lunes, 25 de julio de 2016

Alfambra. Historia de la construcción de la iglesia actual.



 Si les apetece pueden acudir el próximo día 2 de agosto, a las siete y media de la tarde a la charla de ampliación que se celebrará en el Ayuntamiento de Alfambra..



                         Conocer la historia de Alfambra (Teruel)
                    El edificio de la iglesia. Historia de su construcción
La actual iglesia de Alfambra hacia 1930. (Cortesía de Joaquina Castellano)





Altar mayor de la iglesia de Alfambra hacia 1930. (Cortesía de Joaquina Castellano)

                        



La torre de la iglesia de Alfambra hacia 1960. Tomada de la web "Teruel en imágenes"

La torre de Alfambra en 2015.

El cuerpo y la torre de la iglesia de Alfambra en 2015.

La iglesia de Alfambra vista desde la bajada de iglesia vieja. Foto tomada de la web "Teruel en imágenes".






   Año 1.447.-

. En el folio 632 del Índice de Espés conservado en La Seo de Zaragoza se lee: “La iglesia del lugar de Alfambra era por el tiempo pequeña y el retablo mayor muy pobre y casi perdido de viejo, y considerado por el Comendador fray Bernardo Hugon de Rovaberti que poseía aquella Encomienda lo que necesitaba se ampliase la iglesia y lo que convenía hacer un retablo de nuevo deliberó de hacerlo. Así a 27 de julio el Arzobispo le dio permiso para ampliar la iglesia y asentar el retablo mayor de nuestra Señora que se había labrado de nuevo”.

Año 1.597.-

. En el Archivo histórico nacional, OO.MM. 8132, aparece  Jaime Felipe, síndico de la villa de Alfambra y dice que “la iglesia no puede ser ampliada en su sitio lejos y en sitio áspero. La mayor parte del año … no se puede subir a ella y muchos de los vecinos no pueden asistir a los oficios divinos, además de por su antigüedad está muy derruida y perdida y ser tan corta y la villa estar tan aumentada y la mitad de su gente no coge en ella”.

Año 1.598, 11 de agosto.- (A.H.N. OO.MM. 8132).- 

. “Nosotros fray Hernando Ruiz de Prado y fray Carlos Ferrán hacemos fe y verdadera relación que … nos fue presentado un instrumento público de comisión en el cual se nos manda hagamos visura del sitio y patio donde está la iglesia de dicha villa de Alfambra y la descomodidad que hay para que los vecinos de dicha villa suban en el tiempo de lluvias a oir misa a ella… Hemos visitado dicha iglesia la cual está algo apartada del lugar y en subida de manera que se echa de ver claramente que en tiempo de nieves aguas y calores está muy desacomodada y apartada del lugar para poder oír misa a ella.”

Año 1.627.- (A.H.N. OO.MM. 8134). 

. Se firman unas capitulaciones entre la Villa y la Castellanía de Amposta a la que está sometida la Encomienda de Alfambra. Son prolijas estas capitulaciones. Selecciono algunos apartados.

         . Tres años antes se le hizo gracia a la villa del pago de la mitad de la primicia, perpetuamente, para que con ella se hiciese y fabricase iglesia nueva.

         . En este año 1627 se propone que la primicia eximida sea por años limitados.

         . Se pide que el Concejo de la villa entregue unas casas para que las habite el Comendador.

         . 6.500 escudos (130.000 sueldos jaqueses) pagará el Comendador que de presente es de la villa de Alfambra y el Comendador y Comendadores que por el tiempo serán de la dicha villa y Encomienda en tiempo y por tiempo de 26 años.

         . Para su construcción los jurados, oficiales, vecinos y moradores de la villa de Alfambra se obligan a fabricar una iglesia nueva, torre y cementerio en la parte opuesta en que ahora está la ermita de santa María Magdalena. Para lo cual la villa debe dar y comprar todos los sitios que fueran necesarios para levantar la iglesia.

