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sábado, 11 de septiembre de 2021

Siempre me quedará Juan Rulfo.

 

 

 


                            Con Rulfo, sentados en el poyo.



Juan Rulfo
Juan Rulfo nunca dice nada. Sólo escucha. Sus silencios me hablan. De cuando en cuando dialogamos. Sin palabras. En ocasiones le escribo. La otra tarde, sentados en el poyo, le dije
       
 Hace poco tiempo que un hijo suyo se llegó hasta aquí. Subió por el camino de las Suertes y luego torció por debajo del brazal de la acequia del Cubo. Yo ni sabía quién era. De su padre sólo me queda un aire de la cara, un cuerpo sostenido por dos piernas zambas, como cojitranco. El día de la explosión le vi venir por la cuesta del horno. Ya era mediado julio. Ya la escuela estaba cerrada. Andábamos dándole a la pelota, en el trinquete, metiendo el relleno con las vetas del cáñamo, bien áspero, sentados debajo del buzón de las cartas.
 Venía metido en el rebozo de una manta a cuadros y con la gorra calada. Con toda la chicharrina. Nos echamos a reír cuando le vimos la facha.
Arremetió de un tirón las escaleras que nos llevaban hasta la escuela, por donde la casa de Tremedal, y ya se metió en la suya, umbría hasta en verano.
Se corrió la noticia por todo el pueblo. Con la aguareda de la mañana andaba Chichorro a la busca de vaquetas enriscadas en los tomaros. Chichorro le pegaba a todo en lo de la busca. No se enganchaba al entrecaveo ni se metía en ninguna cuadrilla de segadores cuando el abatir de los trigos. Por tener no tenía más que un arreñal junto a la fuente de Val de Peral. Recogía un hilo de agua desde la poza del abrevadero y luego, de a pocos, regaba algunas matas de judías. Andaba siempre por allí. Que si ponía lazos para cuando entraban las liebres, que si hilando cuerdas por si picaba la perdiz, que si a la espera del tajubo entre los panizos, que si a preparar la trampa para la caza de los topos. Por El Alcamín se decía que a Chichorro le gustaba poco el trabajo.
         Pensé en esto y en lo otro cuando el mozo canijo se sentó en las escaleras que dan entrada a mi casa. Aquí mismo, Rulfo, cerca de ese poyo que tú ocupas. No lo había visto nunca y me dijo que había venido a El Alcamín por traerle una lápida a su padre, metido ya en uno de esos nichos cuando el recinto de tierra se acabó.
Cómo voy a saber quién es si ni siquiera vino con nosotros a la escuela. Debió nacer un par de años después del día en que su padre apareció por la cuesta del horno. Se metió en su casa luego de subir por las piedras de la barbacana y ya se acabó. Luego vinieron las dijendas de las mujeres en el carasol y en el lavadero.
Aún se puede ver el agujero de la explosión. Cerca de los pinos ralos de la siembra empeñada de los ingenieros, encima de la balsa del Tormagal. Chichorro se llegó hacia allí por enganchar una lazada a la entrada de un caño de conejo, debajo de las piedras que limitan el barranco. Subió hasta el Plano por regresar al pueblo en los límites de la torrentera y le dio por enganchar un cabo de cuerda a un mortero a medio enterrar. De aquellos con que nos sacudieron cuando la guerra.
 Llevaba un tiempo en que vendía a Pellejero los peines de balas que encontraba y los cartuchos abandonados por los cazadores. Por los restos del obús le hubieran dado un par de duros, que eran perras tal como estaban los tiempos. Menos mal que la cuerda trenzada con cáñamo era larga. Se había escondido al otro lado de la barranquera por miedo a la explosión. Aún queda un buen agujero, Rulfo. Chichorro terminó abajo, casi metido en la balsa ahora desecada. Los juncos de la orilla le salvaron. Medio atontao dicen que se quedó un buen rato. Fue después cuando apareció envuelto en la manta de cuadros, cuando le vimos llegar con los ojos sin sentido, sin hablarnos ni hablarnos.
Medio año como tontusco de aquí para allá. Se sentaba en el café de Felipe y miraba cómo los demás echaban los cuartos al guiñote. Volvía a su casa y con la Chichorra se quedaba sentado en la banca de piedra, junto a la herrería, al lado de la salida de las aguas del molino. Los dos consumidos como un par de olivas resequidas. Al poco Chichorro dejó el lugar.
No sé muy bien por qué su hijo apareció por aquí. Me extrañó que me preguntase por mi padre, por Mariano, por los Repoyos y hasta por los Novatos. Él no sabía nada de este pueblo pero su padre le debió hablar de El Alcamín. Aún le preparé un café. Vi como una chispa en sus ojos mientras miraba las tapias del cementerio. Bajó más tarde hasta la calle Mayor por el camino escalonado de Las Calzadas y se escabulló sin más.
Me quedé parado sobre el verdín herboso nacido entre las grietas calizas de la era de Terrer y, al poco, ya por la revuelta aguda subía un coche y se perdía por los llanos de la Cruz de Santana.
No volverá nunca más. Aquí no se le ha perdido nada. Ya le puso la lápida a su padre. Ya cumplió.
 
