lunes, 5 de febrero de 2024

Torrero. En la madrugada del día de San Fernando.

 

foto autor desconocido.



Llegó y me dijo que ya tenía el tema sobre el trabajo de “fin de grado”, que le había impresionado un papel desgastado encontrado en el trastero de su casa en donde habían ido a parar los restos de los varios traslados efectuados por sus padres y antes por sus abuelos. Y me enseñó el documento. Roto por alguna de sus esquinas, amarillento y con las letras desgastadas en los rasgos del lápiz con que había sido escrito. Conseguí leerlo. Luego lo leímos juntos. Así decía:

         Llevo dos noches sin dormir. De vez en cuando tengo que ir al retrete. Nos han dado a todos, a los dos pelotones, cuarenta y horas de permiso, libres de servicio, sin recargo alguno. Ni imaginaria ni nada. Sólo que tenemos que acudir a dormir al cuartel. Pasar lista y a la cama.

         A la cama y a dar vueltas sobre la colchoneta y de cuando en cuando al retrete. No he podido pegar ojo. ¿Por qué tenía que haberme tocado a mí? Me metí en esto de la policía armada porque en mi casa ninguno, ni mis hermanos ni yo, teníamos donde caernos muertos. Tuvimos que aguantar aquello de que éramos más gandules que la chaqueta de un guardia civil.

         Había terminado la guerra y mira por dónde me mandaron a Fuerteventura. A vigilar a los soldados de un batallón disciplinario. Sólo estuve allí seis meses. Allá, bien lejos, por Jandía y el Morrojable. Los mejores días de mi vida. La primeva vez que subía en un barco, la primera vez que veía el mar, la primera vez que pisaba una isla.

         Los del batallón disciplinario se cuidaban solos. A dónde se podían escapar. Así es que cigarros y gofio que cambiábamos todos los días entre nosotros. Y allí es donde aprendí a leer y a escribir. Uno del batallón, un maestro desterrado medio cojo a causa de un bombazo, impedido para tirar paladas de arena. Él fue quien me enseñó. Yo no había ido a la escuela ni siquiera un año y medio. Luego me pilló la guerra. Tuve suerte. No me tocó ni siquiera pegar un tiro y pude comer todos los días un rancho que me llenaba bastante más que las gachas que preparaba mi madre cuando teníamos harina. El hambre que yo había pasado se convirtió en hambre de aprender con aquel maestro más bueno que el pan a quien me afanaba en llevarle tabaco del que a nosotros los soldados no nos faltaba.

         Cuando volví al chuzo en donde nos cobijábamos, en la ladera que mira a los altos de Cazorla, ya mis hermanos no estaban. Los dos se habían metido en la guardia civil. Mis padres malvivían de la recogida de la oliva cuando llegaba. Les dije que yo también me iba. A donde fuera. Y me fui a Baeza y me cogieron para la policía armada. Mi hicieron un examen. Todo se lo debo a aquel maestro que tanto me ayudó.

         Pasé por los cuarteles de Ciudad Real y Guadalajara y ya por marzo de este año me dieron el destino en Zaragoza. Y cuando llegó aquel veintinueve de mayo me cayó encima esta agonía que no me deja en paz y no me abandona desde la madrugada de los gritos.

         Que como San Fernando era el patrón de los ejércitos y de los guardias civiles teníamos que ser nosotros, los de la policía armada. Fue por la mañana, antes de la hora de ir a comer, cuando nos dijeron que no podíamos salir de aquel edificio cercano a la casa donde vivían los oficiales, junto al Portillo, que teníamos un servicio especial que hacer.  Ya se nos puso a todos la mosca tras la oreja. Todos, los veinticuatro nombrados, los dos pelotones, veíamos a los sargentos ir de un sitio para otro y llevando papeles de aquí para allá.