         . La villa y el Concejo se obligan a principiar y hacer fabricar la iglesia nueva, torre y cementerio en un plazo de diez años.

         . La villa podrá mudar a la iglesia nueva las campanas de la vieja.

         . La villa se obliga a conservar como ermita la iglesia vieja.

         . Si el señor Comendador quisiera hacer un pasadizo desde sus casas hasta la iglesia tendrá facultad para hacerlo.

         . Los documentos de esta capitulación se guardarán en un archivo con tres llaves. Una la tendrá el Comendador, otra el Jurado mayor, otra el Vicario o Prior de la iglesia.

         . El dominio o propiedad de dicha iglesia nueva será perpetuamente de la Orden de San Juan de Jerusalén.



Año 1.659, 14 de junio.- (A.H.N. OO.MM. 8134)l

                  . Se entrega la iglesia de Alfambra terminada. La recibe en nombre de la Castellanía de Amposta el Comendador de Orrios y Albentosa D. Francisco de la Figuera, ante el notario de Alfambra Domingo Escobedo y los regidores de la villa Diego Galindo, Gerónimo Felipe y Blas Bellido.

         . Los Maestros Albañiles Martín de Abraria y Domingo Yzquierdo entregan un documento al Comendador en donde se dice que la piedra labrada y mampostería de la iglesia la hallan con toda perfección, la torre está de piedra bien trabajada, las bóvedas bien montadas y trabajadas, las dos sacristías con toda perfección, el ladrillo de la iglesia algo desguarnecido debido a las sepulturas que se han abierto después que se enladrilló, la portada de la iglesia de piedra y de algez está con toda seguridad y firmeza conforme al arte.



       Año 1.731. (A.H.N. OO.MM. 8131).  Reedificación de la torre.

         . En el Proceso de los mejoramientos de la Encomienda de Alfambra relatados por su Comendador fray Vicente Zapata de Calatayud se habla de la reedificación de la torre.

         . Cuatro años antes, en 1727, “se halló desmontada la torre de la iglesia parroquial y a fin de que se pusiese nueva y cumplidamente construir hizo depósito de dos mil libras, moneda valenciana, en la caja de la Recibiduría de dicha Castellanía y para la dicha reedificación le fue concedido el tiempo de cuatro años”.

         . El Maestro Albañil Juan Francisco Garcella justifica que dicha torre es de fábrica suntuosa y bella según su planta y perfil, con sus esquinas y contraesquinas labradas, con su talud en el primer cuerpo, con su vocelón de piedra labrada en el tercero, su cornisa de donde mueve el cuerpo de campanas, con sus perdernales, sus pilastras, capiteles, alquitrabes, friso y cornisa, con sus ventanas rasgadas, con sus bóvedas y barandilla, pirámides, bolas, remate correspondiente, con sus cantellas en los cuatro ángulos, segundo ventanaje y encima una aguja bien proporcionada, todo según arte y arquitectura, con su escalera muy buena a la castellana.



         . Año 1.937.- Como consecuencia der la guerra civil se destruye el retablo del altar mayor y casi todo el coro.

         . Hacia 1960 se reforma el coro y se hacen desaparecer los restos que quedaban de él.

         . En los años setenta del siglo pasado se levanta el suelo y se sustituye por el actual. Desaparecen casi todos los restos de lápidas y sepulturas efectuadas en la iglesia.

         . En 2.010 se instala un nuevo retablo en el altar mayor.

        . En 2.012 con motivo del hundimiento de una capilla se observan restos de sepulturas. Tras su excavación se reconstruye una lápida grabada en granito negro de la familia Sánchez Muñoz.

         . En 2014, sobre la pared del coro, se superponen pinturas litúrgicas.
                . En 2.015 se protege la cimentación exterior de la iglesia para protegerla de la humedad.

        
        
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viernes, 15 de julio de 2016

Fiestas en Orrios.