Desde este lugar le dije.

 





domingo, 1 de mayo de 2016

Aquí abajo, en el pudridero, ni golondrinas.







Fotografías original de Juan Rulfo.
  





Juan Rulfo, pronto llegarán las golondrinas. Cuando reviente la primavera. Se alegrará el campo. La abuela hablaba con ellas.

Claro que hablaba. Cómo no iba a hablar. Nuestra tierra cambiaba con ellas. Se terminaban los hielos, las fuentes echaban sus hilos de agua, luego chorros. Ya los trigos se encañaban. Se destripaban las femeras y sazonaban los huertos en el barranco de Las Suertes. En las tierras que nos dieron y en las que fuimos ganando a golpe de pico y pala, sobre las laderas de los cerros. Cómo no iba a hablar con ellas. Llegaban una y otra y otra. Con sus vuelos temblos, con sus cuerpos flechados. Entraban en la paridera, la que teníamos junto a la casa, la del nidal de las gallinas. Venían con sus gorjeos y se paraban en los gallones de las vigas. Iban y venían. Entraban y salían. Revoloteaban sobre mi cabeza. (Golondrina, golondrina). Se lanzaban, con la flecha de sus alas, sobre las lindes de la acequia del Regajo y arañaban el barro entre las garras de sus patas. Como un cuenco de barro bien trabajado. Una bola y otra de barro y ya estaba el nido. Muchas veces ocupaban el del año pasado. Me dieron ganas de agarrar alguna y ponerle cualquier señal, en las alas o en las patas, por ver si eran las mismas las que volvían. Silbaban y yo silbaba con ellas. Así una vez, y otra y otra, y nos entendíamos. Que ellas cuidaban de sus crías y yo de las mías. De mis hijos y luego de ti, cuando viniste aquí. ¿O ya no te acuerdas? Aquí mismo te enseñé a beberte los huevos recién puestos de las gallinas en el nidal. Tienes que acordarte. Un agujero pequeño en una punta y otro en la otra. Con la misma aguja de hacer media. La que me sujetaba el moño de mi pelo lacio, crinado un día y otro. Claro que te acuerdas, ya lo sé. Y de los mimbrazos que le sacudí a tu primo, el larroyano. Por atontao. Qué es eso de que tenía que escarzar los nidos de las golondrinas. Para qué. Si no son más que animales que se comen los mosquitos que atacaban los trigos. Y eso siempre con sus vuelos, siempre de aquí para allá, sin parar y sin parar. Y él que había que escarzarlos. Por el afán de hacer mal que siempre teníais los zagales. Y no se lo permití. Cuando estaba encaramado en la tarranclera que separa los cubiertos de las ovejas tempranas y las de rezago salí de la cocina y le sacudí con un mimbre. Buenas moraduras que se llevó. Un par de vergazos tan sólo. Luego, cuando volvía por aquí, se acordaba de la sacudida. Animalicos. Si no hacían mal a nadie. Hablaba con ellas también cuando salían los golondrinos. Y ellas me contestaban. Me decían de tus tíos. Iban y venían y yo les contaba, cuando la siega, que estaban en los Pelarchos. Y allá que echaban el vuelo. Me decían cuántos días les quedaban en el tajo. Y si les faltaban vencejos. Entonces me llegaba y sacaba a la yegua al corral. Por eso le puse a ella el nombre de Golondrina. Cómo no se iba a llamar así. Me miraba en el azabache profundo de sus ojos. Esos ojos nunca los puedo olvidar. Los tengo presentes aquí abajo todos los días. Me miro en ellos una y otra vez. Golondrina ni siquiera parpadeaba . Le decía los caminos que tenía que seguir, que te llevara bien y que no te cayeras. Y allá que subías tú. La arrimabas a la calzada del huerto, junto a la noguera del Regajo, para subir a su lomo, encima de la albarda y el serón. Y allá que te ibas. Si estaban en el Covacho pal Covacho, ni en los Planos pa los Planos, si en la Carrasquilla pa la Carrasquila. Golondrina siempre te llevaba. Nunca se equivocaba. No sé si le guiaban las golondrinas. O qué sé yo. La tiá Coja decía que si yo era un poco bruja o no sé qué. Qué bruja ni qué bruja. Cada animal tiene su sitio en la vida. El único que no conoce su sitio es el hombre. Pero ese es un animal que ni se sabe. Pero cómo no iba a saber de los demás animales. Si ellos nos daban la vida. Un día y otro. Nos anunciaban las lluvias y los hielos y los calores fuertes. Tiraban del carro para subir la mies a la era, labraban la tierra y nos la dejaban oreada, nos daban calor en las noches de invierno cuando estaban en la cuadra, debajo mismo de nuestra alcoba.

