miércoles, 23 de noviembre de 2011

Habla con Juan Rulfo o con quien quieras.



@cac.
            Tú te equivocaste, hijo. No era un dos de febrero. Era un veintiocho de septiembre. El día de antes había ido a Camañas a vender unas patatas tempranas. Las había sembrado en los Olmos Gordos, en un bancal que tenía a medias con la tia Pina. Me fui por la mañana temprano. Enganché el macho Noble en las varas del carro y en los tiros a la mula Roma. Y, hala, pa Camañas. A mediodía ya las había vendido todas. Saqué cincuenta duros. Cuando se hizo de noche ya estaba en casa. Volví por el camino que linda con El Covacho. Mientras llegaba a El Alcamín miraba y miraba cómo los rayos del sol inflamaban las carrascas del monte. No me podía quitar de la cabeza a tu madre y a vosotros, a tu mañico y a tú. Pero tenía que marcharme. Ya me había ido más de medio año a Larroya. Desde que comenzó la primavera hasta que llegó el invierno. Pero eso fue el año de antes. Casi no saqué nada. Cuatro duros no más. Sólo sirvió para que dejáramos la casa de la abuela y alquiláramos, por dos duros al mes, la de la tia Pina, en el centro del pueblo, en la que tú luego encontraste los peines de las balas y acabaste tirándolos al fuego, que menudo susto nos diste. Casi nos matas a todos. ¿A quién se le ocurre echar las balas al fuego y esperar a que exploten? ¡Qué poca cabeza! Así es que con los cincuenta duros me dije que ya me podía ir hacia abajo.
            El mes de agosto había estado en El Alcamín un pariente nuestro que trabajaba en una fábrica de sacos. Estaba cojo. Bueno, le falta una pierna entera. Se la había puesto de goma. Ya no llevaba una muleta con la que se apoyaba en los sobacos. Tú ya sabes cómo era tu abuela. Que en aquella casa cabían todos. Así que un día, para la fiesta de la Santa, le dijo que viniera a comer casa. Bien que me acuerdo. Como no cabíamos todos en la cocina y como allí se hacía mucho humo con los troncos de la carrasca me acuerdo que comimos todos en la entrada. Allí por donde llegaban los mulos cuando entraban en la cuadra. Venía bien aquel lugar. Porque cuando volvíamos de labrar, o arrastraos en los días de la siega, les quitábamos allí mismo a las caballerías los aparejos y así no les pegaba el cierzo que sacudía en el corral. Pues bueno, ya te digo, allí en la entrada de suelo de tierra comimos. Digo de tierra porque en la cocina lo teníamos de piedra. Aún me acuerdo cuando pusimos las losas, bien grandes, de la piedra negra que trajimos desde los linderos del monte, por allá por la paridera de la Batiosa.
            Había venido Celedonio aquel año con su mujer. Y tu madre no paraba de decirme que le preguntara si tenía trabajo. Yo que me resistía y que me resistía. A ver, por qué me tenía que ir de El Alcamín. No paraba de darle vueltas. Qué iba a ser de vosotros. Aquí no había ningún futuro. Ya la guerra había quedado atrás. Ya antes todos los hermanos en casa trabajábamos y mal que bien comíamos todos. Pero yo ya me había casado con tu madre. Y ya habíais nacido tu mañico y tú. Y yo veía que en casa nunca había un duro. Y que si queríamos comer pues aún tirábamos porque en casa de la abuela, hambre, lo que se dice hambre, no pasamos nunca, pero dinero en mano, ya digo, nunca tuvimos un duro. Tu madre remugaba todos los días. Que si necesitabais unas alpargatas, que si íbais creciendo y la ropa se os quedaba pequeña. Y tenía razón. Luego, ya ves, menudas nos las hizo pasar por allá abajo. Que si aquí teníamos necesidad allá un fue más. Y ya sabes las veces que tuvimos que oírnos aquello de que si creíamos que ataban los perros con longaniza. Pero fue valiente tu madre. Siempre fue valiente. Mira que trabajó. Si se fue consumiendo poco a poco por vosotros. Siempre de un lado para otro. Arrastrada de aquí para allá. Fregando suelos en un sitio y otro. Y valiente, vaya si fue valiente. Ya te digo.
            Fue al final de la comida cuando se lo dije. Antes Mariano había echado unos cuantos redioses. Que cuando le daba el barrunto sacudía unas hostias que temblaba el santiamén. Pero bueno, todo fue bien. Celedonio me dijo que sí, que creía que tendría trabajo, que él era el encargado del almacén y que pensaba que haría falta algún mozo para cargar los camiones. Y cumplió, que siempre fue buen zagal. A los quince días de su marcha ya llegó la carta. Y que sería bien recibido y que no me preocupara, que de buenas podría dormir en su casa.
            Fue entonces cuando tu madre empezó a remugar. Y qué haría ella, que cómo os sacaría adelante a tu mañico y a tú. Me lié la manta a la cabeza y palante. Ya te digo que en Camañas, por las patatas, saqué cincuenta duros. No había ni una perra más en casa. Y la abuela tampoco me dio un céntimo. Le dije que tenía bastante. Le dejé a tu madre quince duros. Me llevé los otros treinta y cinco. Ya te digo que era un veintiocho de septiembre, cómo no me voy a acordar bien de aquel día. Llegué, y nada más llegar, me compré un mono que me costó doce duros. Doce, doce, que bien me acuerdo. Y eso que lo compré en la Plaza Redonda, por buscar el sitio más barato. El uno de octubre ya empecé a trabajar. Luego ya tú sabes todo lo que fue viniendo, que bien te dio por ponerlo  en los papeles. Ya sé que cambias algunos dichos y recoges lo que quieres como te viene bien. Pero las fechas son las que  te digo.
@cac.
            Habla con Juan Rulfo y con quien quieras, sube y baja por las Suertes, entra aquí entre nosotros y te diremos de esto y de lo demás allá. Pero ya sabes que hay tiempos que no se olvidan. Aquello ya sé que te marcó, que bien conozco lo que tú sabes, que a mí nunca me has podido engañar, ni a tu madre tampoco. Ya sé que ahora te pasas muchas tardes mirando hacia aquí, donde yo estoy ahora muerto para siempre. Recibo el sol cuando se va poniendo. Tú estás sentado en la era de Terrer y miras hacia aquí y hacia lo alto de la Sierra y sé que echas el vuelo hacia abajo, como esos alcotanes tan gallardos a los que sigues y sigues. Y le das vueltas y vueltas a las gentes y a las tierras. Y venga y venga, tú y tus alcotanes, hasta que llega la noche y entonces te encierras entre las maderas con que revestiste tu casa, con tus silencios rulfianos.

