Mostrando entradas con la etiqueta Relatos de la gente humilde. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relatos de la gente humilde. Mostrar todas las entradas

domingo, 15 de marzo de 2020

Relatos de la gente humilde. "La morera"






                      Días enclaustrados entre antiguos escritos.
              Al fondo Bocaccio. Decameron. 
              Respeto. Solidaridad. Convivencia. Civismo.
              En casa.








viernes, 28 de febrero de 2020

Relatos de la gente humilde. "El hombre del zorzal".





                                               El Hombre del zorzal


            “Es un zorzal”

            El hombre me dijo que era un zorzal. Tenía el pico amarillento y las alas tirando a rojo. Elevaba el cuello y producía unos sonidos entrecortados, como de regocijo en su libertad vigilada.
            El hombre estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada sobre el tronco de un pino carrasco. El zorzal, posadas sus patas sobre la rama de otro pino, seguía lanzando sonidos, moviendo, girando su cuello de un lado a otro, ignorando la media botella cortada de plástico sobre la que el hombre le había dejado su preparado de pan mojado, aderezado con trozos de carne. De cuando en cuando el hombre silbaba tenue y el zorzal se volvía para mirarle.
            Me quedé a su lado, observando al zorzal y al hombre que lo alimentaba. Entre largos silencios me fue diciendo:
            “Yo ya estoy jubilado y esta es mi distracción de todos los días. Hace ya muchos años que vivo en Las Delicias. Soy de los primeros que llegaron allí. Una de las primeras casas que construyeron la ocupamos mi mujer y yo, en aquellos años en que no ganábamos más que trescientas pesetas a la semana y nos venía más que justo para comer los dos y pagar los plazos del piso. Pero mire, con mucha dificultad salimos adelante y aun criamos a nuestros hijos. Yo he trabajado toda mi vida en una calderería. No crea usted que haciendo calderos, no. Calderas. Calderas para las calefacciones. De qué cree usted que tengo estas manos con dedos tan duros como el hierro. Pues de tanto cortar y moldear las planchas con las que construíamos los depósitos en los que luego el fuego calienta el agua para los radiadores de las casas. He trabajado toda mi vida en la calderería, siempre como peón de oficio, porque estudios nunca he tenido.
            En los primeros años hacíamos muchas horas extraordinarias en la fábrica. Eran los tiempos de la fiebre de la llegada de las gentes de pan comer y se necesitaban muchas calderas para las nuevas viviendas, aunque bastantes de Las Delicias las instalaron después de levantar las casas, porque los constructores no las ponían de entrada.
            Nos nacieron los dos hijos enseguida. Mi mujer fue la que se encargó siempre de ellos. Yo no tenía tiempo. Ella se empleó limpiando los suelos de los pisos de gentes más pudientes que nosotros. En casa de dos familias de la Gran Vía y de Goya se pasó más de veinte años. Hasta hace bien poco, cuando ya mis hijos se hicieron hombres, se casaron  y se marcharon de casa.
            Yo llegué aquí a los pocos meses de acabada la guerra. A mí me tocó con los rojos. Caí en un batallón que se pasó el tiempo por los frentes de Extremadura. Tanto me daban unos como otros, que yo de eso nunca he sabido nada. Ni falta que me ha hecho. Luego, ya sabe usted, con Franco dando patadas por aquí y por allá. Me dan igual unos que otros. En todos lugares están los mangantes.

