.
         Una lista de dos docenas, que corría de boca en boca que conocía el tió Cleto y que dejaba llegar hasta los interesados. Para que se escaparan con sus familias, para que no fueran por aquí o por allá,  para que salvaran su vida sin más.
    Y cayeron doce, entre hombres y mujeres, y los dejaron abandonados en los barrancos de la Serna, en el Rubial y en la Vuelta de los Olmos. Y él mismo tuvo que recoger el cuerpo de algún pariente y compartir después el trabajo, las patatas, el trigo y las remolachas con los hijos, aún mocosos, de quienes sin tener dónde caerse muertos caían bien muertos y fusilados para siempre.
         Luego, después de aquel otoño de tanto dolor y tanta muerte se sometieron a la Colectividad y casi al pronto comenzaron los conflictos, con el reparto de tierras nunca propias para el trabajo y los trigos depositados en la fábrica de harinas, o los sacos almacenados en los comercios o los ganados de ovejas y corderos del Sindicato de la carne.
       Y el tió Cleto y muchos más se sumieron en un silencio turbio en el que nadie tenía casi nada y todos cargaban con la mezquindad de una guerra.
Y entraron unos y otros en Larroya, y bombardearon los de un lado y los de otro, y los evacuaron de aquí para allá en una desbandada sin sentido llena de llantos y de miserias por los caminos helados y el hambre y la muerte y la muerte. Y ya en febrero del treintaiocho, cuando los soldados que aún quedaban de aquellas divisiones mixtas, emprendieron la desbandada y dejaron a las gentes asustadas y a su abandono apareció entre la niebla la anunciada caballería y los moros de Yagüe con su derecho al saqueo de lo poco que quedaba en las casas abandonadas y el perseguido terror de las mozas aún adolescentes.
Y el tió Cleto, y otros como él, con su boina agujereada, su camisa rayada, su faja, sus pantalones remendados y sus albarcas arrastradas volvieron a lo de siempre, esperando lo que vendría sin saber cómo viniera.
Y llegó, claro que llegó, el día en que se lo llevaron a la cárcel. A otros de su misma quinta se  los habían llevado unos meses antes a la de san Miguel, allá en Valencia, y a él a la de aquí cerca, a la de Teruel. Sin más ni más. Y a su hermano Laureano con él. Medio año entre las paredes enrejadas, junto a la iglesia de los franciscanos.
Cada quince días una visita de lejos y entre voces de su mujer. Un pedazo de pan y una miaja de tortilla. Y sin saber de qué le acusan a uno. Y las ropas más deshechas, y trabajar haciendo cestos de mimbre sin saber para quién ni por un céntimo, y el hambre de todos los días, y más gente y más gente en la cárcel. Y un día traslado al campo de concentración de san Juan de Mozarrifar, y un juicio con otros cincuenta y tres en el mismo saco, y acusaciones de pertenecer a no sé qué sindicato, y apoyo al Comité revolucionario de Larroya, y montar guardias los primeros días de la guerra, y denuncia del cura que luego se encargó de desaparecer para siempre al alcalde republicano, y tener la lista de los doce que se llevaron por delante aquellos desatados de la Fai. Y doce años y un día por apoyo a la rebelión.
Y el tió Cleto sabía que nada de aquello era verdad. Y se tragó casi tres años en Torrero, allá en Zaragoza, apretujado con tanto preso y tanto preso que entraba y salía, muchos para no volver.
Él volvió hasta Larroya. Y se encontró con que su mujer, la Campanera y su hijo, nacido justo el 15 de abril del treintaiuno, cuando proclamaron la República en Larroya, habían echado ya el tejado y habían cultivado los pegujales del secano y, a carga en los mulos  con samugas, llevado el centeno hasta la era. Y se dio cuenta de que su mujer y su hijo, a quien había puesto por nombre Humanitario aquellos días de la República, eran tan caínes como él en el trabajo.