jueves, 17 de noviembre de 2011

La casa en otoño.

@cac.
   Las últimas rosas, los membrillos recogidos en el capazo, la pitacantra con sus ramos de frutos rojos y sus uñas afiladas, las cortina rasgada por los vientos novembrinos, las sillas cobijadas, los manzanos ya mostrando su esqueleto en ramas y la puerta.
            La casa está en silencio. Los juegos, idas y venidas de los nietos han quedado atrás. En el trastero aguardan las bicicletas arrumbadas otros momentos por caminos y veredas, los balones han perdido fuelle y ocupan los rincones, las marionetas duermen desmadejadas el sueño de una nueva vida en veladas invernales.
            Los caminos junto al río son una parva de hojas que se irán moliendo con las aguas y los fríos que vendrán. Arriba, en el monte, las encinas parecen más recogidas en sí mismas y los rebollos ya se han quedado desnudos en su ocre hacia la nada.
            Recorro estos caminos en las breves tardes silenciosas, acunadas por el rumor que ofrecen las aguas de las acequias ya sin riego en su arrastre suave de las hojas de los chopos hasta alcanzar el río ahora en un sonoro silencio.
            A los panizos aún les queda casi un par de meses para ser recogidos bien granados. Los voraces tejones, aquí tajubos, han abierto sus caños entre caminos y ribazos. El jabalí no se queda atrás y arrambla con lo que puede. Le gustan las panizas, las bellotas del monte y sabe cómo restregarse contra las nogueras para que caigan sus frutos que devora a cada rato.
            Las aves se han agazapado. Ya no cantan las codornices del verano, la perdiz huye del cazador, el abejaruco no vuela veloz desde su nido terrero hasta el río, algún cuervo queda rezagado, las grajas ya no vuelan en manada buscando el sueño entre las ramas de los chopos. Sólo algún cernícalo revolotea mientras los buitres inician su aleteo en manada para, bien parados y orgullosos, engullir los bocados picotados de algún animal muerto.
            Las ovejas rebañan los últimos alfaces de la vega mientras los secanos reciben los granos de la siembra en estos días sazonados por las lluvias.
            El trabajo va creciendo más pausado y los labradores manejan el tractor mientras observan cómo los aladros voltean la tierra y rastrean la semilla con la esperanza de una nueva cosecha.
            El otoño se ha teñido de esperanza.
            Llegan con su seguro paso de siempre los andares de Benedicto y de José cuando vuelven con sus ovejas al corral, conocedores de todos los caminos en tantos días de dale y venga. Los esquilos suenan suaves, como si la humedad de la niebla hubiera adormecido sus badajos.
            Me refugio con la anochecida en los libros. Me hablan en su soledad silenciosa cuando regreso a la casa en la espera de otros días venideros.
@cac.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Chopos, lluvia.

                       