            Me vine aquí desde mi pueblo. Primero me llegué hasta Monzón, y aún me enganché a trabajar en una herrería. Pero me daban de jornal sólo lo comido por lo servido y aquello no tenía pies ni revés. Ya ve, no he cambiado nunca de oficio, siempre con el hierro a cuestas. Aún he tenido suerte. Yo quise que un hijo mío se quedase en mi puesto del tajo cuando me llegó lo de la jubilación. Pero el patrón me dijo que no podía ser, que el negocio iba de mal en peor y que de seguir así sanseacabó.
            Estamos casi igual que en mis tiempos. Mi padre no tenía oficio ni beneficio, ni yo tampoco. Lo único que tengo a estas alturas de mi vida es el piso que me compré al poco de llegar aquí, cuando me casé, pagado a plazos, que  lo mío me costaron. Al menos a mí me contrataron y nunca me tiraron, pero a mis hijos los han echado unas cuantas veces al paro y han cambiado otras tantas de oficio.
Mi padre en el pueblo trabajaba en lo que salía, en las tierras pobres, entre la vid y los olivos y algún pedazo de cereal en donde se empleaba cuando la siega. A mí me tocó oficiar de dulero, cuando dejé la escuela y no había empezado aún la guerra. Fue cuando mi padre andaba de pastor. Yo recogía las dos o tres cabras de cada casa y me llegaba por los cerros viendo cómo pasaban las horas mientras se les llenaban de leche las tetas a las cabras, las mismas que ordeñaban sus dueñas cuando yo volvía por las tardes dejando a cada una en su casa.
            Mi madre salía por los caminos recogiendo los boñigos de los machos y las mulas. Los metía en unas latas cuadradas que no supe nunca de dónde sacó y los iba amontonando en nuestro corral. Luego los tiraba en un huerto protegido por una tapia de piedras que había levantado mi padre y los revolvía con la tierra para sembrar, por la primavera, algunas patatas y cebollas que llevarse en el verano a la boca.
            Cuando ya hacía más de un año que trabajaba en la calderería encontré a Juana en enseguida nos casamos. Ella tenía muchas ganas y yo ya estaba harto de vivir solo. Juana lo pasó peor que yo, porque vivió aquí los tres años de la guerra, con la fábrica de sacos yuteros cerrada donde trabajaba su madre. Malcomiendo y malviviendo. Después de casarnos fue cuando ella comenzó de verdad a comer, como se dice, de caliente, porque hasta entonces bien mal que lo había tenido.
            A mí me gustaba en el pueblo salir con los de mi quinta a escarzar nidos de los gorriones, por ese afán que siempre se tiene cuando uno es zagal por deshacer lo qur encuentra. Me subía por las paredes de piedra de los corrales y, con mis manos sujetas en las grietas, apoyando también los pies, que parecía una araña, metía los dedos entre una piedra y otra. Les destrozábamos los nidos y tirábamos las crías aún sin plumas. Yo creo que lo hacíamos por la manía que tenían en el pueblo a los gorriones, porque se comían los granos de los trigos y picaban las flores de las olivas. Pero nunca deshice ningún nido de codorniz, ni de perdiz, ni tampoco de los zorzales que lo escondían entre  los pinchos de los espinos. Mi