Fotografía original de Juan Rulfo.
Cómo gozaba yo cuando venían los mulos resecados de los bancales con los acarreos del centeno y llegaban al corral. Se revolcaban sobre el mismo fiemo mientras sacaba los calderos con agua del pozo. De un trago se engullían todo el pozal. Entonces les llenaba otro y otro. Y bebían hasta que querían. La mula Roma y el macho Noble. Los hijos de Golondrina. Los demás animales también cumplían. Sin gallinas no teníamos huevos, sin ovejas no había corderos, sin los puercos no podíamos comer a lo largo del año, sin los perros no había manera de guardar los hatajos de las ovejas, sin los buitres hubiéramos tenido enfermedades cuando se morían los mismos mulos y las mismas ovejas. Los gorriones no me gustaban nada porque cuando les daba nos dejaban los huertos pelados. Hasta las coles picoteaban. Pero aún así supe que eran necesarios. Me alegraba cuando los burlapastores y los abejarucos, además de los aguadores, anunciaban la lluvia. Los vencejos, en la chicharrina de los veranos, nunca paraban y volteaban una vez y otra, y otra y otra, la veleta de la torre de la iglesia y la de la casa del marqués. Cómo no iba a querer a las golondrinas. Me hablaban de mis hijos. Me traían y llevaban sus mensajes. Conocía cuándo iban a terminar de segar el último cornejal. Y te conducían a ti a lomos de la yegua. Por eso le puse Golondrina. Ella se guiaba por sus vuelos. Yo hablaba con ellas y con la yegua sin palabras. Miradas a sus ojos azabaches y miradas lejanas cuando echaban el vuelo al salir de la paridera. Todo con mi ojo bueno. Que ya sabes que el otro no me servía de nada. No sé cuándo empezó a salirle algo así como la ceniza que aparece entre las mazorcas del panizo. Pero ya me acostumbré. Ya qué más daba. Ellas me entendían. Y la yegua también. Y tú encima de ella, con los pantalones que cosí con cuatro pespuntes, con la misma pana rayada que llevaban tus tíos.

Sí que las echo de menos. Aquí abajo no hay golondrinas. No sé, pero no entran nunca. Le doy vueltas y le doy vueltas y no hay manera de que entren. Las pienso y las sigo pero no van ni vienen con sus vuelos. Eso sí que lo echo de menos. Me acuerdo de cuando venían a comer en mi boca. Mascaba algunos granos de trigo y se lo enseñaba entre mis dientes. Ni se paraban con sus patas en mi cara. Iban  y venían. Hasta que me cansaba y las dejaba para darle y darle a las faenas de la casa. Cómo no me voy a acordar de ellas. Lo que siento es que aquí no se llegan. Ya sé que no. Pero ojalá pudieran. Ya sé que tú piensas en ellas, que te veo sentado sobre la era de Terrer y las sigues con sus vuelos.