De camino. Valdeconejos.@cac.
            El día ha amanecido nublo y por fin ha llegado la lluvia tanto tiempo esperada. Cuando llego a los esqueletos de la estación de Valdeconejos y a sus edificios anejos cae fina el agua que va filtrando “bien majo”, dicen, los campos de esperanza. El edificio que debió ser almacén de aquella vía nonata entre Teruel, las cuencas mineras y Alcañiz, se ha venido abajo y ya sólo es una parrilla aplastada contra los cimientos. La estación desafiante a los tiempos no tiene ni una teja sobre su armadura de hierro. Los dos edificios andan casi envueltos entre la niebla que viene y va y la lluvia que hace reflejar los faros sobre el asfalto de la carretera. Cuando estoy ya en lo alto del San Just tomo el desvío a Valdeconejos.
            He venido hoy, sábado 5 de noviembre. He acudido a la llamada de esas gentes agrupadas en torno a “El chopo cabecero”, o “Sollavientos”, o “Natura xilocae”, o “Aguilar natural” y aún otras, que llevan ya tres años en una cita anual para que quien quiera sepa de estos árboles tan singulares de la geografía turolense en torno a las veredas fluviales del Alfambra, del Pancrudo, del Jiloca, del Martín, del Guadalope o del Matarraña. Son los “chopos cabeceros” o “chopos camochos” como también se llaman.
            He caminado mucho tiempo y muchas veces acogido por su sombra en los veranos, casi cegado en las primaveras cuando abren la flor y lanzan con el viento sus vilanos, he recogido sus ramas para iniciar el fuego de la casa o sostener las judieras, he abierto a segurazos los troncos cortados por alimentar la estufa y aún ayudado a limpiar las vigas con la zuela para ensamblar el tejado del pajar. En los otoños, ya más tardíos, he mostrado a mis nietos las setas que crecen en sus troncos y he querido que huelan y sientan sus fragancias y colores verdiamarillos de las hojas que van alfombrando los caminos.
Chabier de Jaime da una lección.@cac.
            Esta mañana, por fin lluviosa y ya fría, he descendido hasta el regato que forman las escorrentías de las aguas de las tierras abancaladas en este Valdeconejos. La gente ha acudido puntual a la cita. A las diez de la mañana el trinquete, la plaza, la vieja lonja de un tardío y rural Renacimiento, tan frecuente en los pueblos cercanos al Maestrazgo, está llena.
            Con chubasqueros, impermeables y paraguas descendemos hasta la fuente y el lavadero, remozados hace poco. Allí comienza el camino, el paseo llano que nos lleva hacia el barranco del Hocino, donde ya la recogida de aguas se abrirá paso entre peñascos hasta que llegue por Las Parras hasta Martín, también del río, y luego seguirá después de una llanada por Montalbán buscando su cauce bajo. Los caminantes observan los ejemplares de tronco formidable, con sus caprichosas formas de su corteza centenaria, también los retorcidos sauces y los troncos invadidos por el paso de los tiempos mostrando su atractiva vejez que nos habla de vidas pasadas. Vidas pasadas cuando estos árboles cumplían un año y otro su función en construcciones, en calor de los hogares y en servicios para hombres y animales. Son hermosos y nos hablan una y otra vez de la vida y la cultura de estos pueblos.
            El camino está embarrado, los ribazos resbaladizos y de cuando en cuando un talegazo te espabila y señala que el campo, la vida aquí ha sido y es dura. Algunos de estos campos abancalados que forman esta val han sido ya labrados y aún sembrados en seco, ahora, el resto ya llenos de sazón, recibirán el grano a la espera de un invierno que ojalá sea de nieves y una primavera que los encañará para rendirse en un verano que aquí, en esta val, es tardo.
            Unos jovenzanos quieren espacar del barro del camino y de los ribazos resbaladizos y se meten por un bancal labrado y sembrado. Se clavan hasta el tobillo y cuando más caminan más se embarran. Sonrío mientras pienso que la tierra, por fin, está sazonada, que ha calado hondo y que el grano germinará. No puedo sólo pensar en esta mañana lluviosa y fría cómo un tronzador sube a un chopo altivo y enramado como si fuera un hombre araña y con habilidad corta sus ramas dejándolo en unos minutos mocho con su trabajo de escamonda. Van cayendo sus altas ramas y sacuden las verdiamarillas hojas que les quedan. Pienso entonces en los viejos tiempos, cuando a segurazos, como aquí se dice, eran cortadas con los golpes de los braceros. Pienso en las gentes que un día y otro labraban estos bancales con sus mulos y pienso ahora cómo los labras con tractores, y cómo tienen que pagar esos remolques y esos aladros y si podrán ahorrar algo para seguir invirtiéndolo un año y otro en abonos y compra de simiente, en un ciclo de dale y venga que aparece muy lejano entre, quizás, alguno que sólo ve un paseo con lluvia y frío. Y pienso también en esos molinos de viento que giran y giran en su runrún sin parar instalados sobre la cresta del cerro de la val.
            Todo ello me llena mientras regreso hasta el pueblo con las pocas gentes que aquí viven metidas en sus casas. La nave almacén donde se va celebrar una comida está llena cuando llego. Muchos no han venido a hacer el camino bajo la lluvia suave y fría. Me alegro de encontrar tanta gente. Tengo que volver a casa y no puedo terminar la jornada hablando con quienes sienten esta tierra, estos árboles y esta vida que se fue y, quién sabe si aún volverá en estos tiempos de miedos sin trabajo, en una España donde sobran corruptos, políticos que andan al pelo, y vivales de casta con gomina o corbata de burbuja inmobiliaria derrumbada.
Chopos en Valdeconejos.@cac.
            Me despido de las gentes agrupadas en estas asociaciones, les agradezco su esfuerzo y ya comienzo a descender de nuevo el San Just mientras por la Val de Jarque, tan hermosa entre las nubes y la lluvia, comienzo a descender El Esquinazo y alcanzo luego el Alfambra, donde encuentro de nuevo, en Orrios, mi río, mis chopos y mi casa.
           

lunes, 7 de noviembre de 2011

La Baronía de Escriche en Alfambra.-

                             


@cac.
    Lápida que conserva grabado el escudo de los Sánchez Muñoz, Barones de Escriche. Apareció entre los escombros depositados en una capilla dentro de la iglesia parroquial de Alfambra descubiertos en agosto de 2011. El escudo coincide con el que se concerva en la que fue su casa solariega que hoy alberga la farmacia de Alfambra.


Escudo de los Sánchez Muñoz conservado en la casa solariega que tuvieron en Alfambra. @cac.


Año 1.698, José Sánchez Muñoz, Barón de Escriche, instituye una donación para casar doncellas de Alfambra.
           La Baronía de Escriche, con sus herederos los Sánchez Muñoz, tuvieron casa solariega y grandes propiedades en Alfambra y fueron Comendadores y Caballeros sanjuanistas a lo largo del siglo XVII y parte del XVIII.
            




Año 1.698. El Barón de Escriche otorga cincuenta libras jaque8sas para una alfambrina doncella pobre y honrada que vaya a casarse. (A.H.N.) @cac. 





  ... ... ...  Item es mi voluntad que de cada pasaje que se cobre de los Caballeros cuando lleguen a ser Comendadores se hayan de dar de la primera paga de cada caballero cincuenta libras jaquesas para casar una doncella hija de la villa de Alfambra en esta forma:
            El Prior, el Alcalde y los Jurados de Alfambra darán una lista de tres doncellas pobres y honradas a mi sobrino Don Dionisio Sánchez Muñoz o a los sucesores en la Baronía de Escriche y patronato de esta fundación de las cuales dichas Don Dionisio y sus sucesores en el patronato deben elegir una y darle las cincuenta libras jaquesas el día de San Juan Bautista del mes de junio, al tiempo que se velara en la iglesia parroquial de Alfambra.
            Y esta limosna quiero que gocen las hijas de Alfambra todo el tiempo que el Prior de dicha iglesia de Alfambra sea religioso de mi hábito y que el priorato se provea por el Comendador de dicha Villa o por la Religión porque en caso de que dicho priorato lo provea el Obispo de Teruel como ha ocurrido algunas veces, o cualquiere otro como no sea de mi Religión es mi voluntad que la dicha limosna no se dé a las hijas de Alfambra, sino que se incorpore con el demás dinero a los pasajes para aumento de esta fundación. ... ... ...
  (Adaptación del original de Clemente Alonso Crespo.-)
  

viernes, 28 de octubre de 2011

Rulfo, Leonor se acabó de un repente.