         Nos dijeron que no nos metiéramos entre los jergones y al pronto que cogiéramos los mosquetones y los sargentos nos revisaron las cartucheras y comprobaron que llevábamos los tres peines con cinco balas en cada uno. Ya todos nos la tragamos. Nos hicieron subir en las camionetas. Doce en cada una, con nuestro sargento. Una camioneta más pequeña iba delante. Se paró en la puerta del edificio donde vivían los oficiales. Recogió a un teniente. Ya entonces mi sargento hizo que nos fuéramos pasando de boca en boca la botella de coñac.

         Cuando llegamos a la cárcel ya habíamos empezado a beber de otra y junto al café que nos dieron cuando cayó la noche pasaba de mano en mano otra botella que sabía a matarratas. Entonces metieron en capilla a los siete hombres. El cura no sé qué les dijo mientras levantaba la mano y los guardias del primer pelotón los empujaban hasta la camioneta.

         A mí me tocó en el pelotón de las mujeres. Eran siete hombres y dos mujeres. Separados. Los hombres en una camioneta, las mujeres en la otra. Ellos salieron de la cárcel antes que nosotros. Cuando llegábamos a la puerta del cementerio de Torrero oímos una retahíla de tiros, todos a la vez. Cuando estaban bajando las dos mujeres siete tiros secos, espaciados. Andábamos todos, los doce guardias, un poco empapuzados con el coñac que nos habíamos metido en el cuerpo porque no sé dónde aparecieron un par de botellas más. Ya casi se estaba haciendo de día en aquella noche tan negra como mi suerte.

         Una de las mujeres casi no podía andar. Se apoyaba en la otra y aún así fueron a trompicadas desde la puerta del cementerio hasta la tapia de rasillas. Y nosotros uno detrás del otro. A los demás ya no nos los veía aunque ya clareaba aquella mañana de san Fernando. Todo daba igual. Yo seguía en mi noche. Las piernas no me sostenían. Temblaba. Y cuando el teniente le dijo al sargento que adelante el tembleque lo tenía en todo mi cuerpo.

         La mujer que se apoyaba en la otra se cayó al suelo. Acurrucada con los brazos apretados contra su pecho, como abrazando a no sé quién. Sólo la oí cuando con su voz arrasada repetía y repetía mis hijos, mis hijos.

         Cuando abrí los ojos después de apretar el gatillo sin saber dónde fueron a parar las balas ya el teniente apuntaba sobre la cabeza de aquellas dos mujeres que aún garreaban.

         Sólo recuerdo que estábamos delante de una pared hecha con rasillas y al lado estaba el monumento a Joaquín Costa que parecía que nos miraba lleno de ira. Nos devolvieron al cuartel. Y entonces vino lo de libres de servicio.

         Esta mañana me han llamado a declarar delante de un capitán. Y que si cuando subieron los fusilados a la camioneta desde la cárcel cantaron, chillaron, dijeron palabras en contra de no sé quién y si dieron vivas a la República, a los socialistas y a no sé cuántas cosas más. Yo no oí nada. El coñac me había sentado como una lavativa. Sólo aquello de mis hijos, mis hijos.

         Luego los de mi pelotón nos hemos sentado en el suelo y que si el capitán que es fiscal ha dicho que por qué les dejamos chillar y vivas a no sé qué y a no sé cuántos. Mientras íbamos encendiendo un cigarro detrás de otro. No sé quién dijo que el tal fiscal o capitán o lo que sea dice nos iba a llevar a juicio a nosotros, a los sargentos, al teniente, al jefe de la cárcel, al cura que les echó el sermón, a los de la sangre de Cristo que recogieron los cuerpos desmadejados llenos de sangre y hasta al encargado de conducir el carro donde echaron a aquellos desgraciados.

    Miro a los otros guardias, todos fumando, con la cabeza agachada, cada uno a lo suyo, sin hablar.

         De cuando en cuando tengo que ir al retrete. Llevo así desde que en la madrugada de san Fernando, cuando la mujer se quedó en el suelo con mis hijos mis hijos, con el tiro en la cabeza que le pegó el teniente. Entonces fue cuando me hice en los pantalones.


Rosas de sangre sobre la tapia de rasillas. Cementerio de Torrero.


        

 

 


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