    Ahí les dejo mi colaboración de este año en las fiestas patronales de Orrios en los días finales de julio.  La recibirán impresa sore papel junto al programa de fiestas.
    Con mi deseo de que disfruten las fiestas.
    Ojalá sean fraternas y respetuosas.
    





miércoles, 13 de julio de 2016

Venezuela no existe, Teruel tampoco.



       Se acabó la intoxicación del bla, bla, bla de las elecciones. Ya no interesa que Venezuela exista. Como Teruel que sólo existió la última tarde del cloaqueo del bla, bla, bla y televisivo. Por allí apareció el Presidente en funciones de no sé qué ... fuese ... y no hubo nada.
     Pero Venezuela existe y Teruel existe.
Aunque en ocasiones los espíritus malignos aparecen en la historia de cada quien. Así me ocurrió a mí en el veraoo del año 2.000, cuando me encontré la aparición en carne mortal de nuevo, según los cánones inquisitoriales de la iglesia católica eterna, del mismísimo loco y enloquecedor Lope de Aguirre, baztanés sin rumbo ni ley, quien quemó, destruyó, degolló a cuanto ser se le puso por delante, incluida su propia hija, en las tierras de los llanos venezolanos, en los mismos lugares en donde nació y creció el autodeclarado bolivariano Hugo Chávez.
     Lean si les apetece el texto, algo largo, que apareció publicado en febrero de 2.001 en la Revista "Trébede" (mensual aragonés de análisis, opinión y cultura).
      Tal como ocurrió lo conté. Sólo cambié algunos nombres propios.
   









miércoles, 6 de julio de 2016

Por el parque de su nombre









         Todas las mañanas mi nieto Miguel y yo le damos los buenos días cuando entramos en el parque que lleva su nombre.
         Todos los días de este invierno y primavera ya pasados y ahora con los primeros calores sofocantes de esta ciudad que él tan bien conocía y a la que tanto quería.
         Él guarda silencio y quizás en algún rincón de la galaxia madre, convertido en polvo de estrellas, nos sonría con su gesto de siempre y nos devuelva el saludo que nosotros no oímos. No lo oímos, pero lo escuchamos mientras iniciamos nuestro camino matutino por los paseos que nombran a Manuel Azaña y a José Luis Sampedro. De inmediato Miguel quiere llegar a los asientos del tren que él llama chuchú. Me hace subirlo y bajarlo una y otra vez y seguimos, protegidos por la sombra de los altos plátanos, hasta los primeros juegos infantiles con el deseo que lo columpie y, en cuanto descubre el primer estanque con sus chorros de agua, recoge una y otra piedra diminuta con sus manos y quiere tirarla al agua y ríe y ríe con el ruido amortiguado que produce. Coloca en la baranda sus pequeños animales y juega y juega con su perro y su gato y su oveja y su vaca y su caballo y su pato talismán. Y nos llegamos hasta la rosaleda e introduce sus dedos entre los agujeros que aprisionan a los pájaros en su jaula y les pone unas migas de pan para que picoteen. Y me empuja hasta la pequeña cascada donde se inicia el riego de este parque zaragozano tan hermoso que ahora lleva el nombre de José Antonio Labordeta. Y allí se queda diciendo aguaagua y riendo y riendo otra vez. Nos quedamos por allí jugando con sus animales o cogiendo hojas o removiendo las aguas de la acequia mayor con los palos que ya tanto le gustan y me señala el león erguido conmemorativo de los Sitios al que sigue llamando guauguau. Y quiere mojarse las manos en el grifo de la fuente de Fleta y si hay charcos por los riegos del césped chapotea y chapotea con sus pies. Y ríe y ríe. Y cuando regresamos por el paseo de los bearneses corre y corre hasta llegar a la cascada que desciende desde los pies del pétreo rey Alfonso y otra vez dice aguaagua. Y más agua por el paseo central mientras persigue a las palomas que vienen a comer las migas que les tira.
         En ocasiones se duerme atrapado por el sueño inquieto de sus noches de año y medio. Entonces yo camino en silencio con él y nos llegamos más lejos por el rincón de Goya e incluso subimos hasta el Cabezo y regresamos por los mismos caminos o me siento en un banco y rememoro recuerdos de los lunes de Andalán, o las tertulias en la cripta del Levante, o los encuentros en Parzán mientras sonaba el himno de Riego, o de las patas con bacalao en el Moncayo, o las noches estrelladas de las tierras altas de los pueblos perdidos de Teruel en los veranos fieles a la cita con el hombre de voz ruda y tierna, o la generosidad mostrada cuando me entregó los papeles de su hermano Miguel.  Algún día les hablaré a Max, a León, a Jorge y al pequeño Miguel de su bonhomía.
         Y yo guardo silencio un día y otro, y él también, mientras dialogamos con los sucesos que no nos dejan en paz en estos días pasados de tantas mentiras, de tanta intoxicación en radios, en periódicos, en televisiones, de tanto y tanto cloaquero.  ¡Qué hartazgo! dice y me digo.
         “Hala, hasta mañana” le oigo con su voz profunda, mientras ya Miguel ha cogido una hoja de las flores que siempre están vivas delante de su nombre. Y me la ofrece mientras me dice “abu, abu”. 
         Ya ves, tú “abuelo” y yo “abu”.   Hasta mañana.