@cac.
                Casi siempre tomábamos el camino de abajo, el de la vega, el de junto al río, por acercarnos hacia Larroya. Mis padres se metieron por él la noche en que bajaron desde El Alcamín hasta Larroya, por lo de la muerte de Leonor. Había llegado recién mi padre con un zurrón repleto de bellotas traídas de las carrascas de La Basquilla. Las estaba poniendo alrededor del fuego porque se enjugaran un rato húmedas como venían. Luego podríamos comerlas, con su sabor áspero que duraba un buen rato en la boca. Dos peroles grandes hervían sujetos por los badiles junto a las llamas en sortijas rojas que producían los cepurros de leña. Uno con agua para escaldar las sopas, el otro con las berzas de la cena. Fue entonces cuando apareció Mingarra, que decía que le habían dicho unos de Larroya que Leonor se había puesto muy mala, que muy mala muy mala y que mejor que se fueran para abajo. Y mi madre que dime la verdad, que si mi madre aún está viva y que si llegaré a tiempo. Y mi padre que si ya era noche cerrada y que mejor acercarse de madrugada. Y ella claro, como no es tu madre… Y mi padre que ya sabía la verdad, que la abuela estaba muerta, que le había dado un de repente y que se había quedado. Y mi madre rabiosa y de aquí para allá, sin acertar a hacer nada.
                Así es que vino y se me llevó el abuelo Repoyo. A la mañana siguiente nos fuimos por el camino de abajo, por el de la vega, junto al río. Y ya llegamos al entierro. En la casa, ya en Larroya, las gentes en la cocina oscura no paraban de entrar y salir. Las primas masoveras, de las que había oído hablar pero no conocía, preparaban los pucheros y las frituras en la sartén, alumbradas por las llamas del fuego. No había luz en la casa y la cocina con sólo un ventanuco que miraba a la bodega, hundida y húmeda. Y arriba, en la alcoba, mi madre, ya enlutada, lloraba y lloraba, junto a sus hermanas.
            Me habló el Repoyo por el camino de las tierras labradas, del tiempo de la siembra, de los momentos del riego, de los secanos barbechos, de los linderos larroyos. Fue entonces cuando me dijo cuando les dieron la tierra, de los trabajos del concejo, de los inviernos pastores en el viejo Reino. Me dio la lección cuando caminamos hacia Larroya, por el entierro de Leonor. Allí, en el entierro le vi por primera vez su calva blanca, cuando se descubrió ante su consuegra. Y miré a mi madre con su pañuelo negro sobre la cabeza, el que duró un par de años ya en El Alcamín, en invierno y en los veranos, cuando le caían las gotas de sudor por su cara a la hora de recoger los alfaces o en el entrecaveo de las remolachas. Y sus hermanos también de luto, sin poder salir de casa. Luego, a los dos años justos, una buena borrachera, por celebrar el primer día en que se enterraba el luto. Padre arriba, en un rincón, encerrado en silencio, como casi siempre.
            A la vuelta, en El Alcamín, el fantasma de Leonor se me aparecía en todos los rincones. En la alcoba de mis padres, en el corral estrecho de altas tapias ocupado por el puerco y sus orines fermentados, en la cuadra sin mulos donde aparecieron las pistolas y las balas de la guerra pasada entre la paja abandonada del pesebre. Cuando volvimos a la casa seguían los pucheros junto al fuego apagado. Toda la casa habitaba el helor del abandono. Por las noches siguientes se acercaban las vecinas, por velar junto a mi madre, que lloraba y lloraba siempre tapada su cara por el pañuelo negro, y las sayas también negras, tintadas en el agua hirviendo de los calderos de cobre, tejiendo la toquilla, negra como el hollín, que le siguió con los años.
@cac.
            En las veladas seguían hablando de la noche de perros cuando el camino a Larroya. No había luna y los barros estaban helados. Llegaron bien hasta el prao San Miguel pero ya no acertaron a encontrar el paso del puente de vigas de chopo cubierto con ramas y céspedes cavados. Cruzaron, a tentón, el cauce helado, y ya sufrieron el primer talegazo. Los dos por el suelo, levantados después de una buena costalada. Echaron hacia el camino de la vega, por ir más a lo seguro. Un poco más hallá de la Vega Lambra ya las ramas desnudas de los chopos les dejaban como ciegos. Así que volvieron otra vez atrás por el borde la glera del río. Distinguieron el molino Lamaquila y echaron hacia arriba por la cuesta de los gamones, la misma que tú descendiste, Rulfo, entre los tropezones por las piedras afiladas. Alcanzaron las trincheras del alto y de nuevo volvieron a tropezar y a caer cuando el descenso hasta la masada de La Lamia, en aquellas horas sin ni siquiera un candil encendido que les marcara el camino, que los masoveros dormían su sueño.
            Por la curva de los olmos comenzaron a ladrar los perros, cuando ya estaban en la casilla de los camineros. Aúuuuuu, aúuuuuu, el aullido de la muerte. Una y otra vez. Y mi madre el es mal presagio. ¿Ves? Está muerta. Y mi padre metido en su silencio. Luego ella lo contaba una y otra vez, en las veladas al arrimo de la estufa, cuando nos juntábamos por quitar el frío, cuando las vecinas se llegaban por acompañarla, dándole al venga y venga del tejido de los piales, en los largos silencios y en los ay suspirantes de mi madre, el largo lamento silencioso, de la nostalgia de los tiempos pasados, de la vida que se acaba, del que no somos nada, de total son cuatro días, del que no hay más remedio, del que a la larga todo se acaba.
@cac.
            He vuelto, Rulfo, en esta noche lunera pisando los barros helados. Desde el porche miro el camino por encima de los tejados de las casas de Catalán, de Fraile y de Antón, veo el camino y los prados y me llego sin moverme hasta la Vega Lambra, por el rastro del río marcado por los chopos, y me dejo llevar por todos los caminos de la mano del abuelo Repoyo, una y otra vez por los ribazos y las trincheras de los gamones y las piedras afiladas, cuando los perros de Rufino y de Gregorio me ladran sin conocer las sombras que la luna recorta desde la barbacana de la era de Terrer.