padre me había enseñado a respetar a los animales que luego servían para alimentar la casa, aunque a veces él trajo un par de docenas de huevos de perdiz con los que hacía una tortilla mi madre. Pero entonces eran otros tiempos. Ahora ya no hay caza y entonces iba con mi padre a poner lazos para que cayeran las perdices y aún cogíamos los conejos a la salida de los caños, también a lazo, que mi padre nunca tuvo escopeta, porque conocía muy bien por dónde anidaban las perdices y se escondían las liebres. Si hubiera tenido escopeta nunca nos hubiera faltado comida. Así tampoco, porque era muy buen lacero.
            Cuando yo encontré este zorzal, por ahí cerca, en esa pinada de ahí enfrente, me acordé de cuánto me gustaba la libertad de los vuelos de los alcotanes, de los buitres y de las águilas que rondaban por los alrededores del pueblo. Siempre me ha gustado esa libertad. No sé por qué más de una vez he soñado a lo largo de mi vida que yo era un aguilucho que volaba y volaba, subiendo y bajando por los aires, descendiendo en picado cuando me tiraba a por la presa. Lo pude coger porque tenía un ala rota. Porque estos animales, ahí donde los ve, son muy furos, y siempre andan de un lado a otro con su vuelo rápido. Pero tenía un ala rota y no tuve ninguna dificultad. Me lo llevé a casa y allí lo fui cuidando. Cuando ya estaba para volar lo traje hasta aquí para que se marchara y estuve toda una mañana intentando que se fuera. No sé por qué no le dio la gana y entonces me lo llevé de nuevo a casa. Desde entonces, hace ya más de un año, vive con nosotros. Yo todos los días, por las mañanas, me vengo con él. Le traigo unos preparados de pan mojado al que le suelo echar unos pellizcos de carne de cualquier sobra y ando entre estos árboles con él. Va y viene de un sitio a otro, entre los pinos, y luego se posa sobre mi hombro. Ahora le estoy enseñando a que vuele y venga cuando yo le digo. Como tiene esas garras tan fuertes me toca proteger mi brazo con ese trapo que me he preparado. Así me entretengo. Me lo paso mejor que estando toda la mañana sin hacer nada, tomando el sol en la plaza junto a los demás viejos. Me vengo hasta aquí con el zorzal, subo por los caminos de el Cabezo, ando por las sendas entre los pinos y hasta me llego al campo abierto. Allí suelto al zorzal y veo cómo inicia sus vuelos circulares. Va y viene, picotea la comida y se ha acostumbrado a las voces que le doy para que vuelva. Luego me acerco hasta estos lugares de los pinos donde él hurga entre las hojas ya secas, canturrea a su manera y siento que me quiere decir algunas cosas. Yo le hablo y parece que nos entendemos. Usted dese cuenta cómo parece que habla cuando lanza esos chiflidos y mire cómo mueve el cuello y levanta el pico, parece como si se estuviera riendo. Está contento. Si un día quisiera irse me parecería bien pero creo que no tiene ganas, en mi casa se encuentra a gusto. Y yo igual con él. Ahora ya tengo un bisnieto, se llama Hilario, como yo, y dentro de poco me lo traeré conmigo y el zorzal, para que vea cómo vuelan las aves y entienda su libertad.”