l Moncayo, jota aragonesa, canta: Fernando Checa - YouTube

https://www.youtube.com/watch?v=gAuIidhTH1g
1 nov. 2007 - Subido por jotaire
HE DE SUBIR AL MOCAYO PARA ECHARLE UN PULSO AL CIELO Hace unos años, todos los joteros de ...
        
        

domingo, 1 de mayo de 2016

Aquí abajo, en el pudridero, ni golondrinas.







Fotografías original de Juan Rulfo.
  





Juan Rulfo, pronto llegarán las golondrinas. Cuando reviente la primavera. Se alegrará el campo. La abuela hablaba con ellas.

Claro que hablaba. Cómo no iba a hablar. Nuestra tierra cambiaba con ellas. Se terminaban los hielos, las fuentes echaban sus hilos de agua, luego chorros. Ya los trigos se encañaban. Se destripaban las femeras y sazonaban los huertos en el barranco de Las Suertes. En las tierras que nos dieron y en las que fuimos ganando a golpe de pico y pala, sobre las laderas de los cerros. Cómo no iba a hablar con ellas. Llegaban una y otra y otra. Con sus vuelos temblos, con sus cuerpos flechados. Entraban en la paridera, la que teníamos junto a la casa, la del nidal de las gallinas. Venían con sus gorjeos y se paraban en los gallones de las vigas. Iban y venían. Entraban y salían. Revoloteaban sobre mi cabeza. (Golondrina, golondrina). Se lanzaban, con la flecha de sus alas, sobre las lindes de la acequia del Regajo y arañaban el barro entre las garras de sus patas. Como un cuenco de barro bien trabajado. Una bola y otra de barro y ya estaba el nido. Muchas veces ocupaban el del año pasado. Me dieron ganas de agarrar alguna y ponerle cualquier señal, en las alas o en las patas, por ver si eran las mismas las que volvían. Silbaban y yo silbaba con ellas. Así una vez, y otra y otra, y nos entendíamos. Que ellas cuidaban de sus crías y yo de las mías. De mis hijos y luego de ti, cuando viniste aquí. ¿O ya no te acuerdas? Aquí mismo te enseñé a beberte los huevos recién puestos de las gallinas en el nidal. Tienes que acordarte. Un agujero pequeño en una punta y otro en la otra. Con la misma aguja de hacer media. La que me sujetaba el moño de mi pelo lacio, crinado un día y otro. Claro que te acuerdas, ya lo sé. Y de los mimbrazos que le sacudí a tu primo, el larroyano. Por atontao. Qué es eso de que tenía que escarzar los nidos de las golondrinas. Para qué. Si no son más que animales que se comen los mosquitos que atacaban los trigos. Y eso siempre con sus vuelos, siempre de aquí para allá, sin parar y sin parar. Y él que había que escarzarlos. Por el afán de hacer mal que siempre teníais los zagales. Y no se lo permití. Cuando estaba encaramado en la tarranclera que separa los cubiertos de las ovejas tempranas y las de rezago salí de la cocina y le sacudí con un mimbre. Buenas moraduras que se llevó. Un par de vergazos tan sólo. Luego, cuando volvía por aquí, se acordaba de la sacudida. Animalicos. Si no hacían mal a nadie. Hablaba con ellas también cuando salían los golondrinos. Y ellas me contestaban. Me decían de tus tíos. Iban y venían y yo les contaba, cuando la siega, que estaban en los Pelarchos. Y allá que echaban el vuelo. Me decían cuántos días les quedaban en el tajo. Y si les faltaban vencejos. Entonces me llegaba y sacaba a la yegua al corral. Por eso le