Fotografía original de Juan Rulfo.
Juan Rulfo también sabe de ellas. Si parece un golondrino. Él trina hacia adentro. Conozco sus silencios. Pero trina y trina. Y tú bien que lo sabes. Que bien conoces sus trinos. Los que dejó escritos. Y vuelves a ellos. Ya sabes que las golondrinas vuelan y vuelan pero no siguen nunca el mismo camino. Como los libros rulfianos. Vuelves y vuelves a ellos y siempre encuentras un nuevo camino. Cómo no voy a acordarme de las golondrinas. Cómo no las voy a querer. Sígueles tú el vuelo que aquí abajo no llegan. Diles que traigan la lluvia. Sé que hace falta. Que la tierra se está cuarteando. La que nos dieron y la que fuimos ganando.

viernes, 26 de febrero de 2016

Con Rulfo, sentados en el poyo.






                            Con Rulfo, sentados en el poyo.

Juan Rulfo.

         Hace poco tiempo que un hijo suyo se llegó hasta aquí. Subió por el camino de las Suertes y luego torció por debajo del brazal de la acequia del Cubo. Yo ni sabía quién era. De su padre sólo me queda un aire de la cara, un cuerpo sostenido por dos piernas zambas, como cojitranco. El día de la explosión le vi venir por la cuesta del horno. Ya era mediado julio. Ya la escuela estaba cerrada. Andábamos dándole a la pelota, en el trinquete, metiendo el relleno con las vetas del cáñamo, bien áspero, sentados debajo del buzón de las cartas.
 Venía metido en el rebozo de una manta a cuadros y con la gorra calada. Con toda la chicharrina. Nos echamos a reír cuando le vimos la facha.
Arremetió de un tirón las escaleras que nos llevaban hasta la escuela, por donde la casa de Tremedal, y ya se metió en la suya, umbría hasta en verano.
Se corrió la noticia por todo el pueblo. Con la aguareda de la mañana andaba Chichorro a la busca de vaquetas enriscadas en los tomaros. Chichorro le pegaba a todo en lo de la busca. No se enganchaba al entrecaveo ni se metía en ninguna cuadrilla de segadores cuando el abatir de los trigos. Por tener no tenía más que un arreñal junto a la fuente de Val de Peral. Recogía un hilo de agua desde la poza del abrevadero y luego, de a pocos, regaba algunas matas de judías. Andaba siempre por allí. Que si ponía lazos para cuando entraban las liebres, que si hilando cuerdas por si picaba la perdiz, que si a la espera del tajubo entre los panizos, que si a preparar la trampa para la caza de los topos. Por El Alcamín se decía que a Chichorro le gustaba poco el trabajo.
         Pensé en esto y en lo otro cuando el mozo canijo se sentó en las escaleras que dan entrada a mi casa. Aquí mismo, Rulfo, cerca de ese poyo que tú ocupas. No lo había visto nunca y me dijo que había venido a El Alcamín por traerle una lápida a su padre, metido ya en uno de esos nichos cuando el recinto de tierra se acabó.
Cómo voy a saber quién es si ni siquiera vino con nosotros a la escuela. Debió nacer un par de años después del día en que su padre apareció por la cuesta del horno. Se metió en su casa luego de subir por las piedras de la barbacana y ya se acabó. Luego vinieron las dijendas de las mujeres en el carasol y en el lavadero.
Aún se puede ver el agujero de la explosión. Cerca de los pinos ralos de la siembra empeñada de los ingenieros, encima de la balsa del Tormagal. Chichorro se llegó hacia allí por enganchar una lazada a la entrada de un caño de conejo, debajo de las piedras que limitan el barranco. Subió hasta el Plano por regresar al pueblo en los límites de la torrentera y le dio por enganchar un cabo de cuerda a un mortero a medio enterrar. De aquellos con que nos sacudieron cuando la guerra.
 Llevaba un tiempo en que vendía a Pellejero los peines de balas que encontraba y los cartuchos abandonados por los cazadores. Por los restos del obús le hubieran dado un par de duros, que eran perras tal como estaban los tiempos. Menos mal que la cuerda trenzada con cáñamo era larga. Se había escondido al otro lado de la barranquera por miedo a la explosión. Aún queda un buen agujero, Rulfo. Chichorro terminó abajo, casi metido en la balsa ahora desecada. Los juncos de la orilla le salvaron. Medio atontao dicen que se quedó un buen rato. Fue después cuando apareció envuelto en la manta de cuadros, cuando le vimos llegar con los ojos sin sentido, sin hablarnos ni hablarnos.
Medio año como tontusco de aquí para allá. Se sentaba en el café de Felipe y miraba cómo los demás echaban los cuartos al guiñote. Volvía a su casa y con la Chichorra se quedaba sentado en la banca de piedra, junto a la herrería, al lado de la salida de las aguas del molino. Los dos consumidos como un par de olivas resequidas. Al poco Chichorro dejó el lugar.
No sé muy bien por qué su hijo apareció por aquí. Me extrañó que me preguntase por mi padre, por Mariano, por los Repoyos y hasta por los Novatos. Él no sabía nada de este pueblo pero su padre le debió hablar de El Alcamín. Aún le preparé un café. Vi como una chispa en sus ojos mientras miraba las tapias del cementerio. Bajó más tarde hasta la calle Mayor por el camino escalonado de Las Calzadas y se escabulló sin más.
Me quedé parado sobre el verdín herboso nacido entre las grietas calizas de la era de Terrer y, al poco, ya por la revuelta aguda subía un coche y se perdía por los llanos de la Cruz de Santana.
No volverá nunca más. Aquí no se le ha perdido nada. Ya le puso la lápida a su padre. Ya cumplió.