martes, 18 de octubre de 2011

Alfambra y Malta. Relojes analemáticos.

     


Biblioteca nacional de Malta.@cac.
                 Estos días de celebraciones pilaristas en un otoño de verano tan sin lluvias he estado recorriendo la pétrea isla de Malta y su hermana menor Gozo. Tantas veces había estado allí con los documentos sanjuanistas y nunca había puesto los pies en esta isla estado tan traída y llevada por los tiempos de la Historia por fenicios, romanos, turcos, musulmanes y cristianos, españoles, ingleses, franceses... interesados todos en su dominio como lugar de estrategia privilegiada en los intereses políticos, que no son otros más que dominio económico en unos u otros tiempos.
                 A mí me interesba sobre todo conocer  esos lugares donde llegaron los sanjuanistas para establecerse y levantar tantas fortalezas y tantas iglesias con cúpulas a imagen y semejanza del Vaticano del que fueron beneficiados servidores. He podido acariciar las piedras sillares que confortan todas las construcciones civiles, militares y religiosas de Malta extraídas desde cualquier cantera de cualquier lugar, porque en definitiva Malta y Gozo y Comino, islas de este estado maltés, no son más que un compacto pétreo habitado por medio millón de personas arracimadas en torno a las fortalezas, ciudadelas e iglesias que levantaron esos monjes soldados que tanto sabían de propiedades agrícolas en España y de finanzas en todo el Mediterráneo.
            Hubiese querido tener más tiempo para engolfarme entre los documentos que alberga su Biblioteca Nacional, en el mismo centro de La Valeta, la capital  ciudad amurallada en el puerto grande cuya fortaleza es proa anclada que vigila el Mediterráneo.
La Valeta. Reloj analemático.@cac.
           En esa Biblioteca se guardan, entre otros muchos documentos, los originales firmados por los Grandes Maestros de la Orden referidos a las Encomiendas de Orrios y Alfambra cuando eran nombrados los Comendadores correspondientes. No sé si algún día volveré a esa Biblioteca.
           De momento traigo aquí un docuemnto que me encontré mientras caminaba las enlosadas pétreas calles de La Valeta. Justo enfrente de la Biblioteca Nacional, un edificio de los menos valiosos por su arquitectura mantiene en su fachada un reloj analemático que me recordó el construído en la ermita de Santa Ana, en Alfambra. El de La Valeta instalado sobre una fachada, sobre un rectángulo, el segundo en los terrenos cercanos al edificio de la ermita, circular.
Ermita de Santa Ana. Alfambra. reloj analemático@cac.
           El tiempo histórico tiene estos caprichos. Estoy seguro que ninguno de los que promovieron la instalación de estos relojes sabían de la futura relación encomendera.

 

sábado, 8 de octubre de 2011

La Cayetana y el Esperpento... dos.

         ... ... ...
...ele, ele... Cayetana
          MAX.- El esperpentismo lo ha inventado Goya. 
... ... ...
          MAX.- La tragedia nuestra no es tragedia.
Ahí  queda eso... después de la boda.
          DON LATINO.- ¡Pues algo será!
          MAX.- El Esperpento.
... ... ... ... ... ... ... 
          MAX.- Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con un estética sistemáticamente deformada.

         DON LATINO.- ¡Miau! ¡Te estás contagiando!
         MAX.- España es una deformación grotesca de la realidad europea.
         DON LATINO.- ¡Pudiera! Yo me inhibo.
         MAX.- Las imágenes más bellas en un espejo cóncavo son absurdas.


... ... ... Ramón del Valle Inclán.- Luces bohemia, escena duodécima, 1.922.




.....................................................



... Y Goya...




        
    

jueves, 29 de septiembre de 2011

La guerra incivil.