puse a ella el nombre de Golondrina. Cómo no se iba a llamar así. Me miraba en el azabache profundo de sus ojos. Esos ojos nunca los puedo olvidar. Los tengo presentes aquí abajo todos los días. Me miro en ellos una y otra vez. Golondrina ni siquiera parpadeaba . Le decía los caminos que tenía que seguir, que te llevara bien y que no te cayeras. Y allá que subías tú. La arrimabas a la calzada del huerto, junto a la noguera del Regajo, para subir a su lomo, encima de la albarda y el serón. Y allá que te ibas. Si estaban en el Covacho pal Covacho, ni en los Planos pa los Planos, si en la Carrasquilla pa la Carrasquila. Golondrina siempre te llevaba. Nunca se equivocaba. No sé si le guiaban las golondrinas. O qué sé yo. La tiá Coja decía que si yo era un poco bruja o no sé qué. Qué bruja ni qué bruja. Cada animal tiene su sitio en la vida. El único que no conoce su sitio es el hombre. Pero ese es un animal que ni se sabe. Pero cómo no iba a saber de los demás animales. Si ellos nos daban la vida. Un día y otro. Nos anunciaban las lluvias y los hielos y los calores fuertes. Tiraban del carro para subir la mies a la era, labraban la tierra y nos la dejaban oreada, nos daban calor en las noches de invierno cuando estaban en la cuadra, debajo mismo de nuestra alcoba.

Fotografía original de Juan Rulfo.
Cómo gozaba yo cuando venían los mulos resecados de los bancales con los acarreos del centeno y llegaban al corral. Se revolcaban sobre el mismo fiemo mientras sacaba los calderos con agua del pozo. De un trago se engullían todo el pozal. Entonces les llenaba otro y otro. Y bebían hasta que querían. La mula Roma y el macho Noble. Los hijos de Golondrina. Los demás animales también cumplían. Sin gallinas no teníamos huevos, sin ovejas no había corderos, sin los puercos no podíamos comer a lo largo del año, sin los perros no había manera de guardar los hatajos de las ovejas, sin los buitres hubiéramos tenido enfermedades cuando se morían los mismos mulos y las mismas ovejas. Los gorriones no me gustaban nada porque cuando les daba nos dejaban los huertos pelados. Hasta las coles picoteaban. Pero aún así supe que eran necesarios. Me alegraba cuando los burlapastores y los abejarucos, además de los aguadores, anunciaban la lluvia. Los vencejos, en la chicharrina de los veranos, nunca paraban y volteaban una vez y otra, y otra y otra, la veleta de la torre de la iglesia y la de la casa del marqués. Cómo no iba a querer a las golondrinas. Me hablaban de mis hijos. Me traían y llevaban sus mensajes. Conocía cuándo iban a terminar de segar el último cornejal. Y te conducían a ti a lomos de la yegua. Por eso le puse Golondrina. Ella se guiaba por sus vuelos. Yo hablaba con ellas y con la yegua sin palabras. Miradas a sus ojos azabaches y miradas lejanas cuando echaban el vuelo al salir de la paridera. Todo con mi ojo bueno. Que ya sabes que el otro no me servía de nada. No sé cuándo empezó a salirle algo así como la ceniza que aparece entre las mazorcas del panizo. Pero ya me acostumbré. Ya qué más daba. Ellas me entendían. Y la yegua también. Y tú encima de ella, con los pantalones que cosí con cuatro pespuntes, con la misma pana rayada que llevaban tus tíos.