viernes, 5 de mayo de 2017

Relatos de la gente humilde. Jacinto.








         Llegó a El Alcamín por el camino de la piedra picada. Sin fuelle. Jadeante.
         Se sentó encima de un poyo de la orilla. Miró el lugar por encima de los chopos junto a la riera del río. Aún la primavera se hacía tardana. Los vilanos no caían sobre el camino. Cruzó el cauce por el puente de tablas. Siguió sofocado parejo a las aguas. Junto al azud enderezó por la senda hasta llegar al corral Repoyo. No se cruzó con nadie. Luego, ya, a dos pasos, abrió la puerta del corral de su casa. Se alborotó la media docena de gallinas y al punto apareció su mujer.
         Paula lo recibió con un abrazo sin habla. Jacinto quiso apurar el encuentro y sus brazos sin fuerza confirmaron la derrota.
         Cinco años antes se le acabó el mundo. Fue cuando en marzo del año de mil novecientos treinta y nueve, el que dieron en llamar en los papeles tercer año triunfal, el consejo general de guerra número uno de Zaragoza lo condenaba a la pena de “treinta años de reclusión mayor con las accesorias de inhabilitación absoluta e interdicción civil durante el periodo de condena como autor de un delito de adhesión a la rebelión con la concurrencia de la agravante de daño causado a particulares y la atenuante de nula peligrosidad compensadas mutuamente.”
         Durante aquellos cinco años que le llevaron de un penal a otro hasta acabar en el destacamento penitenciario de Orallo, en la provincia de León, Jacinto sufrió un día y otro su nula peligrosidad, su separación familiar, su trabajo forzado disfrazado de rehabilitación, su enfermedad agravada en las galerías de la mina de carbón que le atrapó en la silicosis, su derrota física y personal.
         Así llegó hasta el llanto mientras, sin fuerzas, abrazaba a su mujer después de aquellos cinco años.
         Le habían concedido la libertad provisional por resarcir penas a través del trabajo en la mina de un propietario usurero en uno de los angostos valles del Bierzo leonés. Algunos de sus compañeros penados no pudieron regresar junto a sus gentes porque se quedaron atrapados dentro de las galerías por las voladuras y la asfixia del polvo silicótico.  Él, al menos, había conseguido volver a su pueblo después de aquella licencia otorgada por el caudillo vencedor a quienes antes condenó y ahora ya no podía ni siquiera mantener, porque las cárceles y los lugares de expiación por el trabajo los tenía llenos. Además Jacinto ya no era productivo. Ni siquiera podía con el pico que rebotaba en las oscuras galerías hurgando en el carbón.
         Jacinto no había bajado a una mina hasta que no llegó a Orallo.  Durante diez años ejerció como secretario del Ayuntamiento de Cuevas Labradas, un lugar situado a unos veinte quilómetros río debajo de El Alcamín. En aquellos diez años habían nacido sus cuatro hijos y aunque el magro sueldo de chupatintas no le daba para muchas alegrías mal que bien Paula y él podían alimentarlos.
         Cueva Labradas queda a unos quince quilómetros al norte de Teruel y, aunque en la capital se proclamó el estado de guerra y la sublevación frente al gobierno legitimado de la República, sus gentes esperaron a verlas venir sin saber muy bien por dónde iban a recibir los tiros. Un mes más tarde, ya a mediados de agosto una columna anarquista se estableció en el pueblo.
         Jacinto fue confirmado como Secretario de la misma forma que lo había sido cuando en mil novecientos treinta y uno se proclamó la República. El Comité revolucionario le hizo seguir en el mismo puesto que había ocupado hasta entonces. La misma columna que había dejado algunos muertos junto a los corrales y parideras de Cedrillas y Corbalán aceptó a los civiles dispuestos a no consentir los crímenes parejos de los que se hablaba ocurrían en Teruel y en la sierra de El Pobo. Consiguió el Comité que ni siquiera la gente de la milicia mandada por quien llamaban el capitán Castillo se llevara por delante a quien había ejercido de cacique en años anteriores. A aquel Molinero le ocuparon su casa y le dejaron una habitación para su uso. Le dijeron que no intentara escapar y abandonar el pueblo. Intentó huir una noche y no le valió. Escondido entre los ribazos protectores de una acequia lo atraparon y allí mismo se quedó abatido por los disparos de los columnistas.
         La guerra fue dura en estos lugares. La población civil quedó angustiada en pleno frente de batalla. Jacinto siguió como Secretario del pueblo mientras el lugar se convertía en un tráfago de gentes que iban de un sitio a otro, de improvisadas ambulancias que traían a los heridos por la metralla en el hospital de sangre que se estableció en el pueblo. Los lugareños siguieron trabajando los estrechos bancales y cuidando algunas ovejas además de los animales de corral aunque no podían ni mantener la avalancha de soldados en su trajín de un lado a otro. Su vida de siempre se perdió en la angustia de la guerra, de los muertos, de la ignorancia desesperada por saber por dónde andarían los jóvenes reclutados en las quintas.
    Fue al comienzo de mil novecientos treinta y ocho cuando comenzaron a sentir los bombardeos de las pavas alemanas que sembraban el terror y luego repasaban los aviones más ligeros con sus ametrallamientos. De poco valían los refugios entre las cuevas excavadas entre la piedra caliza protectora o los túneles cercanos que dejó la vía nonata que se trazó hasta Alcañiz.