      
El contenido de estos botes alimentó a los soldados. @cac.
        Unos botes oxidados y una bala. Los encontraron Max y León mientras esquivaban las piedras aristadas, las aliagas, los erizos y una encina enraizada entre los restos atacados por el peso y el paso de los tiempos, en una de las trincheras picadas en zig zag sobre el cabezo pedrizo que domina el descenso de la carretera entre Alcañiz y Teruel, justo en la mojonera divisoria de los términos de Orrios y Alfambra.
       Uno de los muchos lugares marcados por aquella guerra incivil, por muy civil que la llamaran. Uno de los abundantes asentamientos de los soldados marcados por el destino de sus vidas a ocupar un día sin otro estos lugares señalados en los planos como cotas a defender u ocupar.
      Desde aquí, desde este lugar en donde mis nietos aún niños han encontrado, aún hoy, estos botes y esta bala, los soldados rebozados en sus mantas, casteñeteando sus dientes en la tembladera del frío, hartos de picar trincheras, derrumbados por el sueño en las noches de hielo y los días de niebla congelada, desde aquí, digo, estos soldados maltrechos calzados con rotas alpargatas de esparto, maldecían su destino mientras veían en su vigilancia sin espera los altos de Palomera al oeste y la sierra de El Pobo al este, al aviso del discurrir sobre la carretera que por el Esquinado y San Just quedaba atrapada en los estrechos mineros de Montalbán y Aliaga.
      Mozos veinteañeros venidos de no sé dónde en la geografía española, sin conocer ni siquiera dónde estaban, ni por qué tenían un arma entre las manos. Algunos valencianos enfebrecidos de miedo por el frío, atacados en las orejas y los dedos por las escoceduras de los sabañones. No entendían nada. Sólo un día y otro el recuerdo de la novia que quedó allá o la espera de un paquete con algo de comida que hiciese olvidar por un rato esas judías, esos garbanzos, esas sardinas que albergaron estas mismas latas que hoy han enconmtrado mis nietos.
        Judías, garbanzos, sardinas en lata calentadas con un minúsculo fuego de aliagas, tomillo y alguna rama de carrasca entre las piedras que hacían de trébedes.
       Ahí están ahora con el recuerdo de la señal de un machete que sirvió para abrir lo que hoy no es más que una herrumbre de hojalata, y una bala de aquellas mismas que en los años cincuenta, ya del siglo pasado, los entonces zagales vendíamos al chatarrero por la nada de aprovechar el cobre, cuando no la expotábamos entre la lumbre de alguna hoguera donde nos dejamos algún dedo amputado.
       Frío, hambre, soledad, muerte, en el recuerdo de unas latas y una bala.
       La incivil guerra.
Sobre estos terrenos... la incivil guerra. @cac.
      



domingo, 18 de septiembre de 2011

Chopos camochos, en Orrios

Orrios. Chopos camochos.@cac.
         Aquí se llaman chopos camochos, en otros lugares cabeceros.
         El chopo es el árbol más singular de estos lugares. Siempre crece al arrimo de algún ribazo, en las orillas del río, junto a una acequia, a la vera de alguna fuente.
            Ha protegido a las gentes bajo su sombra en los veranos, ha provisto de vigas en la construcción de viviendas y cobijos a lo largo del tiempo,  ha servido para calentar los fuegos durante los largos inviernos, se han utilizado sus ramas como empalizadas y tarrancleras, cuando aún débiles han sujetado las judieras, han servido de alimento a las ovejas, han albergado los nidos de las aves,  han acogido los juegos de los más jóvenes y protegido la sofoquina de quienes ya entrados en edad reciben la caricia evocada por Machado en la lira de sus hojas.
          Aquí les llamamos camochos, porque, con la escamochada, se quedan mochos.
          Todos los que aquí traiga están en Orrios.



Orrios. Chopos camochos.@cac.


Orrios. Chopos camochos.@cac.


Orrios. Chopos camochos.@cac.


Orrios. Chopos camochos.@cac.
Orrios. Chopos camochos.@cac.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Orrios tiene Biblioteca Pública

                           Biblioteca de Orrios


    Sí, Orrios tiene, por fin, una Biblioteca pública.
 Costó tiempo y hasta sinsabores, pero ahí está. En un edificio de la plaza del Barrio Alto, ocupando un espacio limitado por las piedras de la barbacana que sujetaba los desniveles de lo que en tiempos fue llamado el Castillo, mirando a la torre de la que fue iglesia vieja, orientado al sur para recibir la luz del sol de todo el día. Ahí está para quien quiera acceder a ella.
         Costó más de tres años conseguir dotarla de una estantería, unas mesas y unas sillas, y malentendidos con algunos politiquillos que buscaban sus arrimos cuando les interesaba y hacían escribir cartas cuyas palabras no entendían, pero ahí está para quien quiera hacer uso de sus libros, de sus revistas, de las fotografías de sus gentes, de sus discos grabados con documentos de la historia de Orrios.
         En un breve acto entre las fiestas de este último verano, con la presencia de quienes quisieron y con la llamada sonora de la banda municipal de Utrillas el Alcalde, Daniel Marzo, la inauguró y agradeció la donación. No hubo ningún representante de la política comarcal o provincial. Menos mal. No nos hacían falta.
       Media docena de adolescentes abren y cierran la sala de lectura cuando alguien la precisa. Quien quiere se lleva los libros que necesita y los devuelve en su tiempo de lectura. Los álbumes de fotos a veces descienden hasta la plaza y los vecinos miran, dialogan y recuerdan otros tiempos.
         Es un lugar abierto para que en él se junten las gentes que quieran para los momentos que necesiten. Los libros y revistas ya no caben en las estanterías, los viejos pupitres de la escuela y un armario de los viejos tiempos esperan su reparación. El ábaco desaparecido que nos enseñó las cuentas marca invisible el paso del tiempo.
         Ahí está, desafiando a los tiempos de silencio lector.
       




        

miércoles, 31 de agosto de 2011

Esa es Florentina, Juan Rulfo.