viernes, 29 de enero de 2016

Juan Rulfo, nos hemos de llegar un día de estos.



             Juan Rulfo, nos hemos de llegar un día de estos.

       
@. Juan Rulfo



  También le llegó el momento a Repoyo. Año y medio después. Supo que se moría. “El domingo por la tarde estaré muerto”. Se ahogaba. Se metió en la cama. Que vinieran los hijos, que dejaran el tajo, que ya no se levantaría más. A mí también me llamó, allí, junto a la cama. Me habló de las tierras altas, de los Pelarchos, de la Batiosa, del camino de las Calzadas, de los bardales de los Huertos, de los caños de aguas de las Suertes, de los arraboles en las ventiscas de la muerte. Ya sin fuerzas. Con medias palabras. Con el fuelle cansino de su pecho hundido. Yo ni pensaba ni pensaba. Se me cerraban los ojos. Luego, muchos años después, muchas veces de nuevo me vi allí, de nuevo y otra vez. Y entonces ya no paramos de hablar, que todos los días me acuerdo de él. Por eso puse en pie otra vez la cruz de piedra.
         Se me metió el miedo en el cuerpo al poco que se fue. Y tardé mucho tiempo en sacármelo. Fue cuando acudí con madre por echar el agua en el panizar del Cerrado, dos bancales más allá del de Molinero, por donde llegaba la senda del via crucis, cuando Felipe el tabernero atronaba con “la tarde se oscurecía entre las dos y las tres”. Me lo decía madre cuando subimos por abrir una hilera de agua, junto al terrero del aljezar, algo más arriba del cementerio. “Tan cerca y no lo podemos ver”. Así decía ella, toda enlutada, el pañuelo en la cabeza, sujeto a veces con los dientes cuando se le iba hacia atrás, resbalado por el sudor, cuando cavaba los céspedes por tapar el agua, entrada ya con un murmullo de borbotones entre la empalizada del panizo. Hundía mis pies entre la tierra ablandada por las aguas. Surco a surco, así regábamos. Cuando ya estaba emparejada dijo que aprendiera sólo, que ya era hora.
@ Juan Rulfo.
         Y me entraban los sofocos. El panizar era una jaula inmensa. Cada mata un barrote. Y todos más altos que yo. Sólo con mi legón al hombro, los pies descalzos, hundidos en el barro de los surcos, cambiando el agua de uno en uno cuando alcanzaba la punta de abajo. Con las palabras de Repoyo en un diálogo de silencios, en el mismo lugar donde Mariano ahorcó a la perra Mostaza, donde con abuela pelábamos las hojas de los olmos, por cocerlas luego con patatas para los puercos, donde la recogida de nueces ya en la otoñada, debajo del ciruelo de los frutos prunos.
         El terror llegaba de madre. “Tan cerca y tan lejos”. Repoyo enterrado detrás de la tapia me tranquilizaba. Me hablaba cuando el camino hacia Larroya, cuando de nuevo los trabajos del concejo, cuando les dieron la tierra. Hasta el cementerio fue de la tierra dada, entre la acequia que llega hasta las Cañadas y el cerro de Molinero. Primero levantaron la tapia de abajo, la que mira a poniente, por sujetar la tierra blanquecina que fueron echando abajo a golpe de pico, con las mismas palas del concejo. Todo a mano. La misma tierra que les iba a enrunar para siempre. Que ni esa tenían antes. Aquí no había más que matojos pinchosos de aliagas. Tierra baldía enhuequecida por el paleo de un lado a otro. Luego facilitó cavar las sepulturas.
         Entre el panizar me hablaba Repoyo del camino sobre Val de Peral, por alcanzar los Planos y el monte, hasta llegar a Pozuelo y la Balsilla. Sólo senda de ovejas. Que los centenos sólo llegaban a las eras en cargas sobre los mulos. Seis fajos cada vez. Y de nuevo a concejo y a picar en los escarpes, desde la fuente hasta el barranco escorado. En la  ladera sólo guillomos y uvas de pastor, zarzales pinchosos para las cabras enriscadas siempre, encima de las piedras horadadas de la fuente de la Gota.
         Nos hemos de llegar un día de estos, Rulfo. Por que veas cómo mana el agua en la fuente. Sentirás cómo hierve en la misma tierra burbujeando en la badina. Iremos luego más allá, por encontrar las fuentes ya secas del Sabucar y del Peñiscoso, ahora ya en abandono, donde también Repoyo me habló del embalse, por dar de beber a las ovejas y ganar el riego entre las tierras cascajares de los barrancos, las que llegaban hasta el tejar en que se abrasó Tajero, hundidas luego entre humedales para surgir otra vez en la balsa del prao, por san Miguel, junto al río ya, pegadas al plantío en andalanes con los chopos nombrados por zagales de la escuela, cuando al señor Maestro le dio por los cotos escolares.
        