         Una mañana de espesa niebla de aquel enero del treinta y ocho, una de las casas cercana a la vivienda que ocupaban Jacinto y su familia reventó por una explosión. Su hija mayor se quedó sin un trozo de pierna y su más pequeño, casi de tres años entre las piedras que lo habían sepultado. Un mes después los soldados republicanos abandonaron el pueblo en desbandada ante la llegada de los regulares de Yagüe. Los mercenarios rifeños tenían licencia para arramblar con los pocos bienes que encontraran y aun perseguir a las mozas lugareñas.
         Jacinto y su familia se quedaron entre aquellos escombros porque no tenían otro sitio adonde ir. Su bonhomía de siempre siguió con él cuando ya las carencias y el hambre se comían a todos. A él le atrapó una venganza sin causa.
         El nueve de marzo de aquel tercer año triunfal, según decían los papeles, sin esperar siquiera a que el caudillo vencedor decretara aquel “cautivo y desarmado el ejército rojo” tuvo que apechugar con que el juzgado establecido en Mora de Rubielos ratificara un proceso que se iba a celebrar en Zaragoza.
         Allí el fiscal militar de turno pidió se le aplicase la pena de muerte. El también militar defensor renunció a su defensa. Así, sin más.
Aun cuando el tribunal señalaba en la sentencia que había quedado probado que el tal Jacinto era individuo de buena conducta y se caracterizaba por su independencia e imparcialidad, que no se llevaba mal con el terrateniente Molinero, que cuando fue ocupado el pueblo por las fuerzas marxistas se le nombró secretario del comité revolucionario, que al parecer cuando fusilaron al susodicho Molinero el Jacinto no participó en el hecho, que por lo tanto el hecho era considerado como rebeldía completa y absoluta identificación espiritual con sus principios inspiradores, aunque no tenía relevancia su actuación durante la dominación marxista, por lo tanto se compensaba la pena de muerte con la condena a treinta años de reclusión mayor e inhabilitación para cualquier cargo.
Jacinto ni siquiera oyó aquel sonsonete de la prosa condenatoria. De allí a San Juan de Mozarrifar y luego en un tren borreguero con trasbordos de aquí para allá, hasta que dio con sus huesos en el penal de Orallo. Y un día y otro bajando a la mina, y cada vez con más sin fuelle en los pulmones, hasta que la silicosis le asfixió y en el año cuarenta y cuatro le declaran la libertad provisional y le dan cuatro perras como salario por quien llenaba sus harcas con el trabajo de los prisioneros esclavos.
Llegó ahogado a la casa en donde se habían refugiado Paula y sus hijos, aquí en El Alcamín. Dos cuartos tabicados en lo que fue pajar junto a la era ahora convertida en corral. Sin fuerzas para ningún trabajo, sin ni siquiera poder ir detrás de la burra con que su hijo mayor, que ya había dejado la escuela, trajinaba entre los barrancos abancalados y la recogida de los boñigos desperdigados con que abonada un huerto encosterado.
Y a los pocos días de llegar una pareja de la guardia civil llegó cansina desde Larroya por el camino de la vega y le hizo firmar unos papeles Que tenía que hacer una declaración de los bienes que tenía porque se le había abierto un nuevo juicio para incautarle los bienes.
         ¿Qué bienes, ni qué bienes? Se decía cuando el alcalde, el jefe de falange, la propia guardia civil y aún el cura mosén Servando escribieron que no tenía ninguno.
         Y entonces la Paula y otros familiares comenzaron a rumiar que por su culpa les venían todos los males, que no tenía que haber sido como fue, que había que estar a verlas caer, que ahora les quitarían a sus parientes los pocos bienes que tenían, que los cuatro pegujales y el arreñal de un pariente que resultó ser más tozudo que la yegua de el Pepo se los llevaría por delante el mejor postor, que tanto cuento y tanto cuento, que se levantase de la cama todos los días, que el aire en El Alcamín era sano, que se dejase de hacer el dengue y que además de ir a espigar los cañotes del trigo que quedaban después de la siega en los bancales y que le echase huevos al asunto, que coger camarrojas y girasoles ralos para hervirlos o buscar caracoles lo hacía cualquiera. Que ya estaba bien y que menos cuento.
Y Don Prudencio, el practicante, que no podía hacer nada por él, que no había inyecciones que curasen aquella silicosis, que era verdad que no podía con su alma, que la vida era como era y que lo que no tiene remedio no lo tiene y sanseacabó.
El sanseacabó le llegó a Jacinto al inicio de la primavera cuatro años después. La noche final de mayo cayó una rosada de las que aquí te espero y la mañana del primero de mayo heló las flores que habían aparecido en los manzanos reinetos de las lindes de los bancales. Las nogueras del barranco de las Suertes dieron con el moco de su flor quemado por el frío.
Jacinto, por no hacer mudanza, siguió el mismo camino de los perales, manzanos y nogales arrasados. Con su silencio de siempre. Ni un suspiro.


  




lunes, 30 de enero de 2017

Añejos recuerdos


                                                                 De "El hierro en la ijada".







 

viernes, 2 de octubre de 2015