Sí que las echo de menos. Aquí abajo no hay golondrinas. No sé, pero no entran nunca. Le doy vueltas y le doy vueltas y no hay manera de que entren. Las pienso y las sigo pero no van ni vienen con sus vuelos. Eso sí que lo echo de menos. Me acuerdo de cuando venían a comer en mi boca. Mascaba algunos granos de trigo y se lo enseñaba entre mis dientes. Ni se paraban con sus patas en mi cara. Iban  y venían. Hasta que me cansaba y las dejaba para darle y darle a las faenas de la casa. Cómo no me voy a acordar de ellas. Lo que siento es que aquí no se llegan. Ya sé que no. Pero ojalá pudieran. Ya sé que tú piensas en ellas, que te veo sentado sobre la era de Terrer y las sigues con sus vuelos.

Fotografía original de Juan Rulfo.
Juan Rulfo también sabe de ellas. Si parece un golondrino. Él trina hacia adentro. Conozco sus silencios. Pero trina y trina. Y tú bien que lo sabes. Que bien conoces sus trinos. Los que dejó escritos. Y vuelves a ellos. Ya sabes que las golondrinas vuelan y vuelan pero no siguen nunca el mismo camino. Como los libros rulfianos. Vuelves y vuelves a ellos y siempre encuentras un nuevo camino. Cómo no voy a acordarme de las golondrinas. Cómo no las voy a querer. Sígueles tú el vuelo que aquí abajo no llegan. Diles que traigan la lluvia. Sé que hace falta. Que la tierra se está cuarteando. La que nos dieron y la que fuimos ganando.

domingo, 17 de abril de 2016

¿Qué se hicieron? ¿Dónde están?

 

Hace cincuenta años. Al sur de Aragón.




    Si en algún camino encuentras gentes con la casa a cuestas no les hables de su tierra que te miraran con rabia, con  rabia en la voz y el  viento, con la rabia que produce abandonar lo que se ama.



JOSÉ ANTONIO LABORDETA. CANTAR I CALLAR CARA A ...

https://www.youtube.com/watch?v=-nHDKVzHE5U

               

  
  Así cantaba nuestro añorado Labordeta hace unos cuantos años.
¿Dónde habrán ido a parar las gentes de esa fotografía?
   Los padres, de seguro, al pudridero. Quizás se quedaron en el mismo pueblo donde está tomada la fotografía. Es posible que el lugar fuera una masada aislada de la gente.
    ¿Se quedaron por allí los hijos? ¿Tuvieron que irse dónde fuera para no quedarse atrapados por la pobreza, el hambre y quizás la miseria?
     ¿Qué se hicieron? ¿Dónde están?