“Es un Caín trabajando” decía su vecino Nicolás ya viejo cuando pasaba delante de su casa. Y se lo decía a los nietos que le hacían rabiar quitándole el garrote que mantenía en sus manos, protegido por la sombra del porche del corral.
Claro que era un Caín trabajando. Lo sabíamos muy bien quienes le mirábamos desde la boca de las Chozas, encima de su era, cuando daba vueltas y vueltas a la parva, cuando supimos que desde que volvió de la cárcel no hizo más que trabajar y trabajar. De sol a sol y de luna a luna. Ya no habló más que con su familia y poco. Sólo un “alante” con quien se cruzaba cuando por la calle, de madrugada, se iba al tajo. Ya no hubo ni un día de fiesta ni para él ni para Humanitario. Labraban uno y otro roturando el monte hasta que reventaban a los mulos y hasta se vio alguna vez a Humanitario tirar delante del aladro. Y fue trayendo los mejores trigos rubiones. Y entrecavó las mejores remolachas de la vega. Y se encerró en el trabajo y en el trabajo. Y en los veranos lo reclamaban para que fuera el puntero de los peones segadores después de que él ya había hecho su campaña con la hoz en la mano por tierras de Murcia y Albacete, hasta que por la serranía de Cuenca llegaba hasta Molina y cruzaba luego el Jiloca para llegar de nuevo a Larroya. Allí le esperaban quienes habían vuelto de nuevo, quienes evacuaron su casa cuando la guerra. Y se dejaba los riñones de tanto doblarse amorrao entre los trigos. Y luego siega tus salobrales y lleva el trigo a la era y trilla y aventa, y como eres un Caín trabajando échame una mano en el aventeo.
Y por allí pasaba, por delante de la casa del tió Cachaza, su vecino Nicolás, el que fue a San Miguel de los Reyes y volvió luego como él. Y era entonces cuando nos enterábamos de las mentiras y más mentiras, de las denuncias de los Guillomos, de los correveidiles de siempre quienes, también sin tener donde caerse muertos, firmaban lo que les decían que tenían que firmar.
El tio Cleto se inundó de silencio para siempre y ni siquiera le contestaba al cura presumido requeté que llegó por aquellos años, el mismo que soflamaba en la iglesia y contaba cuántos iban a misa los domingos y quiénes pecaban porque labraban y labraban y dedicaban sus días al diablo. El cura requeté recogía casa por casa la primicia que decía que le correspondía a la iglesia y arrastraba a las gentes a comulgar por Pascua florida como decía y predicaba.
Y fue el tio Cleto quien a las rasas le dijo, cuando le echó en cara tantas veces que no cumplía con la Iglesia,  que hasta aquí, que su misa y su olla para él, que el pan lo compartía con sus gentes y su trabajo, que las hostias a su tiempo, que las procesiones por las sendas de las ovejas, que los lujos en las albarcas, que los requetés ya le habían dado suficientes cristazos, que no denunció a nadie, que salvó a más de uno, que el infierno ya lo había pasado, que se dejara de terrores y castigos divinos, y de guerras de romanos y cartagineses,  de rosarios y de vísperas, que se fuera con él al tajo todos los días, que compartiera sus alforjas, que luego hablara y que en su hambre mandaba él.
 Que no condujo a nadie al paredón y usté sí. 
El único de Larroya que se las tuvo bien tiesas. Y el requeté se la envainó.

Lo fuimos sabiendo poco a poco años después cuando el tió Nicolás, ya sordo, nos decía algunas palabras después de que pasara el tió Cleto con su carro cargado con el mejor trigo rubión traído de las roturas del monte.
          Cuando nos hablaba de quien era el más trabajador del mundo, quien le salvó del tiro cuando aquella madrugada del terror de la FAI lo condujo escondido en un serón tapado con fiemo hasta la masada Baja, al otro lado de Palomera.
“Tió Cleto” le gritábamos desde la boca de las Chozas. Y él se quitaba el sombrero y lo levantaba como saludo y seguía y seguía dando vueltas a la parva sentado sobre el trillo.