                  
           Rulfo, mira a esa mujer que sube ahora de nuevo, cuando los demás ya se llegan camino de la iglesia por debajo de la era Baguena. Es la misma que esta mañana cogía el calor del sol en la puerta de su casa, junto a la herrería. Se llama Florentina. Sus ojos, ahora ya casi ciegos, lo han visto todo. Su boca nunca ha levantado la voz y su cuerpo y su cara parecen un imán que haya atraído todas las desgracias.
         Yo no conocí a su marido, pero con sus hijos varones sí que tuve que ver. No venían a la escuela con  nosotros. Iban todos los días a Benialba. Tres quilómetros de ida y otros tres de vuelta. Y no faltaban ningún día. Su padre dijo que a la escuela a aquel pueblo, que no a la de El Alcamín. Nunca oí una palabra mala del padre de los Romeros. Por qué se enemistó con el maestro nadie nunca dijo. Florentina tampoco decía casi  nada. Sólo de cuándo en cuándo que si quieres merendar, que ella no tendría pero siempre había un bocado para los demás.
         Desde aquí no puedes apreciar los surcos profundos de su cara, Rulfo. El abuelo Repoyo le labró las laderas que le tocaron cuando les dieron la tierra. Ya Florentina se había quedado sin hombre. Se lo llevó por delante un frío agarrado en un día de tronada en que estaba regando en la zaica grande. Ya no hizo tiro. Al poco comenzó a toser y a toser y le vinieron las tembladeras cuando ya los emplastos no le bajaban las fiebres.
         Yo nací a los dos años de morir su Romero. Florentina venía por la casa a pedirle a la abuela la levadura para fermentar el pan, paraba en la bardera de los huertos al apoyo de su costal de alfaz segado con que cargaba y también, en los inviernos, venía a echar una mano en el capolar de los mondongos.
         Han pasado los años y ella sigue en pie. Se han muerto ya todos y ella es la más vieja del lugar. Ni se sabe los años que tiene. Siempre con sus haldas y su toquilla negra y su pañuelo, también negro, atado a la barbilla.
         Y de todas todas quería pagarle al abuelo la labranza de las tierras, las que les dieron allá en el Pelarcho. Y el abuelo que no decía nada. El abuelo no hablaba. Para qué. Quien quería entenderlo lo entendía. Luego dijo aquello del relámpago entre dos mundos y lo de la verdad es la verdad lo diga el sabio o su porquero. Para qué hablar. Bastaba con echar una mano sobre el hombro, o chasquear la lengua, o rascarse la calva debajo de la boina.
         De eso sabía Florentina que tampoco habla mientras sigue por el camino de las Suertes. Junto a los brazales que sujetan los huertos, en la barbacana que mira al Regajo junto a los ribazos aún humeantes de este viernes santo.
@cac.
         Hace un par de años, mientras velaba a su hija, al yerno y al nieto muertos en el accidente de Santágueda, allí mismo, en el tanatorio de la gran ciudad desvencijada, aún me preguntó por mi madre, muerta un mes antes en el anonimato de un hospital sin solución. Allí estaban detrás de un cristal su hija, su yerno y su nieto. En un santiamén se los había llevado un camión por delante, en las rectas de Santágueda, un domingo de calores abrasados. Habían estado con ella y volvían al tajo en el suburbio ibero de los pisos amigrados. Los tres se fueron al otro barrio desvencijados frente al viento del bochorno.
         Ahora sólo le queda Agustín. Primico, primico me dice cuando nos vemos. Le gusta que le invite a una copa de mistela. Desde que lo supe no ha faltado la botella en la casa que levanté en la era de Terrer. Con la copa de mistela en la mano no para de hablar Agustín. Hay que frenarlo. Se bebería la botella entera y luego le sienta mal. También le gusta el turrón. Un día que bajé hasta Turba encontré uno del mismo sabor de los que traían cuando por santa Beatriz. Sin dientes lo rosiga y lo lame y habla y habla. Se quedaría horas y horas hablando y hablando con palabras enriscadas que casi no entiendo y dándole al primico, primico sin dejar que le contestes.
         Con su hermano Sabino me encontraba a veces en el parque de los álamos junto al caserón de la biblioteca con la estatua de Luis Vives. Sentado en un banco me hablaba de los dineros que mandaba todos los meses a su madre, sin jubilación alguna, sin ninguna tierra de la que poder vivir, sin ni siquiera un huerto. Me decía también de la locura de su hermano Agustín, con el que se entendía desde chico, con quien después de dejar la escuela en Benialba, carreteaba con los machos llevando el poco centeno que recogían o echaban jornales juntos en el descardar de las remolachas.
         Sabino sabía que su hermano iba a menos, que la cabeza se le volaba cada vez más, que él era su único sostén, que su madre le hablaba, a él sí, de su hermano, y que Sabino contestaba sí, madre, sí, no se preocupe usted. Y estaba contento en el Gran Hotel, en medio de la ciudad, cercano a Pie de la Cruz, el barrio de las putas, la escapada que se permitía de cuando en cuando Sabino. Y allí fue donde cogió lo que enganchó, y al poco se quedó seco y seco. Y eso es lo que me repite una y otra vez Agustín primico, primico, se volvió al pueblo y seco y seco, y se murió.
         Ahora su madre camina seca y arrugada por el camino del brazal de las Suertes. Tan vieja como siempre, la más viva entre los muertos, la más muerta entre los vivos. Me habla en silencio, como el Repoyo, como todos estos, como tú, Rulfo.
@Juan Rulfo.

sábado, 13 de agosto de 2011

Fraile en "El Alcamín"