  En la imagen, detenida frente al tiempo, la familia está junta. Algún conocido, alguien que tuviera una cámara fotográfica, que no es poco, que andaba por allí, quizás pasando unas vacaciones veraniegas, les dijo que les iba a tomar una fotografía.
     Y ellos posaron para el retrato esperado. Hasta se acicalaron. Porque de dónde aquí que el padre llevase una camisa blanca para trillar la parva y unos pantalones de pana sin remiendos, que se quitase el sombrero y nos mostrara su cara cuarteada por el sol y el pelo lacio y cetrino de todos los días. De dónde aquí que el hijo mozo y los casi mozos vistiesen todos ese pantalón azulado sujeto con tirantes tan sin uso en estos lugares en el trabajo de todos los días. De dónde aquí que la moza luciera una falda hasta la rodilla y una rebeca del día de la fiesta del lugar.
      Para un hijo no ha llegado aún el mono de trabajo. Tiene que conformarse con sus pantalones cortos y su tirante cuarteado.
     La madre sostiene al más pequeño en brazos con la misma mirada seria y dolida que mantienen todos frente al retratista.
     Ninguno esboza una sonrisa. Han posado para el fotógrafo y éste se ha llevado el silencio de la tarde que ya se avecina. La única alegría parece estar en el mozuelo que sostiene al macho o la mula de ojos azabaches y hasta parece que posee orgulloso.
   Una mula o una macho, magra posesión para una casa de ocho bocas. Mal asunto en el venga y dale sin parar de todos los días si no poseen más que ese animal para el trabajo de la casa.
   En estas tierras se necesitaba un par de mulos para darle vuelta  al surco o para tirar del carro. Si sólo poseen uno el transporte siempre es a carga atada a las samugas y la labranza ni se sabe cómo fue. Quizás con otro de su mismo igual, que juntos ya son dos, le dieron la peineta a la parcela encosterada y sembraron a la vez.
   Por fin ha llegado el verano y la mies ya está en la era. Ha llegado la tarde y la parva está molida. Ha venido también el veraneante de turno y ha sacudido el retrato. Se ha detenido el aire mientras las albarcas del padre están enterradas en la paja, también las de sus hijos. Quizás la única hija, con su falda rodillera y su rebeca de punto, esconda algunas alpargatas miaja majas entre la paja y el escaso trigo de la parva ya molida.
  Queda aún barrastarla, aventarla, porgarla, llenar el par de talegas de centeno, cargarlas a la espalda hasta el pajar y llegar a la casa para echarse un bocado al cuerpo y lo mismo comenzar mañana.
   Era hace cincuenta años, más o menos, en cualquier lugar del sur de Aragón.
   Los padres hoy, de seguro, en el pudridero. ¿Y los hijos? Perdidos en algún lugar del mapa, como cantaba Labordeta, quizás ya envejecidos en los apretados pisos del extrarradio de Madrid o de Barcelona o de Zaragoza o de Valencia. Quizás tuvieron suerte y con el trabajo que encontraron por entonces, cuando se fueron, les llega hoy la pensión jubilada a fin de mes. Quizás alguno pudo, a base de esfuerzo, tener unos estudios que le abrieron otros caminos tan dignos, pero no más, que el que tuvieron sus hermanos, que nadie debe ser más que nadie. Quizás se hundieron en la vorágine de la vida, o se subieron al tren sin frenos de un lado a otro buscando el sol que más calienta y se convirtieron al dicho de “quien más chifle, capador” en depredadores de cualquier bocado que tuvieran delante y se subieron al estraperlo de la vida del pelotazo ambicioso, o se les llevó cualquier desahucio por delante.
   ¿Qué se hicieron? ¿Dónde están?


Hoy. ¿De dónde son?

¿Qué se harán? ¿Dónde estarán estos de aquí atrapados entre alambradas, denostados de un sitio y otro, atrapados entre guerras y hambrunas, medio muertos con el pensamiento puesto en sus hermanos y padres muertos que han quedado en el pudridero de un mar cercano, en unas costas del origen de la cultura europea?
    Estos de aquí y de ahora ni tienen mula, ni parva, ni ropa nueva. Sólo se agarran a la alambrada y gritan su silencio en la imagen del horror.


  ¿Qué se harán? ¿Qué no haremos una vez más?

 Cualquiera de estas tres fotografías es la nuestra. La tuya y la mía. Aunque no queramos reconocernos. La de hace cincuenta años, la de 1939 y la de hoy.

    “Canta compañero, canta, que aquí hay mucho que cantar, este silencio de hierro ya no se puede aguantar”. (José Antonio Labordeta)




1939. Republicanos españoles en campo de concentración francés.



           Si en algún camino encuentras gente con la casa a cuestas no les hables de su tierra que te mirarán con rabia. Con rabia en la voz y el viento, con la rabia que produce abandonar lo que se ama.