@ Juan Rulfo.
Por allí me escapaba de mis propios miedos, mientras me comía las moras arrancadas entre los pinchos de las zarzas, perdido entre el panizar. Ahora, desde la era que fue de Terrer, aquí, donde levanté mi casa por tener toda la vega a la vista y oír el murmullo de las aguas del Regajo en las noches iluminadas de luna. Observo el bancal ya abandonado, el barbecho de yerbajos sobre el que han comenzado a brotar los retoños de los álamos, nacidos con las semillas que el viento transporta en los comienzos de los otoños, cuando llegan los vilanos. Recorro los caminos bien andando apoyado sobre mi garrote o sentado en el banco de piedra que puse sobre la misma barbacana. Me llego hasta las parcelas del monte de la arrancada de las cepas, el mismo que dijo Repoyo que no se tocara, porque las carrascas llevaban allí toda la vida. Dijo que no era bueno forzar lo que es natural, que por ganar unos terrenos para el cultivo los primeros años luego se agotaría la tierra para siempre. Y así fue. No le hicieron caso. Ahora veo desde aquí, mírala tú, Rulfo, la tierra cuarteada en que se decidió lo que fue carrascal. Pasaron tres años en que las gentes tuvieron buenos cepurros para sus fuegos y tres cosechas seguidas y de trigo candial. Y ahora sólo queda un hachazo de tierra blanquecina, sin matojos siquiera, metida en punta hacia el monte, más arriba del Pozuelo, en los límites de Ababuj.
         Ya sé, Repoyo, que lo dijiste más de una vez, cuando ya tan viejo te refugiabas en el café de Felipe, por echar el vaso de vino con la sardina asada sobre la misma estufa, cuando me estirabas las orejas con tus dedos de sarmiento y aparecían tus manos llenas de higos pajareros que yo devoraba goloso.
@ Juan Rulfo.
         No te hicieron caso. Muchos años después recogieron el agua en la balsa horadada junto a la paridera de los Corrales y así salvaron los regadíos desde el Tormagal hasta la Vega Lambra.
         Sólo muchos años después, Rulfo, y muchas lunas apagadas y hasta muchas arrancadas de riñas por los cuartos de agua, cuando las muertes en las mismas paradas de las hileras.
         Muchos años después, Juan Rulfo.