                                                 
                                                                  El fraile patatero


         A pesar de los años pasados y de los castigos de la edad no tuve ninguna duda de que aquel era el fraile que conocí en mis tiempos de El Alcamín.
         Estábamos en la sala de reunión de los archiveros el día anterior a la Navidad, cuando celebrábamos la fiesta rodeados de anaqueles y balduques, a mitad de camino de la grabación de los documentos en facsímiles y discos informáticos.
         Alguien desde las oficinas había llamado hasta el piso destartalado que asisten los Hermanos de la Cruz y la Resurrección en la calle de La Harina.
         Entró entonces cubierto con un guardapolvo blanco a manera de los enfermeros y una cruz de madera sujeta al pecho por una cuerda que le colgaba desde el cuello. No dijo nada. Mientras los archiveros y oficinistas disfrutaban de la amistad en la fiesta comenzó a guardar los restos de panes y pasteles, las lonchas de jamón y salchichón sobrantes, los untados con patés, los turrones y hasta las mediadas botellas de vino y las cervezas sin abrir. No dijo una palabra. Lo puso todo en una panera y se marchó por donde había venido. En aquellos apretados minutos no dejé de observarle y comprobé que aunque el tiempo lo había marcado con achaques, el hermano de la Cruz y la Resurrección un tanto cojitranco que hasta allí había llegado era el mismo fraile que decíamos patatero cuando mis tiempos de El Alcamín.
         Fue el más veterano de los archiveros quien me habló del hermano de la bata blanca y la cruz de madera al cuello.
         Andaba cercano a los sesenta, tenía el pelo cano y surcaba la cara y frente por los labrados de la edad. Arrastraba algo la pierna derecha pero se movía inquieto mientras recogía los restos dejados por los colegas, pero tenía la misma viveza en los ojos humildes que traía cuando se llegaba hasta El Alcamín por guardar las patatas de la limosna.
         Llegaba por los primeros días de noviembre, cuando ya el tiempo se ponía frío y las patatas estaban protegidas en las bodegas por temor a las heladas. Iba pasando por todas y cada una de las casas del pueblo y recogía la cosecha por caridad. En alguna tan solo le daban una docena de patatas que tampoco les sobraba nada a las gentes de El Alcamín. En mi casa la abuela siempre le entregaba medio saco y el fraile patatero se cargaba el zaquilote a la espalda y lo llevaba hasta la posada en donde iba amontonando las limosnas que luego se llevaría en un carro tirado por una mula moyana hasta su convento en Turba.
         Oí decir a mi abuela que el fraile de las patatas se metió a tal porque allí, en el convento, se aseguraba el condumio. Había andado de dulero por los cerros de El Alcamín antes de comenzar la guerra, cuando zagalote. No debió darse mucha maña para el oficio porque se decía que solía perder las ovejas mientras se quedaba encandilado mirando las nubes por el día y las estrellas en las noches de estío.
         Cuando el frente de guerra llevó a las gentes del lugar a la evacuación él se quedó como lazarillo entre los frailes de San Nicolás y ya siguió como hermano lego en los tiempos en que le conocí. Nunca le escuché palabra entonces. Sólo sé que llegaba a casa vestido con unas sandalias viejas, casi como las albarcas con que andaba cuando ejercía de dulero, entre las que rastreaban unos pies desnudos retorcidos y un sayo frailuno de color marrón maltratado por el desgaste de los tiempos. Llegaba a casa, trazaba una mueca de sonrisa, recogía las patatas, volvía a dibujar la alegría en su cara y se marchaba con el costal al hombro. Poco menos lo mismo que había hecho con las sobras navideñas.
         El más viejo de los archiveros fue quien me dijo que desde hacía cuatro o cinco año vivía en un destartalado piso de la calle de La Harina. Ya hacía tiempo que no iba por los pueblos recogiendo las patatas de la gallofa. Desde el convento de San Nicolás ya no salía para limosnear los lugares cercanos sangrados en tiempos pasados por los diezmos y las primicias.
         El fraile patatero se encargó de mantener durante muchos años la limpieza del convento y marcó las horas para los diferentes rezos además de abrir y cerrar las puertas del recinto. Entre rezo y rezo se acercaba hasta el asilo de ancianos cobijado en la huerta debajo del viaducto. Ayudaba a servir la comida, cortaba las uñas a los abuelos, los lavaba y hasta los acompañaba para ir a dormir. Por eso entendí que un día dejara sus hábitos marrones de hermano lego se San Nicolás y se cobijara en los barrios de la mugre de la vieja Salduba.
         Abandonó el convento levantado con piedras calizas bien ensambladas, dejó las rejas labradas por expertas manos y olvidó los arcos para esconderse en el desvencijado piso en el que atiende ahora a los sin nada y sin nombre.
         Por todo hábito se puso encima la bata blanca y la cruz de madera colgada al cuello que él mismo se fabricó. Tuvo sus trifulcas con el obispo porque el curial no entendía aquello de vivir en la miseria.
         Cuando yo me llegaba puntual al trabajo, antes de las ocho de la mañana, veía pintada una cruz azul junto a un balcón casi en ruinas en el que manos temblonas habían escrito aquello de “sólo la cruz salva”. Por el portal entraban, a través del viejo y oscuro zaguán, una pareja de abuelos, hombre y mujer, con las señales de una mísera necesidad en sus rostros. Iban a esperar el desayuno que todas las mañanas les ofrecía el ya lejano fraile patatero. Durante todo el día pasaban por allí los más necesitados del barrio de El Gancho, convertido ya en casas arruinadas, solares llenos de basura y escombros, habitáculos mugrientos, nidos de drogadictos sin techumbre y lugares sin remedio abocados a una muerte cierta y cercana con los castigos del sida señalados con pupas en los brazos y en las caras despellejadas.
         Poca gente sabía del camino que el antiguo petitorio de patatas en El Alcamín había seguido hasta llegar allí. Sólo que estuvo dándole vueltas y vueltas a marchar hasta las tierras de los desheredados en las selvas africanas o de los humedales embarrados junto al lago de Managua o de la pobreza chiapateca. Se quedó aquí hasta acabar su vida con los sin techo, con los enloquecidos sin dientes en el abandono de la basura y la escoria, para acoger a los que llegaban subidos en su viejo triciclo con las piernas cortadas y una sonda colocada para evacuar la orina, a quienes tenía que llevar en brazos para que se sentaran junto a la mesa en donde siempre tenían a punto una sopa caliente.
         No le importaba lo que dijeran las gentes del obispado, las rarezas que había puesto en los documentos que presentó para legalizar la orden, los sudores por el esfuerzo de todos los días entre los pucheros, la recogida de las sobras de los hoteles, los temblores que comenzaban a calambrar sus brazos agotados por el sueño de todos los días. Iba y venía con su esfuerzo y su silencio entre la sonrisa vivaz de sus ojos ya cansados, los mismos vivarachos que ponía cuando se llegaba cuarenta años antes por recoger la patatada de las gentes de El Alcamín.
@ Juan Rulfo. Hambre.